Skip to Content

Sabado13treinta

La cama. Capitulo primero.

LA CAMA

Un relato escrito por: Tomás Moreno y Sara Moreno

Capitulo I. Día 16.

La música sonaba estruendosa. Los petardos estallaban iracundos. El gentío, incesante y numeroso, pasaba, miraba y comentaba. Todo contribuía a crear un clima festivo y caótico. Algunos hacían fotos. Reparé en otros que, fijándose de forma explicita en mí, lamentaban la cruel suerte que me aguardaba. Quemar una cama tan hermosa (decían) les parecía algo trágico y absurdo.

—Parece de nogal— comentan algunos.

—Yo me la llevaría y la restauraría— fue la respuesta de un señor canoso, con aires de entendido.

No faltaban los jóvenes, pero ellos, pendientes tan solo de su fiesta, pasaban olímpicamente de mi y de los demás trastos que, acompañándome, aguardaban junto al resto de la falla, la ordalía final del fuego ardiente y purificador. Para estos jóvenes, la fiesta de las fallas no era mas que la excusa perfecta para salir cuatro noches, emborracharse, tener algún escarceo sexual y poco más.

También estaban los "guiris". Cámara en ristre asistían atónitos al (para ellos) tremendo despilfarro que supone, estar un año construyendo un monumento, para más tarde quemarlo.

Ellos no entienden. Aunque sus cámaras cliquean frenéticas y registran milimétricas, con precisión de robot, todos los detalles de la fiesta, se les escapa lo importante. Cosas que se resisten a ser atrapadas en una fotografía.

No entienden que todos los aspectos importantes de la vida necesitan, periódicamente, pasar por liberadoras experiencias de muerte y renacimiento para seguir vivas y no quedar estancadas. Eso se les escapa. A los "guiris" y a sus cámaras. Pero dejemos de hablar de esto. Estamos de fiesta, son las fallas y aquí estoy yo, una cama de nogal labrado y tallado, construida hace casi doscientos años, formando parte, junto con otros muebles viejos, diversos enseres y un par de muñecos, de una falla. Aguardando con nervios y expectación la gran noche de la consumación. La "Nit de la cremá".

Curiosamente, toda aquella algarabía, todo aquel frenesí, lejos de aturdirme, estaban provocando un efecto de distanciamiento y concentración. mis pensamientos surgían, claros como la luz, entre el humo de los petardos.

La melodía del recuerdo brotaba, incontenible, a través del cacofónico estruendo que surgía, discordante, de los altavoces del cercano casal.

Recuerdos, imágenes, sensaciones, recuerdos... mi mente contemplaba, complaciéndose, extensos momentos de mi larga vida. Desfilaban ante mi como nubes barridas por el viento. Algunos acontecimientos, apenas formada su imagen, escapaban a mi visión; otros, apretándose y empujando ocupaban su lugar, reclamando insistentes mi atención. Entre estos últimos, uno fue haciéndose poco a poco carne y sangre. Y dejé que la vieja sensación me arrebatase y transportase.

El aire a mi alrededor ya no apestaba a humo y pólvora. La música que escuchaba, era el canto de los pájaros que moraban en mis ramas. El suelo, a mis pies, donde yo enterraba gozoso mis fuertes raíces, verdeaba por el pasto, mostrando aquí y allá floridas manchas rojas, blancas y azules.

A lo lejos, un caballo y un hombre, aran la barbechera sin pausas ni prisas. Los surcos, acomodándose a las grandes piedras sin arrancar que jalonan el campo, forman curvas caprichosas, dejando a las piedras formar islotes en un mar de lineas ignotas, que dibujan mensajes arcanos e indescifrables.

Yo sentía el sol calentando mis hojas; estiraba mis brazos y mis dedos y bebía su luz y calor. Hundía mis raíces profundamente en el suelo y buscaba el agua de vida, que luego más tarde, transformada en dulce savia corría por mi tronco y por mis ramas. El tiempo era mi fiel aliado. Con tiempo, agua y sol yo crecía y prosperaba. Mis nueces eran alimento para hombres y bestias, mi sombra, cobijaba del ardor del verano. Mi vida transcurría plena e inmutable.

Pero un día llegaron unos leñadores con hachas. Cortaron mi tronco y mis ramas y arrastrado por fuertes caballos fui conducido al aserradero, donde en muy poco tiempo, me convirtieron en tablones de madera puestos a secar. Más tarde, un ebanista compró varios de aquellos tablones y construyó una cama. Me construyó. Al poco tiempo fui vendida y no supe más de los restantes tablones.

Allí terminaron mis días de sentir el sol y el viento, de notar la refrescante y maravillosa lluvia lavar con sus fríos dedos el polvo de mis hojas. Ya no escucharé el canto del jilguero posado en mis ramas; ni buscaré mi sustento, hundiendo mis fuertes raíces en la cálida y húmeda tierra. Mis días de árbol acabados están. Bienvenidos sean los de cama. Pues pronto pude comprobar, que ser una cama es una ocupación absolutamente fascinante. Las camas tenemos una relación especial con los hombres. En este sentido somos, con diferencia, el más importante de los muebles que el hombre construye. A nosotras las camas, nos confía el nacimiento de sus hijos, la muerte de sus ancianos, el descanso de sus fatigas, el refugio de sus temores...

No hay mueble en quien los hombres confíen de un modo tan exhaustivo tantas y tan importantes funciones, tantas y tan diversas experiencias. Desde las íntimas y conmovedoras, como el abrazo de los amantes, hasta las atroces vivencias de enfermedad, dolor y muerte, que a todo ser humano aguardan.

De repente, una tremenda explosión, sacudió el montón de trastos que yo coronaba. Cortado así el hilo del recuerdo, mi atención regresó a la caótica y festiva noche valenciana. Un grupo, no demasiado numeroso, de chavales, estaban lanzando "masclets" a pocos metros de la falla.

Habían chicos y chicas. Ellos con disfraces de residentes en Harlem: enormes sudaderas, pantalones vaqueros caídos y desgarrados enseñando los calvin klein, calzando las inevitables y carísimas nike, algunos aros y pircings. Ellas más arregladas. Con negras faldas, cortas y muy ajustadas. Camisetas o jerséis ceñidos, realzando sus núbiles tetas. Pintadas, maquilladas y mostrando el ombligo desnudo. Se veían bonitas, jóvenes y muy alegres; dispuestas a pasarlo bien. Ellos fanfarroneaban con los petardos; los encendían y tiraban con displicencia chulesca. Llevaban dos grandes bolsas con botellas. Ron y ginebra, martinis y coca-cola. Algunos estaban ya bastante bebidos. Otros, pronto lo estarían. Las chicas, exhibiéndose, bebían tanto como ellos. Poco después, se cansaron de tirar petardos y con grandes gritos y aspavientos se fueron yendo en dirección al siguiente monumento.

Al ver aquellos chicos y chicas alejarse, confundiéndose entre la multitud hasta desaparecer, una sensación de abandono y melancolía se fue instalando en mi espíritu. Con la tristeza, los recuerdos volvieron de nuevo. Por mi mente desfilaban caóticas, las imágenes recordadas de otros muchachos, confundiéndose con las de aquellos que, apenas hacia un instante estaban junto a mi. Mas aquella confusión duró poco, pues cada vez con mayor claridad veía, si veía, a un muchacho. Un muchacho que, hacia mucho tiempo formó parte de mi vida. De un forma muy especial Pedro, pues así se llamaba el muchacho, formó parte de mi vida.

----------------------------------

--------------------

PEDRO

-------------------------------------

Un par de rayos de sol se filtran por la ventana entreabierta, a su paso, iluminan y descubren minúsculos granos de polvo que surgen por un breve instante y al punto desaparecen.

Mirándolos, imagino pequeños y perezosos mundos, formando ingrávidos diminutos universos, quizás poblados por desconocidos seres, que a su vez, tumbados en la cama, observan granos de polvo iluminados por rayos de sol.

Mi hermano Juan, sentado en una silla junto a la cama, fuma constantemente. Ha venido a visitarme. A ver como voy, como me encuentro. Su charla incesante me llega como envuelta en bruma, apenas presto atención y contesto con monosílabos. El humo del cigarrillo forma arabescos y dibuja extrañas formas al ser iluminado por los rayos del sol. Parecen las letras curvas de algún remoto alfabeto. Mis manos, pálidas y enflaquecidas, reposan inertes sobre las blancas sábanas.

Llevo ya muchas horas en la misma posición, estoy incómodo y cansado, le pido a Juan que me ponga de medio lado y me arregle la almohada.

—Claro Pedro— contesta.

