La cama. Capitulo primero.
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LA CAMA
Un relato escrito por: Tomás Moreno y Sara Moreno
Capitulo I. Día 16.
La música sonaba estruendosa. Los petardos estallaban iracundos. El gentío, incesante y numeroso, pasaba, miraba y comentaba. Todo contribuía a crear un clima festivo y caótico. Algunos hacían fotos. Reparé en otros que, fijándose de forma explicita en mí, lamentaban la cruel suerte que me aguardaba. Quemar una cama tan hermosa (decían) les parecía algo trágico y absurdo.
—Parece de nogal— comentan algunos.
—Yo me la llevaría y la restauraría— fue la respuesta de un señor canoso, con aires de entendido.
No faltaban los jóvenes, pero ellos, pendientes tan solo de su fiesta, pasaban olímpicamente de mi y de los demás trastos que, acompañándome, aguardaban junto al resto de la falla, la ordalía final del fuego ardiente y purificador. Para estos jóvenes, la fiesta de las fallas no era mas que la excusa perfecta para salir cuatro noches, emborracharse, tener algún escarceo sexual y poco más.
También estaban los "guiris". Cámara en ristre asistían atónitos al (para ellos) tremendo despilfarro que supone, estar un año construyendo un monumento, para más tarde quemarlo.
Ellos no entienden. Aunque sus cámaras cliquean frenéticas y registran milimétricas, con precisión de robot, todos los detalles de la fiesta, se les escapa lo importante. Cosas que se resisten a ser atrapadas en una fotografía.
No entienden que todos los aspectos importantes de la vida necesitan, periódicamente, pasar por liberadoras experiencias de muerte y renacimiento para seguir vivas y no quedar estancadas. Eso se les escapa. A los "guiris" y a sus cámaras. Pero dejemos de hablar de esto. Estamos de fiesta, son las fallas y aquí estoy yo, una cama de nogal labrado y tallado, construida hace casi doscientos años, formando parte, junto con otros muebles viejos, diversos enseres y un par de muñecos, de una falla. Aguardando con nervios y expectación la gran noche de la consumación. La "Nit de la cremá".
Curiosamente, toda aquella algarabía, todo aquel frenesí, lejos de aturdirme, estaban provocando un efecto de distanciamiento y concentración. mis pensamientos surgían, claros como la luz, entre el humo de los petardos.
La melodía del recuerdo brotaba, incontenible, a través del cacofónico estruendo que surgía, discordante, de los altavoces del cercano casal.
Recuerdos, imágenes, sensaciones, recuerdos... mi mente contemplaba, complaciéndose, extensos momentos de mi larga vida. Desfilaban ante mi como nubes barridas por el viento. Algunos acontecimientos, apenas formada su imagen, escapaban a mi visión; otros, apretándose y empujando ocupaban su lugar, reclamando insistentes mi atención. Entre estos últimos, uno fue haciéndose poco a poco carne y sangre. Y dejé que la vieja sensación me arrebatase y transportase.
El aire a mi alrededor ya no apestaba a humo y pólvora. La música que escuchaba, era el canto de los pájaros que moraban en mis ramas. El suelo, a mis pies, donde yo enterraba gozoso mis fuertes raíces, verdeaba por el pasto, mostrando aquí y allá floridas manchas rojas, blancas y azules.
A lo lejos, un caballo y un hombre, aran la barbechera sin pausas ni prisas. Los surcos, acomodándose a las grandes piedras sin arrancar que jalonan el campo, forman curvas caprichosas, dejando a las piedras formar islotes en un mar de lineas ignotas, que dibujan mensajes arcanos e indescifrables.
