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Sabado13treinta

La cama. Capítulo segundo.

LA CAMA

Un relato escrito por: Tomás Moreno y Sara Moreno

Capitulo II. Día 17.

Al morir Ramón Muntaner, próspero comerciante en telas, dejó a su viuda una modesta renta, proveniente del arriendo de unas tierras que, dedicadas al cultivo del arroz, poseía cerca de Sueca, unos pequeños ahorros y un enorme edificio de dos plantas, cercano a la lonja y al mercado central. Rosa, la viuda de Ramón, mujer animosa y emprendedora, resolvió abrir en aquella casa, por demás grande para ella sola, una modesta pensión. Tal que, distrayendo sus días, acrecieran sus caudales. Adquirió pues, en la citada tienda de ocasión, unos cuantos muebles, algunos cuadros, cortinas y diversos enseres, con los cuales amuebló y decoró, con pretendido gusto y evidente tacañería, las habitaciones y alcobas del segundo piso del inmueble.

Tan solo una excepción hizo Rosa en la parca inversión realizada en sus compras. No lo pudo evitar; apenas sus ojos vieron la espléndida cama, desmontada y parcialmente oculta por otros muebles, polvorienta, criando telarañas y esperando en su rincón, supo que debía comprarme. Inicié así mi andadura en la "Pensión Rosa".

Mis recuerdos de los primeros días de mi estancia en la pensión son tristes y confusos, andaba con el ánimo revuelto por pesimistas y encontrados sentimientos. Temerosa, aguardaba expectante los desconocidos acontecimientos que el futuro me reservaba.

Por suerte, el temor y la ansiedad primeros, mudaron más tarde, tras comprender qué era una pensión, en curiosidad y placer. Pues la pensión representaba para mí un gigantesco escaparate, por el cual yo, asomándome a las variopintas vidas de los huéspedes de Rosa, tomaba posesión y conciencia de un mundo sorprendente y fascinante; cuya existencia, hasta entonces, tan solo había intuido y sospechado.

Tras el instantáneo flechazo que Rosa experimentó al descubrirme en la tienda, pensó en reservarme para su uso personal. Pero más tarde llegó a la conclusión de aquello sería, poco menos, que traicionar la memoria del difunto, pues el decoro exigía seguir usando la cama que, hasta su muerte, compartieron.

Decidió entonces reservarme para huéspedes especiales. Para aquellos que merecieran, a su juicio, el detalle y el honor de yacer y dormir en la mejor cama de la pensión.

Como restos de olvidados naufragios empujados por las olas y arrojados a la playa, los huéspedes de Rosa llegaban, se instalaban por un tiempo, en ocasiones muy breve y a continuación marchaban.

Entre estos abundaban los viajantes de comercio. Algunos de ellos, colegas del difunto Ramón, representaban a las grandes fábricas textiles de Tarrasa y Mataró. Solían quedarse tres o cuatro días, el tiempo justo para visitar las tiendas y los sastres de la ciudad. Otros huespedes, en cambio, prolongaban su estancia por semanas, incluso meses; eran empleados desplazados, obreros de la construcción y gente de los pueblos del interior. Llegaban a la ciudad buscando un futuro mejor. También solían alojarse, por temporadas y en ocasiones, alguna que otra prostituta, de las que practicaban su oficio en el cercano barrio chino. Con estas últimas la patrona Rosa, mujer de gran corazón, pero muy corrida y avisada, solía tener un especial cuidado; pues no era extraño que, desapareciendo de improviso, dejaran sin pagar alguna que otra cuenta.

Cuando tal desgracia ocurría, la enfurecida patrona juraba y perjuraba, por la gloria del difunto, que jamás volvería a confiar en nadie, que una pobre viuda como ella no podía hospedar a la gente sin cobrar, que desde ese mismo instante pensaba cobrar a la gente por adelantado. Arremetía indignada contra el mundo en que vivimos, falto, según ella, de toda virtud o principio moral que mitigase la natural y perversa inclinación de las gentes al mal obrar. Las peroratas, encendidas y abundantes los primeros días, menguaban al cabo y desaparecían después; surgiendo con renovada fuerza, cuando algún nuevo agravio venía a turbar el ánimo y a menoscabar la hacienda de la viuda.

Las festivas y muy conocidas notas de "Paquito el Chocolatero", traen de vuelta mi atención a la falla y a todo el festivo bullicio que alegre la acompaña y nos rodea. La comisión fallera al completo, acompañada por la vocinglera banda, se dispone a participar en la ofrenda de flores a la Virgen. Las falleras, portando sus ramos de flores,se alinean siguiendo las órdenes y los gritos del presidente de la comisión.

Finalmente comienzan a desfilar con lentitud, dirigiéndose al punto de concentración que, previamente, les ha sido asignado.

Nerviosas, ilusionadas y contentas, las falleras desfilan con garbo al son de la marchosa música. Algunas incluso, dejando ir sus cuerpos, desfilan bailando a los sones del "Paquito...". La gente, ocupando las aceras, se paran y arremolinan viéndolas desfilar; comentan y critican todo lo que ven. El color de las telas de los trajes, el garbo de algunas al desfilar, el poco arte de otras; si las filas están muy juntas, mal; si están muy separadas, peor. Si la banda esto... si el presidente lo otro.... ¿Has visto el aderezo de esa y el vestido de aquella?.

Es la fiesta de la opinión popular. Las mismas fallas son cuidadosa y apasionadamente analizadas, diseccionadas, alabadas o criticadas. De este modo, el proceso de catarsis social que la fiesta de las fallas escenifica, con sus críticas y burlas, con la sátira que hace de usos y costumbres, de vicios y pecados, ve cerrado su circulo y encuentra su plena justificación, en esta apasionada interacción que, de forma un tanto mágica, se establece entre la falla y el público.