Luego, se queda un rato en silencio, fumando. Yo lo miro y nos veo de nuevo cuando niños, cuando compartíamos aquella cama. Las risas y las bromas antes del sueño, en ocasiones la bronca o el puntapié. En esas ocasiones nuestra madre zanjaba con rapidez la cuestión : dos azotes con la zapatilla y a dormir. Y dormíamos.

Juan se levanta y pregunta: —¿Necesitas algo más?

—Nada Juan, gracias ¿Te marchas?

—Si, paso un rato por la tasca, saludo a los amigos y luego a casa con la familia.

—Venga pues— respondo. Cuando sale, un sentimiento de amargura e impotencia se apodera de mi. Tengo veintitrés años y hace cuatro que estoy en cama sin poder moverme. Desde que tuve aquel maldito accidente. Quería ganar más dinero. El sueldo del taller de muebles era muy corto. Un amigo me propuso ir a la obra, se pagaban buenos jornales. Luego vino la caída del andamio, las vertebras rotas, el cuerpo roto, la vida rota.

Suspiré y me quedé mirando el cabezal de la cama, las molduras, las volutas de talla, las delicadas vetas del nogal. Siempre me gustó aquella cama. Recordaba haberla visto en casa de la abuela ; ya entonces me gustaba. Cuando ella murió, su cama llegó un día a la casa y Juan y yo pasamos a dormir en la cama de la abuela.

Apenas llevaba un año trabajando en el taller, cuando concebí el proyecto de restaurarla. Pertrechado con una botella de disolvente, otra de goma-laca, un poco de masilla hecha con harina de almortas y cola negra, algo de lija, un montón de trapos y un considerable entusiasmo, me puse manos a la obra. Madre en principio protestó y dudó : que si mira a ver si la vas a estropear, que vaya pestazo que deja el disolvente, que tendréis que dormir con el colchón en el suelo mientras la arreglas. Pero luego, a medida que el disolvente limpia y retira ingentes cantidades de mugre y cuando ve surgir las vetas del nogal, cada vez más claras y brillantes, va callando. Después, tras limpiarla a conciencia y reparar algunos pequeños desperfectos, fui aplicando, con una muñequilla de algodón, capa tras capa de goma-laca. La vieja cama entonces comenzó a brillar y a coger luz. Resplandecía. Entonces madre, me besó con ojos orgullosos y alegres. Hasta padre, poco amigo de lisonjas o alabanzas, me dijo que había quedado muy bien, que parecía casi nueva.

Desde entonces, al menos en mi corazón, aquella cama dejó de ser "la cama de la abuela". De un modo íntimo y especial se convirtió en mi cama.

Algún tiempo después Juan, seis años mayor que yo, casó con su novia y marcharon a un pequeño piso que alquilaron en el vecino pueblo. Conocí entonces el placer de disfrutar en exclusiva de mi cama; volteaba despreocupado a derecha e izquierda, me estiraba o encogía al único dictado de mi gusto y capricho.

Después vino Carmen. Carmen y yo eramos novios. Era bonita y alegre como un cascabel, morena y bajita; tenia unos ojos negros y brillantes, profundos como bocas de pozo; si asomándote mirabas, veías brillar, allá a lo lejos, oscuras humedades y recónditas promesas. Solíamos aprovechar las dominicales ausencias de mis padres, de visita en casa de alguna tía o cosa parecida para, de forma apresurada y furtiva, hacer el amor en mi cama. Estrechábamos nuestros cuerpos, tan solo parcialmente desnudos, con furia y pasión apenas velada con ternuras. Ella, arrimando su boca en mi oído suspiraba bajito: —¿Me quieres Pedro?—. Yo me hundía en su centro, entreviendo apenas sus muslos blancos y prietos y decía: —pues claro.

Acariciaba sus pechos y chupaba sus pezones, saboreando al hacerlo un placer secreto y culpable. Ella, abiertos los ojos y abrazándome con fuerza, seguía mi ritmo, que al poco, crecía frenético. Salía de ella y derramándome en su vientre, mascullaba sandeces y sentía una especie de vértigo y me agarraba a su culo, pues temía caer en el pozo sin fondo de sus ojos.

Nos levantábamos con prisa, temiendo la importuna entrada de mis padres, nos vestíamos y salíamos a la calle cogidos de la mano,oliendo a sexo, pecado y felicidad.

Entonces ocurrió lo del accidente. Carmen vino a visitarme al hospital. Lloraba y murmuraba asustadas promesas de amor. Los médicos dijeron que ya no podían hacer nada más por mi y me mandaron a casa, ella siguió viniendo. Por un tiempo siguió viniendo. Pero yo, en realidad, ya estaba muerto; yo no era el Pedro que ella amaba, tan solo su sombra desvaneciéndose.

Las visitas fueron espaciándose hasta cesar. Mi madre me contó, poco después, con su aquel tono de voz especial para expresar virtuosa indignación, que andaba saliendo con otro. Que no la esperase más.

Me quedé pues solo. En mi cama. Viviendo mi muerte día tras día. Mis padres me atienden lo mejor que pueden. Pero yo se que ya estoy muerto. Lo que yace en mi cama: este cuerpo roto y paralitico ya está muerto.

Tan solo un rescoldo de espíritu, que inexorable oscurece apagándose, aun perdura y espera.

--------------------------------

---------------------

Tras la muerte de Pedro pasaron largos años, durante los cuales, tan solo ocasionalmente era utilizada. Periódicamente, sobre todo en verano, los hijos de Juan pasaban temporadas en casa de sus abuelos y entonces dormían conmigo.

No lamenté aquella soledad; pues al morir Pedro, una parte de mí, inextricablemente enlazada con él, también murió. Tuve tiempo sobrado de pensar por qué, pues todo lo que tenia era tiempo y más tiempo. Llegué a varias conclusiones. En una de ellas suponía la existencia de una especie de aura, carga psíquica o espiritual que, en determinadas condiciones y circunstancias, unía de forma inexplicable algunos objetos con sus propietarios. En otra, más prosaica, pero más realista tal vez, simplemente suponía que las camas sin usar pierden su razón de ser.

Sea como fuere, yo sentía que había perdido algo especial. Encerrada en aquel sentimiento de pérdida, no sentía el menor deseo de que nadie durmiera sobre mí. Cuando alguno de los hijos de Juan, pasaban la noche con los abuelos y dormían conmigo, procuraba mostrar el disgusto que aquello me causaba con frecuentes chirridos, gemidos y algún que otro golpeteo. Prefería la soledad, pues me permitía pensar, recordar y, sobre todo, soñar.

Especialmente me gustaba soñar. Era como si re-soñara los sueños que sobre mí se habían soñado. Había sido espectadora privilegiada de los sueños de aquellos que durmieron conmigo y algunos de ellos habían impregnado, con su fuerza, mi espíritu y mi esencia.

Con especial frecuencia y agrado solía adentrarme en un sueño que, de forma recurrente y periódica, ocupaba las noches de Pedro.

En el sueño soy Pedro. Me veo volando sobre una ciudad llena de altas torres y puntiagudos minaretes. Planeo lentamente y sin esfuerzo; ante mis ojos se va desplegando el mapa de una arquitectura fascinante e imposible. No obstante, no encuentro nada extraño en ello. La ciudad, aunque es enorme, no es más que un tobogán, un juguete, cuya única finalidad es servir de escenario a mi práctica de vuelo. Salgo entonces de la ciudad y el escenario cambia, ahora estoy volando por el campo. Mi vuelo es mucho más rápido y ágil; trazo curvas y espirales esquivando árboles y cerros. Luego subo y subo, cada vez más alto, más alto. Entonces me dejo caer efectuando arriesgados picados, de los cuales salgo con insólita gracia y atrevida soltura.

Hastiado de volar me dejo caer en el suelo. Está cubierto de césped, como un estadio de fútbol o de atletismo. Pero no hay gradas, solo una interminable y monótona sucesión de verde césped. Voy caminando, paseando más bien y entonces encuentro un foso para practicar salto de longitud.

Tomo carrera y salto; cuando voy por el aire, empujo y elevo mi cuerpo para llegar más lejos. Ha sido un buen salto: más de ocho metros. Vuelvo a intentarlo. Corro rápidamente y salto; mi cuerpo es una pluma, liviano y sin peso. Planeo lentamente para caer aun más lejos: unos nueve metros.

De repente hay gente. No parecen haber salido de ningún sitio, quizá siempre estuvieron allí. Aplauden, gritan y jalean mis saltos. Yo lo vuelvo a intentar y es asombrosamente fácil; tras coger impulso y saltar, planeo de forma lenta y suave hasta más allá de los nueve metros. Estoy feliz y satisfecho; la sensación de fuerza, poder y plenitud que experimento, es algo maravilloso y difícil de explicar.