Yo sentía el sol calentando mis hojas; estiraba mis brazos y mis dedos y bebía su luz y calor. Hundía mis raíces profundamente en el suelo y buscaba el agua de vida, que luego más tarde, transformada en dulce savia corría por mi tronco y por mis ramas. El tiempo era mi fiel aliado. Con tiempo, agua y sol yo crecía y prosperaba. Mis nueces eran alimento para hombres y bestias, mi sombra, cobijaba del ardor del verano. Mi vida transcurría plena e inmutable.
Pero un día llegaron unos leñadores con hachas. Cortaron mi tronco y mis ramas y arrastrado por fuertes caballos fui conducido al aserradero, donde en muy poco tiempo, me convirtieron en tablones de madera puestos a secar. Más tarde, un ebanista compró varios de aquellos tablones y construyó una cama. Me construyó. Al poco tiempo fui vendida y no supe más de los restantes tablones.
Allí terminaron mis días de sentir el sol y el viento, de notar la refrescante y maravillosa lluvia lavar con sus fríos dedos el polvo de mis hojas. Ya no escucharé el canto del jilguero posado en mis ramas; ni buscaré mi sustento, hundiendo mis fuertes raíces en la cálida y húmeda tierra. Mis días de árbol acabados están. Bienvenidos sean los de cama. Pues pronto pude comprobar, que ser una cama es una ocupación absolutamente fascinante. Las camas tenemos una relación especial con los hombres. En este sentido somos, con diferencia, el más importante de los muebles que el hombre construye. A nosotras las camas, nos confía el nacimiento de sus hijos, la muerte de sus ancianos, el descanso de sus fatigas, el refugio de sus temores...
No hay mueble en quien los hombres confíen de un modo tan exhaustivo tantas y tan importantes funciones, tantas y tan diversas experiencias. Desde las íntimas y conmovedoras, como el abrazo de los amantes, hasta las atroces vivencias de enfermedad, dolor y muerte, que a todo ser humano aguardan.
De repente, una tremenda explosión, sacudió el montón de trastos que yo coronaba. Cortado así el hilo del recuerdo, mi atención regresó a la caótica y festiva noche valenciana. Un grupo, no demasiado numeroso, de chavales, estaban lanzando "masclets" a pocos metros de la falla.
Habían chicos y chicas. Ellos con disfraces de residentes en Harlem: enormes sudaderas, pantalones vaqueros caídos y desgarrados enseñando los calvin klein, calzando las inevitables y carísimas nike, algunos aros y pircings. Ellas más arregladas. Con negras faldas, cortas y muy ajustadas. Camisetas o jerséis ceñidos, realzando sus núbiles tetas. Pintadas, maquilladas y mostrando el ombligo desnudo. Se veían bonitas, jóvenes y muy alegres; dispuestas a pasarlo bien. Ellos fanfarroneaban con los petardos; los encendían y tiraban con displicencia chulesca. Llevaban dos grandes bolsas con botellas. Ron y ginebra, martinis y coca-cola. Algunos estaban ya bastante bebidos. Otros, pronto lo estarían. Las chicas, exhibiéndose, bebían tanto como ellos. Poco después, se cansaron de tirar petardos y con grandes gritos y aspavientos se fueron yendo en dirección al siguiente monumento.
Al ver aquellos chicos y chicas alejarse, confundiéndose entre la multitud hasta desaparecer, una sensación de abandono y melancolía se fue instalando en mi espíritu. Con la tristeza, los recuerdos volvieron de nuevo. Por mi mente desfilaban caóticas, las imágenes recordadas de otros muchachos, confundiéndose con las de aquellos que, apenas hacia un instante estaban junto a mi. Mas aquella confusión duró poco, pues cada vez con mayor claridad veía, si veía, a un muchacho. Un muchacho que, hacia mucho tiempo formó parte de mi vida. De un forma muy especial Pedro, pues así se llamaba el muchacho, formó parte de mi vida.
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PEDRO
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Un par de rayos de sol se filtran por la ventana entreabierta, a su paso, iluminan y descubren minúsculos granos de polvo que surgen por un breve instante y al punto desaparecen.