Pues el público, cuando mira la falla se reconoce. Reconoce y festeja como propias, aquellas costumbres que, criticándolas, la falla exhibe. Cuando reconoce en un "ninot" a un político, o a un famoso, lo hace con una sonrisa y con un sentimiento de cómplice camaradería; pues sabe que todos, en mayor o menor medida, somos "ninots" de falla, o podemos serlo.

Así, con su crítica, con su burla, en ocasiones feroz, la falla airea y saca a la luz todo aquello que debe ser mejorado, que debe ser corregido. Que será finalmente quemado en un gigantesco, festivo y simbólico auto de fe; propiciando que de las cenizas, como nuevo ave fenix, resurja un nuevo modo de obrar. Un nuevo hombre, una humanidad renovada, más justa y mejorada.

En esta linea, la fiesta de las fallas entroncaba y emparentaba con numerosas ceremonias, fiestas o sacrificios que la humanidad venía practicando y celebrando desde tiempos inmemoriales: ceremonias de muerte y renacimiento, fiestas sacro-políticas donde el rey-dios entronizado era posteriormente sacrificado, asegurando de este modo la supervivencia del reino. Sacrificios de expiación, donde los pecados de la comunidad, previamente transferidos a la victima propiciatoria, eran lavados por la sangre derramada con su muerte.

En estos aspectos de forma evidente y en otros de un modo sutil, la fiesta de las fallas, conectando con la esencia de los misterios órficos y dionisíacos que aún alientan en el alma antigua e inconsciente de la humanidad, canalizaba, de un modo lúdico y pacífico, oscuras pulsiones de muerte y destrucción, las cuales, lejos de haber muerto o desaparecido y tras quedar soterradas por los altos muros erigidos por la iglesia primero y por el estado científico-laico después, aguardaban impacientes el orgiástico momento de poder manifestarse.

Las falleras, con sus flores, con su banda y su comisión, se alejaban. Eran las primeras horas de la tarde y la fiesta andaba todavía como desperezándose. Todo el cortejo de tenderetes, puestos de buñuelos, de bebidas , de bocadillos y artículos de recuerdo cercanos, flanqueaban, escoltaban la falla, como centinelas tranquilos y silenciosos. Tan solo la música del cercano casal, con el volumen excesivamente alto como siempre, atronaba. La sagrada hora de la siesta reclamaba sus derechos; la gente transeúnte, escasa, iba y venia. Al pasar, con ojos distraídos y como al acaso, miraban la falla.

Ensimismada retorné gustosa a los recuerdos de la pensión. Desde hacia un buen rato un nombre, insistente, rondaba mi pensamiento.

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MIKE HANSEN

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En realidad se llamaba Miguel Reinal y vivió una larga temporada, algo más de seis años, en la habitación que yo amueblaba. Un armario ropero, que Miguel usaba en parte como librero, una mesa y un sillón, más un palanganero completo, con jofaina, jarra y toalla, completaban la decoración.

Miguel había sido maestro. Maestro de escuela; y ademas enamorado de su profesión. Tras la guerra civil, Miguel, que era hombre de izquierdas, vio como el nuevo gobierno, junto a inmensas multitudes en su misma situación, lo encarceló largo tiempo en distintos campos de concentración. Después vino el servicio militar. Obligatorio y tres años. Y tras la licencia, el paro y la miseria. Sus antecedentes políticos: sindicalista y de izquierdas, lo inhabilitaron, a juicio de los vencedores, para ejercer su amada profesión de docente. Se vio pues obligado, so pena de morir de hambre, al desempeño de los más variados y humildes oficios.

Trabajó en cualquier cosa que encontró. Fue peón caminero, y supo de las duras jornadas de sol a sol reparando carreteras y caminos. En una pequeña fundición, que suministraba ferralla para la construcción, encontró después acomodo. El trabajo era duro y peligroso. Las quemaduras, a causa de protecciones insuficientes e inadecuadas, solían ser pequeñas pero frecuentes. Fue por aquella época cuando apareció por la pensión. Favorablemente impresionada por su trato afable y su exquisita corrección, y advirtiendo en Miguel esa clase de calidad humana que solemos esperar de los grandes hombres, Rosa, la patrona, lo instaló en su mejor habitación.

Era un hombre, Miguel, de unos cuarenta y pocos años, moreno, delgado y no muy alto, su pelo raleaba y mostraba grandes entradas. Su expresión era seria y reconcentrada. En una maleta vieja y desvencijada llevaba todo su equipaje que, apenas entró en la habitación y con maniática pulcritud, fue ordenando y acomodando en el viejo armario. Un par de mudas, algunas camisas y pantalones, unos zapatos, no demasiado viejos y cuidadosamente envueltos en papel de periódico, además de unos cuantos libros escogidos que Miguel apreciaba casi tanto como a su vida: Crimen y Castigo, Los Hermanos Karamazov, Los Miserables y un Quijote, todos encuadernados en tela y tapa dura; y algunos libros baratos de la Colección Austral: Niebla y la Tía Tula de Unamuno, El rayo que no cesa, de Miguel Hernandez y algún otro de Antonio Machado.

Solía terminar las jornadas en la fundición con el cuerpo agotado y el espíritu embrutecido. Pues cada día más, la ausencia de sus libros de texto, de sus clases, de sus alumnos, lo hería en el más profundo centro de su ser. Maestro por vocación, Miguel sentía que aquel destierro de la docencia apagaba y sumía su espíritu y su intelecto en la más negra y terrible de las miserias.