Cambia la escena y estoy en una fiesta, es una especie de verbena. Con casetas de atracciones, baile y mucha gente que va y que viene. Entonces me doy cuenta de que voy sin pantalones ni calzoncillos. Literalmente, con el culo al aire y no solo el culo.

La gente, aparentemente no nota nada. O no les importa; aunque ellos están correctamente vestidos. Yo intento comportarme con naturalidad, aunque estoy tremendamente avergonzado. Pasa por mi mente la idea de salir corriendo. Seguir allí se me hace insoportable; rodeado de gente, exhibiéndome y aparentando ignorar lo que ocurre. A pesar de ello me quedo. De alguna extraña manera estoy convencido de que debo quedarme. Hay un grupo de chicas mirándome; una de ellas es Carmen, reconozco algunas otras. Yo soporto sus miradas, aunque siento morir de vergüenza. Cuchichean entre ellas y comprendo que hablan de mi desnudez.

Entonces me veo solo. De nuevo volando y planeando sin esfuerzo. Ya no hay vergüenza. Me siento como al aprobar un examen, o superar una prueba. Aunque desconozco cual pueda ser esa prueba.

Entonces suelo despertar, y permanezco largo tiempo sumida en un extraño embotamiento, bordeando la frontera que separa la oscuridad de la luz, lo falso de lo verdadero; sin tener conciencia cierta de quien soy. Esperando una especie de revelación que nunca llega.

Cuando los padres de Pedro fallecieron, Juan reunió los pocos muebles y enseres que aun conservaban algún valor y, por una cantidad irrisoria, los vendió en una tienda de compraventa de ocasión. Incluida en el lote y arrumbada en un rincón, permanecí una buena temporada en aquella tienda esperando. Hasta que, un buen día apareció Rosa.

---------------------------------

--------------------

Continuará...

Un día muy largo

Cuento de un día de verano.

Escrito por Tomás Moreno

Cuando, como cada noche, su madre los mandó a la cama a dormir, el chico, que siempre solía protestar y refunfuñar por lo temprano de la hora, aceptó acostarse sin decir siquiera media palabra en aquella ocasión. Luego más tarde y ya en su cama, aovillándose en ella y deshilando la madeja del recuerdo, repasó con moroso detenimiento los extraños acontecimientos de aquel largo día.

Pues en verdad había sido un día muy largo: "Todo comenzó a torcerse por la mañana" —pensó recordando— con la inoportuna visita de Manuela, la madre de Antoñito. No soportaba a la tal Manuela. Su hijo Antoñito se le murió, hacía ya algún tiempo, de no se qué. Teníamos la misma edad y, cuando vivía, éramos amigos. La verdad es, que hacia ya bastante tiempo que Antoñito falleció: más de un año; pero su madre seguía comportándose conmigo como el primer día. Cuando me veía y tras abrazarme, me daba besos y se echaba a llorar. Venga a llorar sin parar y a contarme cosas de Antoñito; claro, yo cada día la soportaba menos.

¡Pero si yo apenas recordaba ya a Antoñito! ¡Tan solo cuando la veía a ella! Entonces sí, recordaba cosas. Recordaba, por ejemplo, cuando estaba enfermo y venia a casa, con su madre, a ponerse las inyecciones.

Recuerdo que insistía en cogerme la mano y ya entonces se dejaba pinchar. Le daban miedo las inyecciones. Bueno, la verdad es que a mi también me daban miedo. A veces incluso, cuando enfermaba y mi madre me tenía que pinchar en el culo, lloraba, pataleaba y suplicaba, muerto de miedo y pretendiendo esquivar la inyección.

Bueno... pues eso. Yo en realidad, ni recordaba, ni quería ya recordar a Antoñito. ¿Quien quiere recordar a un amigo que se ha muerto? Yo no, por supuesto. Y cada vez que veía a su madre y comenzaba a llorar me lo recordaba y entonces a mi me entraba una congoja y como un peso muy grande en el pecho y, de pronto, también yo tenía ganas de llorar, aún sin saber muy bien por qué.

O quizá si lo sabía. Cuando Antoñito murió, yo también sentí lo irreparable de la pérdida. La terrible nada y la enorme vaciedad que supone la muerte. Ni siquiera quería pensar en ella y Manuela y su inextinguible dolor por el hijo muerto me la recordaban constantemente.

Finalmente y tras un buen rato besuqueándome y llorando, Manuela se marchó y yo pude respirar tranquilo y dedicarme de lleno a otros menesteres. Todavía estábamos en vacaciones, aunque ya finalizando Agosto. Pronto tendríamos que volver al colegio, pues el curso comenzaba en Septiembre. Así las cosas, convenía apurar y aprovechar al máximo aquellos últimos días de verano. Además, hoy no tendría que ir a por hierba para los conejos.

Con un "M´en vaig a les garroferes!" salí corriendo por la puerta en dirección a nuestro lugar de juego favorito: el descampado situado tras mi casa, arbolado con catorce o quince grandes algarrobos que, ademas del nombre, le infundían al lugar una especial y característica personalidad.

Nosotros, siempre que podíamos estábamos allí; excepto porque íbamos a casa a comer y a dormir, el resto del tiempo estábamos allí. En realidad, nuestra autentica casa era el descampado de "les garroferes". Allí jugábamos a todo: por supuesto al fútbol, pero también a mil cosas más. Al escondite cuando anochecía, al pañuelo, a churro, media manga y mangotero, al balón-tiro, a la trompa, a construir cabañas con los troncos de las plantas del tabaco, cuando lo cosechaban en los campos de enfrente, a este castillo es mio... jugábamos sin parar y, cosa curiosa, en cada estación del año parecían estar de moda unos juegos en detrimento de otros.

Cuando se marchó Manuela y pude salir de casa y acercarme a "les garroferes", ya estaban allí Andrés y su hermano con alguno más. Montamos inmediatamente el interminable partidillo, prólogo y continuación del eterno partido que, siempre igual pero siempre distinto, jugábamos incansables día tras día y hora tras hora. Unas piedras en el suelo marcando las porterías y a jugar al fútbol. Apenas llevábamos media hora jugando cuando aparecieron las chicas (la hermana de Andrés y mi hermana). Venían diciendo que los del Montillano andaban rondando por el extremo del descampado que quedaba hacia la parte del pueblo.

Sin perder un instante, escondimos el balón en el tronco hueco de un algarrobo y nos fuimos corriendo para allá.

En efecto, por allí andaban. Cuatro o cinco, con el Montillano a la cabeza y acercándose a nuestra parte del descampado. En cuanto los vimos y nos vieron dejamos todos de avanzar y nos quedamos mirándonos con recelo y desconfianza. Una especie de linea imaginaria, pero no por ello menos real, nos separaba en una anchura de unos veinte metros. Pronto comenzaron a gritar, provocando e insultándonos.

Naturalmente aquello no podía ser ignorado. Cogimos piedras, llenándonos los bolsillos y los proyectiles comenzaron a volar.

Entonces ocurrió aquello. Apenas la piedra salió de mi mano cuando vi, de un modo cierto e indudable, lo que estaba por ocurrir. Los acontecimientos futuros, tan estáticos e inmutables como si fuesen recuerdos, desvelaron su rostro y lo mostraron ante mi.

Silente y veloz, la piedra trazó un arco certero y perfecto, homicida e hiriente, que unió mi mano y su boca. El tiempo, pareciendo arrastrarse torpe y lento, prolongó por un eterno instante aquel fatídico momento. El impacto chascó brutal, rompiendo labios y dientes, esparciendo babeantes chorros de roja sangre y unos confusos y tremulantes alaridos de miedo y dolor.

Aquello fue la señal para la desbandada. En cuestión de segundos allí no quedaba nadie. El mismo Alberto, llorando a moco tendido y con la mano sobre la boca intentando contener la hemorragia, trotaba con paso incierto buscando el refugio y la seguridad de su casa y el consuelo de su madre.

¡Señorito de mierda! —andaba pensando sin dejar de correr desalentado—. Le está bien empleado por meterse en estas cosas. ¡Joder, nosotros estamos atentos a las piedras! No hay más que fijarse cuando vuelan; si no pierdes la serenidad y las vas mirando las puedes esquivar. Te da tiempo de sobra. Pero él no; claro, él es un señorito de Valencia. De esos que pasan el verano en el pueblo y no tiene ni idea de nada. Como no quiere estar solo, va y se le ocurre juntarse con los del Montillano. Y en la primera ocasión, en el primer encuentro serio que tenemos, le reviento la boca de una pedrada.