Mirándolos, imagino pequeños y perezosos mundos, formando ingrávidos diminutos universos, quizás poblados por desconocidos seres, que a su vez, tumbados en la cama, observan granos de polvo iluminados por rayos de sol.
Mi hermano Juan, sentado en una silla junto a la cama, fuma constantemente. Ha venido a visitarme. A ver como voy, como me encuentro. Su charla incesante me llega como envuelta en bruma, apenas presto atención y contesto con monosílabos. El humo del cigarrillo forma arabescos y dibuja extrañas formas al ser iluminado por los rayos del sol. Parecen las letras curvas de algún remoto alfabeto. Mis manos, pálidas y enflaquecidas, reposan inertes sobre las blancas sábanas.
Llevo ya muchas horas en la misma posición, estoy incómodo y cansado, le pido a Juan que me ponga de medio lado y me arregle la almohada.
—Claro Pedro— contesta.
Luego, se queda un rato en silencio, fumando. Yo lo miro y nos veo de nuevo cuando niños, cuando compartíamos aquella cama. Las risas y las bromas antes del sueño, en ocasiones la bronca o el puntapié. En esas ocasiones nuestra madre zanjaba con rapidez la cuestión : dos azotes con la zapatilla y a dormir. Y dormíamos.
Juan se levanta y pregunta: —¿Necesitas algo más?
—Nada Juan, gracias ¿Te marchas?
—Si, paso un rato por la tasca, saludo a los amigos y luego a casa con la familia.
—Venga pues— respondo. Cuando sale, un sentimiento de amargura e impotencia se apodera de mi. Tengo veintitrés años y hace cuatro que estoy en cama sin poder moverme. Desde que tuve aquel maldito accidente. Quería ganar más dinero. El sueldo del taller de muebles era muy corto. Un amigo me propuso ir a la obra, se pagaban buenos jornales. Luego vino la caída del andamio, las vertebras rotas, el cuerpo roto, la vida rota.
Suspiré y me quedé mirando el cabezal de la cama, las molduras, las volutas de talla, las delicadas vetas del nogal. Siempre me gustó aquella cama. Recordaba haberla visto en casa de la abuela ; ya entonces me gustaba. Cuando ella murió, su cama llegó un día a la casa y Juan y yo pasamos a dormir en la cama de la abuela.
Apenas llevaba un año trabajando en el taller, cuando concebí el proyecto de restaurarla. Pertrechado con una botella de disolvente, otra de goma-laca, un poco de masilla hecha con harina de almortas y cola negra, algo de lija, un montón de trapos y un considerable entusiasmo, me puse manos a la obra. Madre en principio protestó y dudó : que si mira a ver si la vas a estropear, que vaya pestazo que deja el disolvente, que tendréis que dormir con el colchón en el suelo mientras la arreglas. Pero luego, a medida que el disolvente limpia y retira ingentes cantidades de mugre y cuando ve surgir las vetas del nogal, cada vez más claras y brillantes, va callando. Después, tras limpiarla a conciencia y reparar algunos pequeños desperfectos, fui aplicando, con una muñequilla de algodón, capa tras capa de goma-laca. La vieja cama entonces comenzó a brillar y a coger luz. Resplandecía. Entonces madre, me besó con ojos orgullosos y alegres. Hasta padre, poco amigo de lisonjas o alabanzas, me dijo que había quedado muy bien, que parecía casi nueva.
Desde entonces, al menos en mi corazón, aquella cama dejó de ser "la cama de la abuela". De un modo íntimo y especial se convirtió en mi cama.
Algún tiempo después Juan, seis años mayor que yo, casó con su novia y marcharon a un pequeño piso que alquilaron en el vecino pueblo. Conocí entonces el placer de disfrutar en exclusiva de mi cama; volteaba despreocupado a derecha e izquierda, me estiraba o encogía al único dictado de mi gusto y capricho.