Mitigaba su frustración y necesidad espiritual llevando un diario. En él anotaba, de vez en cuando, pensamientos y reflexiones que los hechos cotidianos le sugerían. Tomando un sesgo más literario, su escritura en ocasiones producía cuentos, relatos y alguna que otra poesía.

Un domingo, paseaba por la plaza Redonda rebuscando en los puestos de libros viejos. Como siempre, embebido en los títulos y calculando como invertir más provechosamente las pocas pesetas de que disponía, apenas reparaba en la gente que atestaba la plaza. Al poco, no obstante, se fijó en alguien que, muy cerca de él, ocupado hasta entonces en la búsqueda de títulos y con un par de libros en las manos, le miraba sorprendido exclamando:

—¡Hombre, Miguel! ¡Que alegría, cuanto tiempo sin vernos!

—¡Paco Gomez! ¡Vaya... menuda sorpresa!— exclamó también Miguel reconociendo a su interlocutor.

Paco y Miguel se conocieron, tras la guerra, en uno de los campos de concentración por los cuales pasaron. Los dos habían sido maestros y a los dos se les prohibió ejercer su profesión una vez finalizada la contienda, so pretexto de sus ideas republicanas y progresistas.

De esto último se enteró Miguel mientras apuraban un par de cañas y unas aceitunas en el cercano bar. —Así que a tí también te pusieron la cruz— comenta Miguel con evidente amargura. No obstante, decía a continuación, tienes muy buen aspecto. Parece que te van bien las cosas.

La conversación se desarrolla en una mesita de un rincón. El tono de voz tranquilo, sin gritos ni cuchicheos que puedan llamar la atención.

—Pues claro que me va bien— contesta Paco. —Trabajo escribiendo novelitas para una editorial. Hay que escribir a destajo, pero no pagan mal. ¿Y tu qué haces, a qué te dedicas?— pregunta a continuación.

Miguel le cuenta lo de la fundición, la dureza del trabajo. Tiene las manos encallecidas y llenas de pequeñas cicatrices de quemaduras. Paco pide dos cañas más y las paga; bebe en silencio mientras escucha a su amigo. Después los dos beben; no hablan de los tiempos, duros y difíciles, compartidos en el campo de concentración. Aquello es como la base, como el substrato donde ambos hunden sus raíces profundamente, pero es algo que se da tan por supuesto, algo tan evidente y sabido, tan obvio, que ni se nombra; tan subterráneo y escondido que, casi, casi, ni se piensa.

Entonces Paco le hace la propuesta. La increíble y asombrosa propuesta: —¿Por qué no escribes un par de de novelitas y las llevamos a la editorial?

En un principio Miguel reacciona con susto —No se si seré capaz— después con dudas —¿Tu crees que yo podría?— y finalmente con esperanza —¿Y dices que seguro que las publican y que pagan bastante bien?

Paco insiste. Le explica que la editorial está vendiendo mucho. Son novelitas de a duro. De vaqueros, de ciencia-ficción, de hazañas bélicas, incluso románticas. El mismo Miguel guarda en su casa, en el armario de la pensión donde vive, alguna de aquellas novelas. Casi todas de un género: la ciencia-ficción y de un autor: George H. White, que encuentra especialmente agradables e interesantes.

Su amigo le explica que todos aquellos nombres anglosajones no son más que seudónimos; que él mismo publica con el seudónimo de Peter Horn. Miguel reconoce el nombre, incluso cree haber leído alguna de sus novelas. Paco sigue argumentando, le asegura que un hombre con la cultura y la experiencia humana que él posee, no debe tener mayor problema en escribir aquellas novelitas de aventuras, tiros y fantasía.

Miguel se va dejando convencer; las dudas y temores iniciales desaparecen. Comienza entonces a interesarse por los aspectos técnicos: que cuantas páginas suelen tener, que cual es el estilo de lenguaje más apropiado, que si la censura... que si la editorial... Paco, contestando a sus preguntas con optimista seguridad, fortalecía la confianza que Miguel sentía crecer en su interior. Finalmente y tras contar Miguel que en la pensión, entre los papeles de su diario, tenia escritos algunos cuentos que, estirándolos un poco podrían convertirse en novelitas de ciencia-ficción, acordaron verse en aquel mismo bar dos semanas más tarde. En aquel tiempo, pensaba Miguel podría, robando algunas horas de sueño, escribir al menos una de las novelas.

Cuando transcurridas las dos semanas se encontraron como habían acordado en el bar, Miguel llevaba bajo el brazo un montón de cuartillas. Escritas a mano, pues ni máquina de escribir tenía, llenas de tachaduras, correcciones y algún que otro goterón de tinta. Con un sentimiento mezcla de orgullo y timidez se las mostró a Paco diciéndole —Bueno... pues aquí está; echale un vistazo y ya me dirás— Paco no contestó; pidió dos cervezas y, tras sentarse en la misma mesa que ocuparon la vez anterior, comenzó a leer. Miguel, intranquilo y nervioso, espiaba los gestos de Paco y fumaba, incansable, un cigarrillo tras otro mientras su amigo leía. Este, en ocasiones y dudando ante la enrevesada caligrafía preguntaba —¿Qué pone aquí?— Cuando hubo leído la última cuartilla se levantó y acercándose a la barra pidió otras dos cervezas. Las llevó él mismo a la mesa. Luego se acomodó en la silla, bebió un largo trago y se quedó mirando a Miguel en silencio. Este, nervioso preguntaba, exigía.

—Venga, dime algo ya, no me tengas en ascuas. ¿Crees que puede valer?, dame tu opinión.