"¡Joder, vaya mierda de suerte la mía! Seguro que, en un rato, su madre se presenta en mi casa a pedirle explicaciones a la mía. Mejor no aparezco por casa hasta mediodía."

Sin dejar de correr, ni de lamentarse en su fuero interno, el chico y su cuadrilla llegan pronto a "les garroferes". En cuanto llegan allí dejan de correr. Están en su territorio y lo saben, aquí se sienten seguros. Saben que los del Montillano no vendrán hasta aquí. Del mismo modo, ellos no cruzan la carretera, pues entrarían en el territorio de sus rivales. Las pedreas rituales que, de tanto en tanto, los enfrentan, tienen lugar siempre en terreno neutral.

El susto tampoco dura demasiado. Pronto aparece la pelota y el inevitable partidillo disipa al instante toda preocupación. Juegan felices e inconscientes y cantan los goles con delirante entusiasmo.

El sol, justo arriba en el cielo y calentando, provocándoles sudorosa quemazón, les recuerda que ya va siendo hora de ir a comer. El chico y su hermano se marchan hacia su casa, con el ánimo turbado por una cierta aprensión, pues la imagen de la maldita pedrada al Alberto ha vuelto, de nuevo, a ocupar su mente.

Sus temores parecen infundados. Cuando llegan a casa su madre los recibe con la cantinela de costumbre: "¿Estas son horas de venir a comer? ¿Qué no teníais hambre...?". Les hace lavarse las manos y los sienta a la mesa como si nada. El chico, aliviado, come con evidente apetito y en silencio. Muy pronto, el arroz y la sandia que su madre les sirvió para comer, desaparecen y entonces llega la cruz de cada día: la siesta.

Su madre, con obstinada cerrazón, que ni el razonamiento ni la súplica ablandan, se empeña todos los días en hacerles dormir la siesta. Evidentemente ellos no quieren siesta. ¿Quién necesita dormir siestas en vacaciones? Ellos lo que realmente quieren es salir pitando a jugar. Nada de dormir la siesta. Los chicos protestan y lloriquean; la madre, inflexible, amenaza con quitarse la zapatilla. Les explica lo de siempre: que hace mucho sol, que les va a dar una insolación, que luego más tarde... En estas llaman a la puerta. El corazón del chico late enfebrecido cuando escucha, en la entrada de la casa, la voz de la madre de Alberto: "¡Carmen...!".

Se acuesta entonces sin rechistar y se queda en silencio, escuchando y pensando: "Lo sabía, sabía que el chivato de Alberto se lo contaría todo a mi madre. Lo sabía y claro, ella tenía que venir a quejarse de que le han partido los morros a su precioso hijito. ¡Que se lo quede con ella! ¡Que se lo meta en sus faldas y entonces seguro que no le pasa nada! Espera... mi madre le está diciendo que son cosas de críos, que también me podía haber pegado la pedrada él a mi. ¡Bien por mi madre! Además es cierto, él también estaba tirando piedras ¿Quién le manda meterse? que se aguante. La próxima vez aprenderá."

El chico escucha entonces el tranquilizador chasquido de la puerta de la calle al cerrarse y, poco después, los amortiguados sonidos de su madre trajinando en la cocina y comprende que, por esta vez, saldrá bien librado. Su hermano pequeño, en la otra cama, hace rato que está durmiendo ya y piensa que, en vez de dormir, leerá un rato. Se levanta sigiloso, procurando no hacer ruido y coge unos tebeos del Jabato que tiene por allí. Ya los ha leído muchas veces, pero se entretiene hojeándolos de nuevo. Todos los viernes, su padre le compra un tebeo del Jabato y otro del Capitán Trueno. En cuanto se los dan, él los lee en un visto y no visto, y hasta el próximo viernes no hay más tebeos. Por eso los lee y relee una y otra vez; pues si algo hay, que casi le gusta más que jugar, es leer. Se cansa pronto de los tebeos y entonces coge un libro.

Ya tiene unos cuantos, se los suelen regalar por Reyes y él los atesora como su bien más preciado. También los ha leído todos en varias ocasiones, pero coge entre sus manos "Veinte mil leguas de viaje submarino" y piensa que nunca se cansará de leerlo. Se identifica con el Capitán Nemo y con su oscura y terrible necesidad de libertad, justicia y venganza. Una vez más, abriendo el libro y embarcando en el "Nautilus", se dispone a revivir, junto al Capitán Nemo y su formidable oponente Ned Land, la eterna singladura de la inmortal novela de Julio Verne.

Como todo llega en la vida, finalmente, la hora de la siesta concluye también y la madre, ya un poco harta de ellos, los deja marchar. No sin antes advertir al chico que no piensa pasar por alto una nueva pedrada. "¿Acaso no sabéis jugar de otra forma?" pregunta irritada. El chico cabecea inseguro, sin saber muy bien qué decir y en cuanto puede se escabulle corriendo hacia "les garroferes".

Apenas llega y se juntan unos cuantos, se ponen a jugar a "este castillo es mio". Aprovechan para ello un enorme montón de grava que, con motivo de unas obras, unos camiones descargaron allí. El juego consiste en coronar el montón de grava y proclamar, a voz en grito, la propiedad del mismo. Todos los demás chicos, por supuesto, intentan desalojar al que, en ese momento, corone la cima del "castillo".

Los revolcones y empujones se suceden. El chico, que es de los mayores del grupo, consigue mantenerse un buen rato como "rey del castillo". Los otros, cuando ven que no pueden desalojarlo, se cansan y aburren y quieren jugar a otras cosas. El chico, a quién el ejercicio le ha despertado el apetito, se acerca en una carrera hasta su casa y reclama su merienda.

Su madre le prepara un bocadillo con rodajas de tomate crudo, aceite y sal. El chico sale, como siempre, a la carrera y asestando tremendos mordiscos al bocadillo. Le gustan las meriendas que le prepara su madre: con el tomate bien maduro cortado en rodajas finas y metido entre el pan, con el aceite de oliva regándolo todo y con una pizca generosa de sal. Su hermano acude también a recoger su merienda. No así su hermana, que siempre anda diciendo que no tiene hambre. Y su madre la tiene que ir embutiendo, como si fuese un pajarillo de esos de nido. La madre se acerca a la esquina y la llama a gritos, urgiendola a merendar.

La chiquilla, que anda por allí con sus amigas, protesta, pero al fin, acude hasta la madre que le ofrece un plátano. El chico, a quién apenas le queda ya merienda, piensa que las chicas son muy raras: "¿Cómo puede ser que mi hermana nunca tenga hambre? Porque yo siempre tengo ganas de comer. Excepto la sémola y el hervido que no me gustan nada, de todo lo demás siempre tengo ganas y mi hermano lo mismo. En ocasiones mi madre, sobre todo los domingos cuando mi padre nos hace esas paellas tan buenas, nos tiene que decir que paremos ya, que vamos a reventar."

Porque siempre, siempre, repetimos. Nos comemos por lo menos dos platos de paella y bien llenos, llenos hasta arriba. Con montaña que decimos nosotros. Y claro, mi madre nos tiene que decir que ya está bien, que nos va a salir el arroz por las orejas y que vamos a enfermar de un empacho.

Lo cierto es, que yo no tengo hartazgo. Seguiría comiendo hasta reventar, como bien dice mi madre. Mi hermana, en cambio, siempre se lleva la bronca, pues nunca se termina el arroz. ¿Cómo puede ser que no le guste la paella? ¡Pero si es la mejor comida del mundo! Bueno... y los bocadillos de atún en aceite con olivas rellenas también.

Nos ponemos a jugar al pañuelo, chicos y chicas juntos. Cosa que habitualmente no hacemos, pues solemos jugar aparte, cada uno por su lado y a sus cosas. A las chicas no les gusta jugar a casi nada. Ellas siempre andan jugando con sus muñecas y a las tiendecitas y a cosas de esas, cosas de chicas vaya. Pero al pañuelo si que juegan. Una de las chicas sujeta el pañuelo y va cantando números :¡El tres!...¡El uno!...¡El dos!. Uno tras otro, los jugadores van cayendo eliminados. Finalmente tan solo quedamos dos : una chica llamada Petra y yo. Cuando mi hermana (pues ella es quién sujeta el pañuelo) canta el número, salgo corriendo. Llego hasta el pañuelo enseguida, mucho antes que ella; hubiera podido cogerlo y volver rápido a mi linea y así ganar el juego, pero prefiero esperar.