Después vino Carmen. Carmen y yo eramos novios. Era bonita y alegre como un cascabel, morena y bajita; tenia unos ojos negros y brillantes, profundos como bocas de pozo; si asomándote mirabas, veías brillar, allá a lo lejos, oscuras humedades y recónditas promesas. Solíamos aprovechar las dominicales ausencias de mis padres, de visita en casa de alguna tía o cosa parecida para, de forma apresurada y furtiva, hacer el amor en mi cama. Estrechábamos nuestros cuerpos, tan solo parcialmente desnudos, con furia y pasión apenas velada con ternuras. Ella, arrimando su boca en mi oído suspiraba bajito: —¿Me quieres Pedro?—. Yo me hundía en su centro, entreviendo apenas sus muslos blancos y prietos y decía: —pues claro.
Acariciaba sus pechos y chupaba sus pezones, saboreando al hacerlo un placer secreto y culpable. Ella, abiertos los ojos y abrazándome con fuerza, seguía mi ritmo, que al poco, crecía frenético. Salía de ella y derramándome en su vientre, mascullaba sandeces y sentía una especie de vértigo y me agarraba a su culo, pues temía caer en el pozo sin fondo de sus ojos.
Nos levantábamos con prisa, temiendo la importuna entrada de mis padres, nos vestíamos y salíamos a la calle cogidos de la mano,oliendo a sexo, pecado y felicidad.
Entonces ocurrió lo del accidente. Carmen vino a visitarme al hospital. Lloraba y murmuraba asustadas promesas de amor. Los médicos dijeron que ya no podían hacer nada más por mi y me mandaron a casa, ella siguió viniendo. Por un tiempo siguió viniendo. Pero yo, en realidad, ya estaba muerto; yo no era el Pedro que ella amaba, tan solo su sombra desvaneciéndose.
Las visitas fueron espaciándose hasta cesar. Mi madre me contó, poco después, con su aquel tono de voz especial para expresar virtuosa indignación, que andaba saliendo con otro. Que no la esperase más.
Me quedé pues solo. En mi cama. Viviendo mi muerte día tras día. Mis padres me atienden lo mejor que pueden. Pero yo se que ya estoy muerto. Lo que yace en mi cama: este cuerpo roto y paralitico ya está muerto.
Tan solo un rescoldo de espíritu, que inexorable oscurece apagándose, aun perdura y espera.
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Tras la muerte de Pedro pasaron largos años, durante los cuales, tan solo ocasionalmente era utilizada. Periódicamente, sobre todo en verano, los hijos de Juan pasaban temporadas en casa de sus abuelos y entonces dormían conmigo.
No lamenté aquella soledad; pues al morir Pedro, una parte de mí, inextricablemente enlazada con él, también murió. Tuve tiempo sobrado de pensar por qué, pues todo lo que tenia era tiempo y más tiempo. Llegué a varias conclusiones. En una de ellas suponía la existencia de una especie de aura, carga psíquica o espiritual que, en determinadas condiciones y circunstancias, unía de forma inexplicable algunos objetos con sus propietarios. En otra, más prosaica, pero más realista tal vez, simplemente suponía que las camas sin usar pierden su razón de ser.
Sea como fuere, yo sentía que había perdido algo especial. Encerrada en aquel sentimiento de pérdida, no sentía el menor deseo de que nadie durmiera sobre mí. Cuando alguno de los hijos de Juan, pasaban la noche con los abuelos y dormían conmigo, procuraba mostrar el disgusto que aquello me causaba con frecuentes chirridos, gemidos y algún que otro golpeteo. Prefería la soledad, pues me permitía pensar, recordar y, sobre todo, soñar.
Especialmente me gustaba soñar. Era como si re-soñara los sueños que sobre mí se habían soñado. Había sido espectadora privilegiada de los sueños de aquellos que durmieron conmigo y algunos de ellos habían impregnado, con su fuerza, mi espíritu y mi esencia.