Paco entonces, jugueteando con el botellín de cerveza se lo dijo —Sí, creo que sí les interesará a los de la editorial. Tiene defectos de novato, pero no está nada mal y seguro que la publican—. Miguel miraba, sonriente y como un poco ido, mientras Paco desgranaba, metódico y machacón, los pasos a seguir: Llevar el original corregido a la editorial, él lo acompañaría y presentaría. Despedirse de la fundición. Esto a Miguel le daba un poco de miedo. Pero él insistía. No puedes, le argumentaba Paco, trabajar por el día en la fundición, con agotadoras jornadas de diez horas y luego por la noche, en vez de dormir, escribir. Hay que quemar las naves, repetía. Comprar una máquina de escribir; esto es fundamental, machacaba; ya nadie escribe a mano. Y a ponerse a escribir.

Miguel, venciendo sus dudas, le hizo caso. Despidióse de la fundición, compró una destartalada y vieja máquina de escribir que encontró en una tienda de ocasión y, tras firmar un contrato con la editorial, un tanto leonino, pero que a él le pareció el mejor de los contratos, se dedicó a tiempo completo al oficio de escritor. Adoptó el seudónimo de Mike Hansen y se convirtió en novelista.

Siguiendo los consejos de Paco, adquirió la costumbre de escribir en horarios regulares. "Cógelo como si estuvieses todavía en la fundición" decía. Y así lo hacia. Se levantaba a las ocho y, una vez desayunado, escribía de corrido un par de horas, tras las cuales, bajaba a la calle y acercándose al cercano mercado central, solía almorzar los suculentos bocadillos que preparaban en el bar del mercado. Unos días tortilla de patata, con el pan bien untado con el sustancioso ajo-aceite, otras especialidades de la casa eran los calamares rebozados, o un "blanco y negro" con guarnición de pimientos fritos, todo bien regado con cerveza en verano o con un vaso de vino tinto en invierno. A las once, volvía a la pensión y escribía otras dos horas. La hora de la comida, que solía hacer desde que no trabajaba en la fundición, en el comedor que Rosa atendía en la planta baja de la pensión, interrumpía momentáneamente su labor.

Tras la comida, solía dar largos paseos, pues pensaba que tantas horas sentado, sin más trabajo que darle a las teclas no debía ser muy sano. A las cuatro de la tarde estaba ya en su habitación escribiendo durante otras tres o cuatro horas. Así, con alguna dificultad primero y con mayor facilidad después, las novelas iban saliendo. Y como Paco le asegurara, las publicaban todas y no pagaban mal.

Su vida inició así una época de evidente prosperidad, tanto económica, como física y espiritual. No obstante y a pesar de la evidente mejoría que el cambio de actividad supuso, Miguel seguía sintiendo una extraña sensación de vacío. Su antigua profesión de maestro dejaba un hueco en su alma imposible de llenar.

Incluso ahora, con más tiempo para pensar y recordar, sentía, de un modo lúcido y despegado, que su vida estaba siendo desperdiciada. Que sus mejores talentos no serian jamás usados. Esta certeza y el sentimiento de frustración y rabia que su exclusión de la docencia le provocaban, fueron creando poso. Dejaron huella. Su carácter, que siempre había sido animoso y entregado a sus ideales, fue agriándose y transformándose en pequeños egoísmos y mezquindades, por completo impropios de su habitual forma de ser.

Soñaba, en ocasiones despierto, que algún fantástico acontecimiento, surgiendo inexplicable y misterioso, con la inevitable fatalidad del destino, aguardaba escondido en los intrincados meandros del futuro, para de algún modo, vindicar y restituir todo aquello que, tras la guerra, le había sido arrebatado. Algún día, pensaba, algún día esto tiene que cambiar.

Pero un buen día, Miguel repara incrédulo en lo que está haciendo. Se dice a si mismo que en sus manos tiene un poderoso instrumento de cambio : sus escritos, sus novelas.

Hasta ese momento han sido escritas con la única intención y finalidad de obtener unos ingresos. Pero piensa que esto tiene que cambiar. Decide especializarse en novelas de ciencia-ficción. Encuentra que este género, con la posibilidad de situar fantásticas civilizaciones en remotos futuros, se adapta de un modo especial al proyecto que planea. Así, comienza a escribir y publicar, bajo el ropaje y el disfraz de una extraordinaria saga de aventuras interplanetarias, todas aquellas creencias, todos aquellos ideales que, bajo la opresión de la dictadura debían acallarse y permanecer ocultos.

Explicaba como unos alienígenas invasores habían derrotado y esclavizado a la humanidad por la fuerza de sus superiores armas. Relataba la huida de un pequeño grupo de exiliados, los cuales, tras refugiarse en un lejano mundo, aguardaban impacientes el momento de retornar y, derrotando a sus enemigos, tomar posesión de nuevo de su tierra. Describía, con fervoroso entusiasmo, la utópica sociedad que dichos exiliados construían mientras aguardaban el regreso: abolían la propiedad privada de los medios de producción industrial, tan solo aquellos enseres de uso personal se consideraban susceptibles de caer bajo el arbitrio de la propiedad privada. El dinero no existía, la gente trabajaba por convencimiento personal y para contribuir al bien común. Cuando alguien necesitaba algo, simplemente iba al establecimiento adecuado y lo tomaba. La enseñanza, asistida por novísimos métodos y fantásticas tecnologías era el crisol que forjaba los nuevos ciudadanos que aquella sociedad demandaba.