Se a ciencia cierta que soy más rápido que ella y prefiero esperar y juguetear un poco; como un gato con su ratón. Tras algunas fintas, que yo aguanto sin ceder ni coger el pañuelo, se decide. Coge el pañuelo y corre buscando la linea y la victoria.

Entonces yo, que he medido el movimiento con precisión, arranco tras ella y en apenas tres zancadas ya la tengo: mi mano golpea, sin violencia pero con rotundidad, su prieto y tentador trasero.

Apenas termina el juego comenzamos otro. Sorteamos de nuevo los jugadores y, en esta ocasión, Petra y yo coincidimos en el mismo equipo. Petra es una chica mayor que nosotros, debe tener por lo menos trece o catorce años. Vive allí mismo, en una de las casitas que hay enfrente de "les garroferes". Cuando, como ahora, nos ve jugar al pañuelo, o saltando a la comba, o jugando al escondite, suele acercarse y jugar con nosotros. Es una chica alta y grandota, o al menos a mi me lo parece y, aunque no suelo fijarme apenas en las chicas, algo extraño me ocurre hoy, pues no dejo de mirarla y mirarla y me doy cuenta de que, en realidad, por más que esté cansado de verla, es como si hoy la viera por primera vez.

Seguimos jugando al pañuelo, aunque mi atención ya no está centrada en el juego, sino en observar a Petra. La miro cuando corre, con aquel revolar de faldas que descubren sus muslos morenos y con sus tetas, redondas y rotundas asomando entre la blusa. ¡Como le han crecido! pienso y recuerdo, con un extraño pellizco en el estómago, la sensación de hace apenas un momento, cuando le di la palmada en el culo. No es la primera vez que palmeo a una chica en el culo... pero. Debe ser que no todos los culos, ni todas las chicas, son iguales. Porque lo que siento ahora, no lo había sentido jamás.

Está comenzando a oscurecer y, normalmente y en esta época del año, en cuanto anochece comenzamos a jugar al escondite. Me toca esconderme, igual que a Petra. Mientras el que pierde cuenta hasta cincuenta, los demás corremos a escondernos. Aunque intento disimular, no dejo de observar a Petra. La veo esconderse tras el ribazo de una de las huertas que quedan hacia la parte por donde discurre la acequia. A hurtadillas y aprovechando que ya es casi de noche me acerco hasta allí. Cuando llego no dice nada, me mira y sonríe.

Nos deslizamos hacia el interior del huerto y tras escabullirnos entre enormes plantas de maíz, de casi dos metros de altura y que nos ocultan completamente, llegamos en pocos instantes a los cañaverales que crecen junto a la acequia.

Allí nos sentamos en el suelo, el uno frente al otro, muy juntos y sin hablar. El fúlgido palor de sus blancas bragas, presentidas más que vistas y asomando apenas por sus muslos entreabiertos atrapaba mis ojos, pajarillos indefensos. Entonces cogió mi mano guiándola con suavidad y apartando un poco las bragas, la acercó adentro. Estaba caliente —pensé— y mojada, muy mojada. Mis dedos resbalaban con untuosa suavidad entrando y saliendo; su mano, sobre la mía, acompañaba acompasando y presionaba exigiendo.

Seguí acariciándola, durante un buen rato seguí tocándola con mis dedos. Yo había oído hablar de sexo, por supuesto que sí. Los amigos, en ocasiones, hablábamos de sexo y también, cuando tenía ganas, ganas, me hacía mis cosas. Pero una cosa era hablar con los amigos, o imaginar cómo sería aquello del sexo y otra cosa era hacerlo. Era mil veces mejor hacerlo.

Yo estaba eufórico y tremendamente excitado. Entonces ella acercando su mano y tras desabrochar un par de botones del pantalón comenzó a tocarme a mi. Sus piernas, ya completamente abiertas, ofrecían sin traba ni recato a mi vista aquellas bragas blancas y mis dedos, cada vez más audaces, se hundían frenéticos allí adentro, cada vez más adentro.

De pronto, la voz de mi madre llamándonos desde la esquina, como cada noche, fue como un estrépito de campanas y cristales rotos rompiendo el momento. El glorioso, inolvidable y magnífico momento. Con prisas y a la carrera salimos cada uno en una dirección distinta y poco después, desde puntos distintos del maizal nos incorporábamos a la desbandada de chiquillos que corrían hacia sus casas.

Doy media vuelta en la cama y pienso que hoy no me voy a dormir nunca. Ya hace un buen rato que estoy acostado y no hago más que recordar y repasar una y otra vez los acontecimientos de hoy. Tengo la esquiva y molesta sensación de que, por más que los repase una y otra vez, algo fundamental, algo muy importante se me escapa.

Finalmente, cansado, soñoliento y tras masturbarme pensando en Petra, doy media vuelta y, ahora sí, creo que me voy a dormir.

La cometa. Cuento de una tarde de primavara.

La cometa. Cuento de una tarde de primavera.

Escrito por Tomás Moreno.

Estaba siendo una calurosa y soleada primavera .Como todas las tardes a primera hora, los rayos del sol caldeaban entrando a través del cristal de la puerta y poco a poco, un dulce y cálido sopor se apoderaba de todos nosotros, sumiéndonos en una especie de hipnótica duermevela.

Las campanillas de la puerta, repicando festivas, rompieron el hechizo cuando el chico entró ; con su aire aquel, a un tiempo apocado y decidido. La puerta de vaivén, lentamente, desanduvo el camino, haciéndolas sonar apenas en esta ocasión.

El chico, tras dar dos cortos pasos, levantó la vista y miró en derredor. Sus ojos, reflexivos y alegres, parecieron iluminar la tienda y un escalofrío de excitación y nervios nos recorrió a todos. ¡Un comprador!

Andaba pasito a pasito, deleitándose en el mirar, sopesando, dudando, palpando y tocándolo todo. En aquel momento y mirándolo deambular por la tienda, deseé con todas mis fuerzas ser la elegida; pues ya estaba un poco harta de aquellas cuatro paredes. El mundo de afuera, apenas vislumbrado a través del vaivén de la puerta, me atraía poderosamente y sabía, sí, de algún modo extraño e ilógico sabía, que aquel mundo estaría a mi alcance cuando, por fin, alguien me comprase y pudiera salir de la tienda.

¿Y por qué no? pensé. Yo era una hermosa cometa. Sin duda alguna, la más hermosa de la tienda. En cuanto a los demás juguetes, habían pocos que pudieran compararseme. Verdad es, que la muñeca rubia aquella, la que le dabas al botón y hablaba, era muy bonita. Y también estaban los soldaditos de plomo, tan apuestos y marciales... pero me daba en la nariz que aquel chico no buscaba muñecas, ni soldaditos de plomo.

Noté un pellizco de nervios cuando lo ví detenerse ante el balón. De reglamento. Con la firma de no se qué jugador famoso. Incluso llegó a cogerlo y a botarlo un par de veces; luego, muy despacio y como con pena, lo dejó en su sitio. Entonces levantó sus ojos, me miró y un escalofrío de reconocimiento y atracción pareció saltar entre los dos.

Levantándose sobre las puntas de los pies, pues apenas llegaba al estante, me cogió con sus manos y comenzó a observarme. Estuvo mirando y remirando mi esqueleto de cañas y la sonriente cara del payaso que llevaba pintado en el papel que lo recubría; con aquella enorme nariz roja, roja; con aquel sombrero, ridículo de tan gracioso, de un intenso color verde. Pasó sus manos, admirándolos, por los papelillos de colores que alegres adornaban mis bordes y estudió mi espléndida cola, confeccionada con retales anudados.

Apenas podía controlar mis emociones y mis nervios observando la cara del chico. Lo veía indeciso, sin acabar de convencerse. Finalmente, y tras un tenso instante, un chispazo alegre cruzó por sus ojos y sonriente y sin soltarme se acercó al mostrador donde, tras una breve conversación con el viejo que atendía la tienda, sacó unas cuantas monedas y las depositó sobre el mostrador.

El viejo cogió un ovillo de cordel que sacó de un cajón y tras meterlo en una bolsa se lo dio al chico, a continuación contó las monedas y las guardó en la caja. El chico, llevando en una mano la bolsa del cordel y sujetándome con la otra, salió inmediatamente a la calle y comenzó a correr.

Un ramalazo de pánico me sacudió entonces. ¡Por fin me habían comprado! y, aunque eso era lo que yo quería, no pude evitar sentir temor, angustia y miedo ante lo desconocido.

Poco después, el chico, que corría alegre y satisfecho, llegó ante una casa en la cual entró alborotando y voceando: ¡Mamá, mamá, mira mamá! ¡Mira lo que me he comprado! ¡Me he comprado una cometa! ¡Le voy a poner los tirantes y me voy al parque a volarla!