Con especial frecuencia y agrado solía adentrarme en un sueño que, de forma recurrente y periódica, ocupaba las noches de Pedro.
En el sueño soy Pedro. Me veo volando sobre una ciudad llena de altas torres y puntiagudos minaretes. Planeo lentamente y sin esfuerzo; ante mis ojos se va desplegando el mapa de una arquitectura fascinante e imposible. No obstante, no encuentro nada extraño en ello. La ciudad, aunque es enorme, no es más que un tobogán, un juguete, cuya única finalidad es servir de escenario a mi práctica de vuelo. Salgo entonces de la ciudad y el escenario cambia, ahora estoy volando por el campo. Mi vuelo es mucho más rápido y ágil; trazo curvas y espirales esquivando árboles y cerros. Luego subo y subo, cada vez más alto, más alto. Entonces me dejo caer efectuando arriesgados picados, de los cuales salgo con insólita gracia y atrevida soltura.
Hastiado de volar me dejo caer en el suelo. Está cubierto de césped, como un estadio de fútbol o de atletismo. Pero no hay gradas, solo una interminable y monótona sucesión de verde césped. Voy caminando, paseando más bien y entonces encuentro un foso para practicar salto de longitud.
Tomo carrera y salto; cuando voy por el aire, empujo y elevo mi cuerpo para llegar más lejos. Ha sido un buen salto: más de ocho metros. Vuelvo a intentarlo. Corro rápidamente y salto; mi cuerpo es una pluma, liviano y sin peso. Planeo lentamente para caer aun más lejos: unos nueve metros.
De repente hay gente. No parecen haber salido de ningún sitio, quizá siempre estuvieron allí. Aplauden, gritan y jalean mis saltos. Yo lo vuelvo a intentar y es asombrosamente fácil; tras coger impulso y saltar, planeo de forma lenta y suave hasta más allá de los nueve metros. Estoy feliz y satisfecho; la sensación de fuerza, poder y plenitud que experimento, es algo maravilloso y difícil de explicar.
Cambia la escena y estoy en una fiesta, es una especie de verbena. Con casetas de atracciones, baile y mucha gente que va y que viene. Entonces me doy cuenta de que voy sin pantalones ni calzoncillos. Literalmente, con el culo al aire y no solo el culo.
La gente, aparentemente no nota nada. O no les importa; aunque ellos están correctamente vestidos. Yo intento comportarme con naturalidad, aunque estoy tremendamente avergonzado. Pasa por mi mente la idea de salir corriendo. Seguir allí se me hace insoportable; rodeado de gente, exhibiéndome y aparentando ignorar lo que ocurre. A pesar de ello me quedo. De alguna extraña manera estoy convencido de que debo quedarme. Hay un grupo de chicas mirándome; una de ellas es Carmen, reconozco algunas otras. Yo soporto sus miradas, aunque siento morir de vergüenza. Cuchichean entre ellas y comprendo que hablan de mi desnudez.
Entonces me veo solo. De nuevo volando y planeando sin esfuerzo. Ya no hay vergüenza. Me siento como al aprobar un examen, o superar una prueba. Aunque desconozco cual pueda ser esa prueba.
Entonces suelo despertar, y permanezco largo tiempo sumida en un extraño embotamiento, bordeando la frontera que separa la oscuridad de la luz, lo falso de lo verdadero; sin tener conciencia cierta de quien soy. Esperando una especie de revelación que nunca llega.
Cuando los padres de Pedro fallecieron, Juan reunió los pocos muebles y enseres que aun conservaban algún valor y, por una cantidad irrisoria, los vendió en una tienda de compraventa de ocasión. Incluida en el lote y arrumbada en un rincón, permanecí una buena temporada en aquella tienda esperando. Hasta que, un buen día apareció Rosa.
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Continuará...
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Te vas superando, es un