Pues en sus novelas Miguel estaba construyendo la sociedad comunista perfecta. La tecnología más avanzada, utilizada de modo que la riqueza generada revirtiera en el conjunto de la sociedad y no solo en el enriquecimiento de unos pocos, liberaba de la esclavitud del trabajo: unas pocas horas semanales bastaban y sobraban. El tiempo dedicado al ocio, comenzó a ser significativamente mayor que el dedicado al trabajo. Con lo cual las actividades lúdicas, deportivas, culturales y recreativas de todo tipo hacían que el viejo sueño de la humanidad de regresar al paraíso, fuera al fin, posible.

De este modo fue, que Miguel encontró su triunfo, su revancha, la justificación y el sentido de su vida. Todas las injusticias soportadas tras el final de la contienda, toda la amargura, la humillación y la rabia acumuladas durante los años de encierro y exclusión social, reflejándose en sus escritos, dotaban a estos de un sentido de veracidad y pasión que los hacía especialmente atractivos. Sus novelas se vendían. Numerosos lectores esperaban impacientes la aparición de sus próximas entregas, pues el universo en ellas descrito, utópico y desmesurado, conectaba de un modo épico y grandilocuente con aquellos ideales que, reprimidos por el régimen, aguardaban escondidos esperando su momento. Incubando su eclosión.

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Los recuerdos de aquella época, cuando Mike Hansen transformó en triunfo la derrota de Miguel Reinal, me llegan fragmentados y un tanto confusos. Las ordenadas costumbres y los rígidos horarios que Miguel llevaba años manteniendo fueron diluyéndose y aun desapareciendo. Su seudónimo, Mike Hansen, pronto fue conocido y altamente valorado en los círculos de aficionados a la ciencia-ficción y sus novelas, al igual que ocurrió con otros fenómenos literarios, como Marcial Lafuente Estefania o Corín Tellado, leídas por millones de lectores. Miguel, al socaire de su triunfo, amplió exponencialmente su, hasta entonces, reducido número de amistades.

Comenzó a salir y a pasar noches, y aun días, sin dormir en la pensión. Sus novelas, que ya andaban reeditándose, apenas ocupaban su tiempo. Escribía, en cambio, muchas poesías que, arrugadas con impaciente nervio, solían acabar en la rebosante papelera. Otras en cambio, quizás mejor acabadas o más conseguidas y mereciendo su aprobación ocupaban su hueco en la gran carpeta que Miguel guardaba en el armario.

Miguel estaba enamorado. Había conocido a una mujer con la cual andaba saliendo. Y aunque ya era hombre maduro (o quizás por serlo) se mostraba en un continuo estado de nerviosa excitación y juvenil entusiasmo.

Los ecos de aquellas poesías, que Miguel, con voz profunda y sentida recitaba y declamaba, aun resuenan imborrables entre los muros de la pensión.

El reino del silencio

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Hoy ha muerto la palabra,
es el triunfo de la noche, de la nada.

Alzaré mis manos, vacías manos de hombre
rebosantes de silencios y andaré,
palmo a palmo, los vacíos caminos del desierto.

Y lloraré, con mis torpes lágrimas lloraré
la muerte del ensueño.

El fracaso de la vida,
el triunfo del deseo, del ciego, oscuro y necesario
deseo.

Alzaré mis manos, torpes y frías manos de hombre
rebosantes de lujuria y amasaré,
curva a curva, el barro de tu cuerpo.

Será como beber, sediento,
las aguas de tu alma.

Como andar juntos el sendero
del amor y la esperanza.

El triunfo.

El trofeo.

El fin de la palabra.

El reino del silencio.

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Finálmente, todo aquel nerviosismo, todo aquel sin vivir, terminó, como suele ocurrir en los cuentos, en boda.

Miguel y Angela se conocieron una noche en Mocambo, una sala de fiestas que, en un rincón cercano al ayuntamiento, abría sus puertas. El local, una especie de híbrido entre cabaret, dancing y barra americana, era uno de los puntos fuertes de la noche golfa valenciana.

Nuestro escritor, que como ya os mencioné anteriormente, con el ánimo y la cartera notablemente fortalecidas por el éxito, había emprendido una especie de "tour de force" tendente a recuperar el tiempo perdido, solía todos los sábados presentarse con un nutrido grupo de amigos. Aplicaba en sus correrías nocturnas la misma disciplina y seriedad que siempre caracterizaron su vida. Pedía siempre el mismo coñac, le gustaba sentarse en el mismo rincón y, con los amigos, solía conversar de los mismos temas: política y mujeres, mujeres y política.

Angela llegó procedente de Madrid. Era la protagonista de un número de baile que finalizaba, desnudo integral incluido, en algo que recordaba la famosa danza de los siete velos. Como todas las chicas que trabajaban la noche, utilizaba un exótico seudónimo que Miguel jamás recordaba.

Ya en la primera noche y apenas mirarla, Miguel sintió en la boca del estómago algo extraño y desconocido. Cuando Angela bailó y tras el apoteosis final de carne desnuda, entrevista apenas por el deslumbrante estallido de las luces de colores, Miguel se apresuró a invitarla a tomar champan, invitación que, cómo no, fue aceptada por Angela.

Allí y en aquel momento comenzaron su relación. Y aunque al principio parecía desequilibrada y sin futuro, por las diferencias de edad y de carácter, no tardó en consolidarse.

El contraste entre Miguel, con casi cincuenta años pero sin experiencia en temas de amor y Angela, veinte años más joven, pero muy experta en la vida, no hizo más que acentuar aquellas características que, desde un principio, arrojaron a uno en los brazos del otro.