Tomó entonces unas tijeras y con ellas cortó tres trozos de cordel del ovillo que le vendió el viejo. Me fijé que los medía con sumo cuidado, procurando hacer los trozos iguales. Luego los ató a las cañas que formaban mi esqueleto. Dos cordeles en los extremos de arriba, el tercero en la intersección del centro. Luego anudó con varios nudos los extremos de los cordeles; a continuación ató allí también el extremo del ovillo de cordel.

Pareció quedar muy satisfecho. Repasó uno por uno todos los nudos y despidiéndose con un grito de su madre salió, de nuevo corriendo, a la calle.

Al poco llegó a un descampado, deduje que aquello debía ser el parque; con tantas idas y venidas y con los preparativos del chico yo me encontraba bastante confusa y asustada. No sabia lo que pretendía hacerme y la verdad, casi prefería no averiguarlo.

Entonces me dejó en tierra. Apoyó en el suelo la parte de la cola y me sujetó derecha manteniendo tirante el cordel que me había atado.

¡De repente lo entendí todo! En la tienda de juguetes había visto algo parecido. Recordé aquel día: un niño pequeño acompañado por su abuelo; compraron el camión aquel, el rojo y amarillo que tenia atado un cordel. El cordel servia para tirar de él. Compraron el camión y el niño se marchó tan satisfecho, tirando del cordel y arrastrando el camión.

¡Aquel diablo de chico pretendía arrastrarme tirando del cordel! pero... yo no era un camión. ¿Cómo podía tratarme así?

En estas, el chico echó a correr con el cordel bien cogido y claro, comenzó a arrastrarme tras él . Yo me sentía indignada viéndome tratada de aquella manera; como a un maldito camión. Ya no sentía miedo sino furia; comencé pues a resistirme. No pensaba dejar que me arrastrase por los suelos y me resistí con todas mis fuerzas tirando hacia atrás, tirando, tirando...

...De pronto ¡oooohh maravilla! ¡Estaba volando! El suelo se alejaba mientras el chico corría soltando hilo del ovillo... ¡Estaba volando!

El chico dejó de correr. Había soltado unos treinta o cuarenta metros de hilo y se le veía muy pequeño allí abajo. Completamente absorta y aturdida, aunque también alegre y satisfecha por aquel inesperado milagro, tardé un rato en ir captando y asimilando en plenitud y profundidad todo lo que estaba ocurriendo. Primero fui sintiendo el viento restallando en mi cara, con los papelitos del borde agitándose y bailando satisfechos y con mi cola, mi esplendida y hermosa cola, colgando y ondeando.

Luego comencé a fijarme en lo que me rodeaba. En aquel parque habían árboles; algunos eran altos, pero yo estaba volando por arriba de ellos. Parecía casi que podía mirar a las nubes cara a cara. Pasó un pájaro muy cerca, casi tocándome. Miraba el suelo, muy abajo y me parecía sucio y marrón, polvoriento.

Miraba el mundo, desde arriba volando, y pensaba que jamás hubiera supuesto lo grande que era y lo hermoso y... de pronto la idea. Fue como un relámpago cegador.

¡El chico lo sabía! ¡Él sabía que yo podía volar! ¡Por eso el cordel! ¡Temía que escapara volando! Me quedé mirando al chico allí abajo, sujetando el cordel. El cordel que me ataba, que me impedía volar a placer por donde yo quisiera y un regusto amargo y rebelde ensombreció mi corazón. Decidí entonces escapar; tenia que romper aquel cordel. No soportaba ni un instante más seguir atada por aquel infame cordel. Tiré pues con todas mis fuerzas; moviéndome con violencia y dando bandazos a derecha e izquierda. Tiré y tiré y tiré y entonces, con un chasquido, el cordel se rompió.

¡Lo había logrado! pensó ¡Ya era libre!

Ahora podía volar donde quisiera.

¡Malditos conejos! Cuento de una tarde de verano

¡Malditos conejos! Cuento de una tarde de verano.

Escrito por Tomás Moreno.


Con suerte quizás acabe pronto y aun pueda ir un rato a jugar, piensa. Mientras aprieta el paso con gesto rápido y decidido por el polvoriento camino.

Apenas ha comenzado el verano, tan solo estamos en junio; pero ya lleva un par de meses sin llover y las brozas de las cunetas amarillean agostadas. Bajo el brazo lleva un saco de arpillera enrollado y dentro del saco una pequeña hoz. Cuando vuelva a casa, el saco ahora vacío, deberá estar lleno. Lleno de hierba para los conejos.

¡Malditos conejos! No le gustan los conejos. Bueno…, comérselos si le gusta. En realidad es, prácticamente, la única carne que comen. Su madre los fríe con ajitos, o los mete en la paella, o hace un guiso con patatas. Claro que, también comen patos. Una vez al año su madre compra en Moncada, en el mercado, quince o veinte patitos y luego los van engordando y cuando ya están bien gordos: ¡A la cazuela! También a veces compra algún pollo, o en ocasiones muy especiales, por Navidad o así, algo de cordero en la carnicería. Pero claro, el conejo no hay que comprarlo. En casa siempre tenemos conejos y rara es la semana que no matamos alguno.

Pero... ¡Cómo comen¡ Cada dos o tres días hay que ir con el saco y llenarlo. Luego hay que extender la hierba para que seque un poco, pues recién cogida, en ocasiones, les produce diarrea. Y ya, cuando ha secado unos días, se la comen.

Por eso no le gustan los conejos. El querría estar jugando con sus amigos al fútbol, o tirando piedras, o haciendo cabañas. Pero no. Hay que ir a por hierba para los malditos conejos. Además. Los conejos no son esos animalitos simpáticos que algunos creen, no. El ha visto como una coneja que no quería estar con un macho lo castraba a mordiscos. Algunas conejas matan a sus crías. O las sacan de la cama que se hacen con pelos y hierba seca y las dejan morir de hambre y frío. Y los machos viejos, los que su padre pone con las conejas cuando quiere que se queden preñadas, esos no pueden estar con los jóvenes. Les muerden y si pueden los matan.

Odia a los conejos. Para lo único que sirven es para comérselos. Y para cambiar sus pieles. Cuando matan un conejo y tras desollarlo, la piel se pone a secar. Luego, de vez en cuando, pasa por la calle un buhonero con su carro y cambia las pieles de conejo, que a nosotros no nos sirven para nada, por platos y vasos, agujas de coser para su madre y cosas de esas de la casa.

Los patos son mejores, ellos no comen hierba. Menos hierba, los patos se lo comen todo: las sobras de la casa se las comen ellos; hasta las pieles de melón o de sandia, su madre las corta en pequeños trocitos y ellos las engullen. En verano, por los campos de alcachofas secas, cogemos a puñados caracoles de esos chiquirriticos, que no sirven para nada, y llenamos un cubo o dos. Luego, ya en casa, los chafamos con una piedra y los patos, literalmente, los devoran enloquecidos.

Con estos pensamientos, el niño está llegando ya a su destino. Es mala época para salir a buscar hierba: como apenas llueve, la hierba escasea. Pero el otro día, pasó por un huerto de naranjos donde no la habían escardado y estuvo observando que había mucha.

El huerto está rodeado por un seto de cipreses ya muy crecidos. Las ramas de los árboles, entrelazadas, forman una valla inextricable; pero aquí y allá, hay un par de pequeños huecos. En realidad muy pequeños; casi tan pequeños como el niño que, con la habilidad y destreza de un conejo, se escurre por uno de ellos y: ya está. Está dentro y como le pareció entrever mirando a través del seto, está lleno de hierba. Por entre las hileras de naranjos los ve. Los más jugosos “llicsons” están esperando a que los cojan. Es el paraíso. El niño piensa que allí, en un rato, llenará el saco. Además, el huerto está relativamente cerca de casa, cosa muy importante, pues luego, una vez lleno el saco pesa.

Y hay mucha hierba, para muchos días, pues el huerto es bien grande. Contento deja el saco en el suelo, junto al tronco de un naranjo y cogiendo la hoz comienza a buscar las cerrajas más tiernas. Los famosos “llicsons”, la hierba favorita de sus conejos. ¡Malditos conejos!