Angela sentía que jamás hombre alguno la trató con el respeto, deferencia y amoroso mimo con el que Miguel la trataba. Estaba acostumbrada a levantar pasiones y encender deseos, pero no al caballeroso y educado respeto de Miguel. Este por su parte, influido por sus ideas progresistas y por su escasa experiencia en el trato con mujeres, miraba a Angela y no veía una cabaretera de dudosa moralidad, sino una mujer joven y bella que, libre y rebelde y sin aceptar las convenciones morales al uso, vivía su vida como mejor le apetecía.

Una corriente de mutua estima y aun admiración, pronto surgió entre los dos y las noches, compartidas tras el cierre del local, fueron pronto cotidianas.

Algún tiempo después y a pesar del escándalo de algunos amigos de Miguel, decidieron casarse. Ante la imposibilidad, por la prohibición del régimen, de contraer tan solo matrimonio civil, que era lo que mejor cuadraba con las ideas de ambos, consintieron en casarse por la iglesia.

Compraron una casa con jardín en un pueblo de los alrededores de Valencia y Miguel dejó la pensión, saliendo así de mi vida.

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La tarde había caído y ya era noche cerrada. Con la noche, el pulso de la fiesta retornaba, y el volumen de gente que atestaba las calles y los chiringuitos de alrededor de la falla aumentaba por momentos. Todo bullía en una frenética, caótica y ruidosa actividad. El aire olía a pólvora y al aceite requemado de los churros y buñuelos.

La comisión fallera, cumplida ya la tradición de la ofrenda, reponía fuerzas, en el cercano casal, comiendo y bebiendo con pantagruélica fruición las tradicionales fritangas.

Un grupito de falleras muy jóvenes, niñas en realidad, bailaban y saltaban muy cerquita del casal. Exprimían incansables, con la intensidad y plenitud que solo dan los pocos años cada momento de fiesta, cada nota de música, cada instante que vivían. Transformaban en gozo y felicidad todo aquello que tocaban, todo aquello que miraban, todo aquello que sentían, por banal, cotidiano e intrascendente que pareciese.

Mirándolas, recordé con pena y nostalgia otras fallas y a una niña, un poco mayor que ellas, que conocí en mis primeros días en la pensión. Se llamaba Laura y apenas tenía catorce años.

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LAURA

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El dolor que atravesó su diminuto cuerpo, como si fuese una descarga eléctrica, pareció coincidir en tiempo e intensidad con la mascletá que disparaban en la cercana falla del mercado central. Iniciándose en la parte baja del abultado abdomen y alcanzándola hasta casi la punta de los pies.

!Día de San José y pariendo¡ Además, Laura jamás imaginó que aquello fuese así; claro, en ocasiones había escuchado a las mujeres hablar del momento del alumbramiento y de los dolores que permitían ensanchar para dar paso al bebé. Pero ni en sus peores pesadillas hubiera imaginado aquello; aquel dolor era, sencillamente insoportable. Era como si la estuviesen matando desde dentro. Menos mal que los dolores eran espaciados y, de momento, le iban dando algún respiro.

Parecía que esta contracción ya pasaba y el dolor, diluyéndose, se hacía soportable. Llevaba horas aguantando y por miedo a molestar, en silencio. Hasta que, hacía poco más de una hora, una contracción especialmente dolorosa la forzó a lanzar un angustioso gemido. Cómo no, al poco se había presentado su casera la señora Rosa.

Rosa era la dueña de la pensión. De la primera pensión que había encontrado cuando marchó de casa. Desde el primer instante, surgió entre ellas dos una especial complicidad y un clima de confianza que Laura jamás con nadie había conocido. Ello hizo que pudiera contarle como había sido engañada y utilizada por Ignácio. El chico era el hijo mayor de la señora de la casa, donde sus padres hacía ya algún tiempo, la enviaron a servir.

Cuando la señora se enteró de lo que había, la echó con cajas destempladas, acusándola de querer engatusar a su precioso Ignácio. Pero él juraba que me quería y prometió que nos casaríamos, pensó, mientras un nuevo latigazo de dolor atravesaba su cuerpo. Lo peor de aquello no fue descubrir el engaño de Ignácio, no. Lo peor fue comprobar como sus padres, en aquella hora amarga y cuando más los necesitaba, no la apoyaban en absoluto. Todo lo contrario. La trataron como a una mujer de mala vida. No quisieron escuchar como Ignácio la engañó y la echaron de su propia casa.

No apreciaba mucho a sus padres, pues desde siempre la trataron con dureza y desprecios. Pero aquella casa era el único hogar que conocía; no sabía como podría salir adelante. Conocer a Rosa fue un verdadero milagro.

Llevaba viviendo allí unos seis meses y Rosa la trataba como a una hija. La cobijó en su casa y le dio una de sus mejores habitaciones. Recordaba perfectamente aquel día y lo que sintió cuando Rosa le mostró la que dijo: esta será tu habitación.

Era una habitación preciosa, grande y muy luminosa; con un vistazo abarcó el mobiliario: una cómoda situada bajo el gran ventanal, un armario de tres puertas y... un tanto impresionada se quedó callada contemplando la cama. Era una cama magnífica, con un cabezal completamente labrado y repleto de molduras. Desde aquel primer vistazo se enamoró por completo de aquella cama. Solía seguir con los dedos sus dibujos, encontrando al hacerlo una especie de hipnótica y relajante sensación que apaciguaba sus temores. En ocasiones, cuando se acostaba en ella, acurrucada entre las sábanas lloraba, dejando pasar la noche. Pero... !Cosa extraña¡ sus lágrimas, lejos de tener el sabor de la amargura, eran bálsamo para su alma. Una sensación de bienestar la embargaba. Sentía como si aquella cama la abrazara con amor. Allí estaba en paz consigo misma. Jamás se había sentido mejor ni más protegida que cuando yacía en aquella cama. Encontraba extraño que la mejor habitación de la pensión estuviera desocupada (pues la pensión estaba al completo y cada día acudía gente preguntando por habitaciones) pero, si preguntaba a Rosa, la miraba sonriendo y con aire misterioso respondía que no quería que cualquiera la usara, que aquella habitación y aquella cama estaban reservadas para gente especial.

Pero ya parecía que, otra vez, el dolor se acercaba. Como siempre, comenzaba en la parte baja del vientre. Fue subiendo en intensidad, cada vez sintiendo más y más dolor. Un angustiado gemido escapó de sus resecos labios.

—Tranquila muchacha, la comadrona ya tiene que estar al caer, no creo que pueda tardar mucho. Tu tranquilizate e intenta no empujar— aconsejaba Rosa.

—!Oh¡ Cuanto, cuanto agradezco todo lo que está haciendo usted por mi, pero el dolor es insoportable— le contestaba Laura entre gemido y gemido.

Pues ya no podía reprimir las ganas de empujar. Por mucho que se retorciera no había manera de aliviar el dolor. Las sábanas le estaban irritando la sudorosa piel y no encontraba la postura en la cual sentirse algo cómoda. Llevaba allí tumbada más de diez horas. Desde el momento que comenzaron los dolores. Estaba ya completamente agotada. El hecho de no poder levantarse la estaba matando.

Otro dolor le atravesó el cuerpo. ¡Joder! los dolores eran más y más seguidos; y cada vez, si aquello podía ser cierto, más y más dolorosos. Esta vez, el grito que salió de su garganta fue su único alivio. Rosa levantó las sábanas y miró por si el bebé ya salía.

—Me parece que ya está aquí— anunció con voz temerosa. —Tendré que ayudarte yo a traer a esta criatura al mundo, puede que la comadrona, después de todo, no llegue a tiempo.

—Está bien— contestó Laura, con un suspiro resignado.

La siguiente hora fue la peor que había pasado en toda su vida. Un dolor insoportable se había instalado en su vientre, apenas podía escuchar lo que Rosa le decía. Tan solo que, en cada contracción, tenía que empujar; pero, al fin, las fuerzas la abandonaron y se desvaneció.

Algo más tarde y recobrando la lucidez comprendió que ya no estaba a solas con Rosa. Una mujer mucho mayor la acompañaba. Tenía el pelo casi completamente gris y la cara llena de arrugas, sus ojos, repletos de sabiduría, observaban atentos a Laura. Una gran sonrisa iluminó su cara al comprender que estaba despierta y la miraba.

—Ánimo chiquilla, que ya estoy aquí. Este bebé caprichoso ha decidido venir al mundo en mala postura, por lo que necesito que, cuando yo te lo diga, empujes con todas tus fuerzas para que pueda salir.

Laura no tenía fuerzas para contestarle, por lo que, sin ganas apenas, le dedicó una sonrisa trémula.

—Venga, ánimo, que esto ya está acabando. Mira súbete ahora aquí y en un momento tendrás a tu hijo en brazos.

No se había dado cuenta de ello, pero al lado de la cama y apoyada en la pared, se encontraba una tabla de planchar. Entre Rosa y la partera, la cruzaron en la cama y ayudaron a Laura a sentarse sobre ella; sobre la cama colocaron una silla bajita, con las patas hacia arriba y el respaldo vuelto hacia Laura, de modo que pudiera apoyar la espalda. También pasaron una frazada entre los barrotes de las patas de la silla, que Laura aferró, con manos crispadas, intentando hacer fuerza. La verdad es, que Laura se encontraba completamente agotada. El dolor, que seguía torturando su cuerpo, no dejaba que se hiciera cargo de la situación. En lo único que podía pensar en aquellos instantes era en que, de una vez, acabara todo; que le sacaran el bebé que le estaba haciendo pasar aquel calvario y que la dejaran dormir, tranquila en su cama.

—¡Ahora Laura! Cuando yo te lo diga tienes que empujar con todas tus fuerzas...

—¡Ahora Laura! ¡Empuja ahora! ¡Fuerte, empujaaaa...!

Laura, estimulada por los gritos de la partera y reuniendo sus ya escasas fuerzas, hizo lo que le pedían. Pero el dolor iba más allá de lo imaginable. Era como si el bebé la estuviera partiendo en dos. Con un fuerte grito, dio el último empujón. Aquel que le hizo sentir un gran alivio, notar como el dolor, poco a poco, se iba y la hundía en una creciente oscuridad.

Tres horas más tarde, Laura abría nuevamente los ojos. Estaba muy confundida, pues no recordaba los últimos momentos del parto. Instintivamente su mano se posó sobre su vientre. Aun estaba ligeramente abultado, pero sabía que ninguna vida alentaba ya en su interior. No volvería a sentir las insistentes patadas que su bebé le daba todas las noches, ni la sensación de satisfacción que la embargaba al pensar en el milagro de llevar un hijo en su interior.

Incorporándose ligeramente miró a su alrededor. Nada indicaba que en aquella habitación se hubiera producido el milagro de la vida. Todo seguía exactamente como esa misma mañana. Intentó sentarse en la cama, pero un terrible pinchazo en el bajo vientre hizo que volviera a caer de espaldas. ¿Por qué estaba tan débil? se preguntó asustada. Sabía de mujeres que, a las pocas horas de traer al mundo a sus hijos, ya estaban levantadas y ocupándose de sus cosas y de la casa.

¿Qué le pasaba a ella? ¿Y donde estaba su hijo?