La punta de la hoz, que está muy afilada, se hunde con facilidad en la tierra suelta cortando las plantas de raíz. Cuando lleva en la mano unas cuantas plantas, las deja en el suelo formando pequeños montones y sigue adelante, hasta que, otra vez las manos llenas, hace otro pequeño montón. Hace calor, el sudor empapa su frente y, mirando atrás, comprueba el fruto de su esfuerzo: pequeños montones de hierba señalan el paso, un tanto errático, de su hoz. Piensa satisfecho que su madre estará contenta cuando llegue a casa. Llenará el saco hasta arriba, y además, la hierba es muy buena, muy tierna y jugosa.

Ya lleva un buen rato enfrascado en la tarea y cree que ya tendrá bastante. De todos modos, aunque el saco no quede lleno hasta arriba no importa. Cuando se acabe la hierba, mejor dicho, cuando los malditos conejos se coman la hierba, simplemente vendrá a por más.

Así pues, da media vuelta y, desandando el camino, va recogiendo los montones de hierba. Pronto, los montones, que no parecían muy grandes, apenas le caben en los brazos. Los tira al suelo y observa que todavía quedan varios montones sin recoger. Ahora tiene un montón grande y varios pequeños. Decide llevar los pequeños hasta el grande y luego ya la meterá toda en el saco. El niño de pronto se queda parado , con un brazado de hierba en la mano y a medio camino del montón.

El saco... ¿Donde está el saco? Tira la hierba que lleva en la mano sobre el montón, deja la hoz cuidadosamente a un lado y volviendo sobre sus pasos se pone a buscar el saco.

A ver, piensa, cuando entré en el huerto, el saco lo dejé junto al tronco de un naranjo que estaba allí mismo. Buscaré el agujero por donde entré y allí al lado tiene que estar el puto saco. Se pone pues a buscar el agujero. Va andando junto al seto, despacito y mirando; cuando ya lleva un buen trecho y no encuentra ningún agujero comienza a ponerse nervioso. Retrocede buscando el montón grande de hierba y, cuando lo encuentra, intenta situarse. Pero el huerto es como un laberinto, las hileras de naranjos, todas iguales, no le ofrecen ninguna referencia; tan solo sabe que el saco está en la dirección contraria a la que llevaba cuando cogía hierba. Entonces tenia el seto a su derecha, así pues, para encontrar el saco y el agujero por donde entró en el huerto, tiene que andar con el seto a su izquierda. Se pone en marcha lentamente, dejando el seto a su izquierda. Va mirando el seto, buscando el agujero, también busca al lado de los troncos de los naranjos, donde recuerda que dejó el saco. Como anda despacito y fijándose en todo, va encontrando pequeños montones de hierba, todavía sin recoger. Decide recogerlos y llevarlos al montón grande, que es ahora mismo su única referencia. Observa consternado, que cuando cogía hierba, no llevó un linea recta que digamos. Por el contrario, la posición de los montones, señala que fue saltando hileras y zigzagueando. Eso hace, que ya no esté en absoluto seguro de por donde entró y, aun menos, donde dejó el saco.

El nerviosismo del niño va en aumento. Los últimos montoncitos de hierba se reúnen con el grande, que ahora, alcanza ya un tamaño considerable. Pero tiene que estar por aquí, tiene que estar, piensa ya un poco asustado. Está dando vueltas por la zona donde ha recogido los últimos montones. Tiene que estar por aquí, se repite obsesivamente. Pero busca y busca y el saco no aparece por ningún lado.

Por primera vez , considera la posibilidad de que el saco no aparezca. Apenas la idea pasa por su mente y ya francamente asustado se pone a llorar. El niño es muy pequeño, no tendrá más que nueve o diez años. Le da que pensar lo que dirá su madre si aparece por casa sin el saco. Sabe que le espera una buena. Porque ¿cómo explica que no sabe donde dejó el saco? Le van decir que está tonto, y un par de guantazos no se los quita nadie. Cuando piensa esto, el chiquillo, llorando y sorbiendo los mocos, se pone de nuevo a buscar el saco. Ademas, se está haciendo muy tarde, mayor motivo para los guantazos; pensará su madre que se ha entretenido jugando y ha perdido el saco, o que alguien se lo ha quitado. Pero busca y busca para nada: el saco no está.

Sabe que es imposible, el saco tiene que estar allí, pero no lo encuentra. No está. Ni siquiera ha encontrado el agujero por el cual entró en el huerto. Aunque eso no le preocupa, pues cuando quiera salir y teniendo la hoz, en cualquier lugar donde las ramas del seto raleen un poco, agranda en seguida un agujero y fuera.

Llorando y todavía mirando se dirige hacia el montón. Coge la hoz y un puñado grande de hierba y se dispone a salir. Sabe que se ha hecho tarde, tiene que volver a casa, pues cuanto más tarde, más enfadada estará su madre.

Pero no. Es algo superior a sus fuerzas, no puede marcharse sin encontrar el saco; vuelve a dejar el puñado de hierba y la hoz en el montón y volviendo sobre sus pasos se dice a si mismo que hará un último intento.

Es ya una cuestión de principios, o de finales. Piensa que, llegar a casa sin el el saco, será como fracasar en algo muy importante. Es una sensación extraña, que no sabría ni siquiera explicar; pero está muy claro, sin el saco no vuelve a casa. Sigue buscando, sabe que el saco tiene que estar cerca. Entonces se pone a rezar. Apenas va algún domingo a misa, pues sus padres no van nunca, pero se acuerda del catecismo de cuando tomó la primera comunión. Ademas, en el colegio también rezan. Sabe que, cuando necesitas algo, hay que rezarle a Dios y él te lo da. Está cansado y asustado y ya no sabe que más hacer para encontrar el saco. Piensa pues que le rezará a Dios y él le mostrará donde está el puto saco. Intenta rezar el padrenuestro, pero está ya tan asustado que apenas ni se acuerda. Su rezo se convierte en un gemido y un entrecortado: por favor señor, por favor señor, por favor…

Entonces da la vuelta y mira y allí está: al lado del tronco del naranjo, donde él lo dejó. Confusamente se da cuenta de que está un par de hileras alejado del seto, de todos modos se dirige hacia el seto y, en efecto, allí está el agujero.

Medio llorando todavía, vuelve con el saco hasta el montón de hierba y la va remetiendo a grandes puñados. Si que había mucha, se llena hasta arriba. Clava la hoz en la hierba y se dispone a volver a casa. Con el saco. Lleno hasta arriba. Vuelve pegadito al seto y buscando el agujero; cuando lo encuentra, se mete por él como un topo y arrastrando el saco sale a la otra parte.

Carga con el saco que, vaya que si, pesa bastante y andando para casa. El llanto y el temor han pasado ya y una confusa mezcla de sentimientos se amontonan en su corazón. Por un lado, ingenuo agradecimiento; pues al fin le devolvió el saco. Por otro, un punto de infantil rencor, pues sabe que, el saco, siempre estuvo allí. Pero Dios no permitió que lo viera hasta que no lo suplicó.

Cuando llega a casa, su madre, más aliviada que enfadada, le da dos voces y le dice que buenas horas son, que cómo ha tardado tanto, que no hacia falta que llenase tanto el saco. El niño se justifica, le dice que no se dio cuenta de lo tarde que era y, aliviado, se marcha un rato a jugar. No sin acordarse antes de vaciar el saco y extender la hierba. ¡Malditos conejos!

De todos modos y por si acaso, no piensa volver al maldito huerto.

Imitando modelos

Imaginaos la convocatoria de un casting solicitando concursantes para un reality que buscase héroes. O quizás, podríamos buscar santos

Imaginaos un reality-concurso donde los participantes, se vieran expulsados por la “casa” por cobardes y pecadores, como decía Chiquito de la calzada.

Imaginaos a Jorge Javier Vázquez, haciendo el recuento semanal de las ancianitas ayudadas por Alessandro Lecquio a cruzar un semáforo. O a Belén Esteban embarcada en una cruzada para restaurar campanario.....s de iglesias en ruinas.

Imaginaos un casting, que buscase personas generosas, altruistas, con espíritu de sacrificio y sentido del deber; con dotes personales que incluyeran la amabilidad, la simpatía, una gran capacidad empática y un profundo amor por la vida.

Ridículo ¿verdad? ¿Qué interés tendría ver un programa con semejantes concursantes?

Más importante aun: ¿encontraríamos concursantes?

Lo bien cierto es, que la sola enumeración de las virtudes anteriores citadas ya empalagué y hastié. Aburre.

Me planteo todas estas cosas cuando faltan dos días para La Semana Santa. Ya sabéis: vacaciones, playa o quizás montaña, procesiones espectaculares en, prácticamente, cualquier ciudad de la geografía española.

Fiesta, mucha fiesta. Turismo, negocio, hoteles a rebosar, mucho dinero. La Semana Santa vende sola.

Per La Semana Santa, también es otra cosa, es algo más. En La Semana Santa, los creyentes conmemoran y celebran La Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo. La historia es bien conocida. Nos cuenta el fracaso y la derrota del hombre honesto e inocente a manos de sus crueles enemigos, y la posterior victoria, obtenida cuando ya toda esperanza quedaba aplastada por el peso inamovible de la muerte.

Nos cuenta como un hombre, que muere ajusticiado como un malhechor, resucita como Hijo de Dios.

Como decía, la historia es cosa sabida. La pregunta es ¿Por qué esta fantástica historia despierta hoy día tan poca expectación? ¿Quizá sea que en el fondo no nos la creemos?

Las sociedades humanas buscan constantemente modelos, referencias que guíen nuestras expectativas de vida.

Hoy, los modelos, los referentes que suelen ejercer una especie de fascinación hipnótica en la gente son grandes deportistas, los actores o cantantes de éxito, algunos grandes empresarios con fortunas difícilmente concebibles. En todos ellos la conjunción de factores como: éxito, dinero, fama, atractivo social y sexual que suele acompañarles, convierte a esas personas en irresistibles modelos de comportamiento que influyen de forma importante en todos nosotros. Esto es algo muy humano. Es la base de toda capacidad de aprendizaje. Cuando observamos conductas que tiene éxito procuramos imitarlas.

No hay nada extraño en ello; es cosa vieja y sabida. No obstante la cuestión de fondo queda pendiente: ¿Por qué el hombre que alcanzo el triunfo jamás soñado esta dejando de ser modelo y referencia? ¿Por qué la imitación de Cristo esta pasada de moda?

Jesucristo, con el ejemplo de su vida, nos enseña el camino del éxito. Nos lo dice explícitamente: Yo soy el camino, la verdad y la vida, quien crea en mí vivirá eternamente. Fijaos donde pone Jesucristo el acento. No dice quien crea en mi mensaje. El mensaje es Él.

Quizás dos mil años de historia, de errores y fracasos eclesiales han desgastado la credibilidad de la figura y el evangelio de Jesucristo.

A pesar de esto yo, que también he visto mi fe golpeada y zarandeada por los embates de la vida, sigo queriendo buscar mi referencia, mi modelo en Jesucristo.

En Jesucristo en la Cruz. Como recordamos en Semana Santa, en la tremenda contradicción de la cruz. Símbolo de fracaso, dolor y muerte. Y signo de la exaltación, triunfo y victoria. La esencia misma de la humanidad se muestra en esta contradicción. ¿Cómo alguien que es Hijo de Dios elige morir en la cruz? ¿No hay otra forma de mostrarnos el triunfo del hombre? ¿Es la cruz el único camino que lleva a Dios?

La aspiración a la felicidad del ser humano, alcanza en nuestros días rango de derecho universal. El conciliar esta aspiración a la felicidad, con la exigencia de tomar nuestra cruz y seguirle, es, en mi opinión, la gran tarea pastoral de la iglesia hoy.

Pues la imitación de Cristo, esa que nos hace decir con San Pablo: “Ya no soy yo quien vivo, es Cristo quien vive en mi, necesariamente nos lleva a la Cruz de la renuncia, a la cruz de la muerte de nuestros egoísmos, de nuestros miedos, de nuestras equivocadas escalas de valores. Hasta aquí todo correcto, todo muy viejo, muy sabido y trillado.

Pero la gente necesita ser feliz aquí y ahora. Cuando yo leo el evangelio, veo aun hombre feliz. Jesucristo me parece un hombre que transmite esperanza, alegría, ganas de vivir y de amar.

No en balde, su predica él la llama: Buena nueva. Jesucristo nos trae buenas noticias. Nos dice que Dios nos ama, que podemos ser felices aquí y ahora, y que, como Hijos de Dios y poseedores de un alma inmortal, nuestro destino es la vida inmortal.

Volviendo a lo de los castings y aquello de buscar modelos y referencias de conductas, siempre encontré a faltar, en la proclamación de Cristo que la iglesia hace, un mayor peso de los aspectos positivos que la imitación de Cristo aporta al hombre. Por el contrario abundan los aspectos negativos, sensacionadores y represivos del mensaje cristiano.

El cristianismo hoy en día, debe encontrar su razón de ser, en la posibilidad de que cristo nos brinda de vivir una vida más plena, mas humana, más feliz en suma. Para ello deberíamos actuar como Él; o mejor aun: dejar que Él actúe por nosotros y en nosotros.

La estación

El viejo caminaba, el paso tardo, la espalda encorvada; su mano, ayer tersa hoy arrugada, se cerraba sobre el puño del bastón. Hace frío piensa, aunque sol. Si, al sol se estará bien. Llega ya a su destino: la estación. Allí, sentados en los soleados bancos de piedra hay un grupo de ancianos. El viejo se sienta, todos se saludan y hablan de sus cosas.

- Hace fresco ¡eh!, parece que el verano se retrasa.

- Tengo dos nietecillos, un chico y una chica…

- El Madrid campeón oye, lo que yo te diga.

- Pero si está claro hombre, todos los gobiernos son iguales.

( Tren va )

- Venga ¿Echamos unas partidas?

- Vamos a verlo ¿Tute, brisca?

- Lo que queráis.

Juegan. ¡Y como juegan! Chillan, discuten… como si les fuera la vida en la partida, golpean vehementes con el puño sobre el banco de piedra.

- ¡Esa!

- ¡Mato!

- ¡Las cuarenta!

- ¡Arrastro!

( Tren viene )

La estación, con su trajín, con su ir y venir de gente, forma un rudo contraste con los viejos. Allí sentados. Mundo aparte, oasis, isla donde se ha detenido el tiempo.

- Me acuerdo yo en el año….

- ¡El Valencia entonces si que tenía equipo!

( Tren va )

Forman un grupo curioso y heterogéneo. Albañiles, antiguos labradores y peones, empleados jubilados. Unidos todos por su edad, y su soledad. Hay uno que fue artista… bueno, de los modestos claro. De esos que actuaban por los cafés. De esos que (eran otros tiempos) iban de pueblo en pueblo y montaban su teatrito y cantaban y actuaban, y organizaban una pequeña rifa.

- ¡Veinte duros la tira!

- ¡Venga, por veinte duros se llevan la botella de coñac, la muñeca y el champán!

( Tren viene )

De esos. Y él va, con su guitarra, con su verborrea de charlatán de feria, con su alegría, con sus recuerdos y su melancolía, y rasguea la guitarra. Y canta, con su voz rota, cascada, por mil batallas derrotadas. Los demás jalean. De vez en cuando animan, de vez en cuando alguno intenta recordar

- ¡Ayyyyyy…..! ¡ Lere leeeeee!

( Tren va )

Pasa una muchacha, bella flor de juventud, alta y esbelta. Las prietas carnes ceñidas por el vaquero, limpia y deseable, orgullosa, dulce promesa de mujer. Los viejos miran, añoran, cuchichean, y surge el requiebro, el piropo que es lamento.

- ¡Quien tuviera veinte años, morena!

Y luego, por un instante, quedan silenciosos, pensando, recordando los años mozos, tan lejanos ¡ay! Tan lejanos.

( Tren viene )

Allí cerca, unos niños juegan. La pelota, azul, de goma, corre y corre y bota. Los niños gritan, la persiguen, ríen y discuten. Uno de los niños cae, llora. El viejo va y lo levanta, lo consuela. Luego, los dos, el viejo y el niño, se miran.

El ayer y el mañana. ¿Qué piensan? El niño corre, alegre, como persiguiendo su meta; el viejo, cansado, se sienta.

( Tren va )

Los viejos hablan, de sus cosas de sus problemas.

- El otro día, cuando fui a cobrar la pensión tuve que hacer cola más de dos horas.

- Es que eso lo hacen muy mal ¡No hay derecho!

- Y fíjate lo que dijo el otro día mi nuera….

- ¿Sabéis quien se ha muerto?

- ¿Quién?

- Pues el Manuel, aquel que vivía con su hija.

- ¿Y de que se ha muerto?

- Pues no se, ya estaba malo…creo que estuvo un mes en la fe.

( Tren viene )

El sol ya esta alto. El mediodía se acerca, poco a poco, como con pena, los viejos se van yendo.

- Bueno, pues vamos a ver si nos dan de comer.

- Si, habrá que ir pensando en eso.

- Hasta luego.

- Hasta luego.

Nuestro viejo se levanta, se despide y se va. El paso tarda, la espalda encorvada; su mano, ayer firme hoy agotada, se cierra sobre el puño del bastón.

( Tren va )

Syndicate content