Allí, tumbada en la cama y con un gran nudo en la garganta, se dedicó a seguir con la mirada los dibujos del cabezal. De aquella que sentía su cama. Esta tarea siempre le aportaba paz y su mente se relajaba. Era como rezar una oración, como cantar una letanía muy intima y personal, que tan solo ella escuchaba.

En esta ocasión, el practicar su ejercicio favorito, la ayudó a recordar parte de la última conversación que mantuvieron Rosa y la comadrona.

—La criatura no ha podido superar el parto. Venia completamente de nalgas y tanto rato sufriendo es más de lo que cualquier bebé puede soportar. Aunque si hubiera llegado antes, no se...

Rosa, moviendo su cabeza con gesto serio y compungido, asentía.

—Lo entiendo. Se que en estas condiciones pocos bebés nacen vivos. Es una pena. ¿Y Laura? ¿Cómo se encuentra?

—La chiquilla ha perdido mucha sangre. Y la hemorragia todavía no ha cesado. No creo que sobreviva.

—Pobre Laura, con apenas catorce años ha pasado por lo que ninguna mujer debería pasar. ¿Sufrirá?

—No lo creo. De todas formas, añádele en el agua unas gotas de láudano. Eso la ayudara a dormir y le quitará el dolor. Yo no puedo hacer más por ella. Es joven, quizás se recupere... quien sabe.

Las lágrimas que, surcando la cara de Laura anegaban sus ojos, ya no dejaban que se concentrara en los hermosos dibujos del cabezal y, por consiguiente, no podía recordar el resto de la conversación. Pero ya le daba igual.

Tan solo podía pensar en una cosa: en su pobre bebé y en que ni siquiera lo había estrechado entre sus brazos. Las lágrimas dieron paso a los sollozos. Unos sollozos que, saliendo de lo más profundo de su alma, la desgarraban. Acabó rindiéndose al cansancio de su cuerpo y aun derramando lágrimas, dejó que la oscuridad la llevara a ese pozo sin retorno. A ese mundo donde ya no sentiría nada y se reencontraría con su adorado bebé.

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Después de aquello, Rosa ordenó trasladar la cama a una de las habitaciones interiores. La cama y la habitación quedaron vacías por largo tiempo. Fue algo así como expiar un pecado. Como esconder algo indigno, feo , o quizás monstruoso.

A pesar del ostracismo a que me vi condenada, o quizá gracias a ello, tuve algún tiempo después la oportunidad de conocer a dos personas que, a pesar de no estar alojadas en la habitación donde Rosa me arrumbó, me conocieron, apreciaron y llegaron a entablar una relación conmigo y entre ellos. Se llamaban Elena y Luis y cuando yo los conocí eran poco más que dos niños.

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HELENA Y LUIS

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Sus risas inundaban hasta el más recóndito lugar de aquella hermosa posada. A todos los huéspedes del hostal les encantaba contemplarlos. No se explicaban cómo aquel par de niños de apenas doce o trece años podían, tan solo con estar juntos, contagiar con su alegría a todo aquel que los mirara. El caso es que lo hacían.

Allá donde estuvieran no había nadie que, al mirarlos, no compartiera cómplice la alegría y felicidad que en su inocencia desprendían.

Rosa aun recordaba el momento exacto en que ellos dos se conocieron, hacía ya poco más de un año. Helena llevaba allí unos seis meses y aquel día se encontraba sola y aburrida. Se hospedaba en la pensión con su madre que era viuda. Ello la obligaba a trabajar demasiadas horas y Helena pasaba gran parte de aquel tiempo aburrida y sola.

Fue una mañana de domingo cuando el señor Rodriguez apareció en la posada junto a su hijo. Se quedarían una temporada, dijeron; dependía de como resolvieran algunos asuntos de trabajo. Rosa asentía mientras anotaba diligente en el registro de huéspedes los nombres de los nuevos inquilinos: D. Luis Rodriguez y Luis Rodriguez, hijo. Era este un joven alto, delgado y bastante guapo. Tenía un curioso aspecto de tristeza y desamparo y lo miraba todo con aquellos ojos azules, tan profundos y tan desconfiados. Ese día no reparó en la joven que, desde un rincón de la sala, observaba sin perder detalle. Pero Rosa se percató de todo. Sobre todo del brillo de ilusión que surgió en los ojos de Helena. Esa misma tarde se produjo el encuentro.

—Hola. ¿Cómo te llamas?— preguntaba confiada Helena.

—¿Yo?— contestaba huraño Luis. —¿Quien eres tu? ¿Y por qué quieres saberlo?

—Me llamo Helena y solamente quería saber si te apetece jugar conmigo— contestó Helena un tanto intimidada por el tono brusco y poco amistoso de Luis.

—Mi madre está trabajando y como ahora no hay escuela, pues me paso todo el día sola y me aburro mucho y...

—Luis, me llamo Luis— la interrumpió el chico, un tanto avergonzado y desarmado por la sencilla franqueza de Helena. Tras un instante de duda y sintiendo, él también, la necesidad de compañía, concedió cauteloso: bueno...y ¿A qué quieres jugar?

Desde esa misma tarde Helena y Luis se convirtieron en inseparables. Cuando querías saber donde andaba uno, no tenías más que buscar al otro. Como si se hubiesen criado juntos. Disfrutaban de esa clase de confianza y complicidad que suelen caracterizar a las almas gemelas. Habían nacido para encontrarse.

Les encantaba jugar al escondite por la pensión. Uno se escondía y el otro lo buscaba. Claro, enseguida se encontraban, pues ya conocían todos los rincones de la casa. Uno de sus escondites favoritos era aquella habitación. La que llevaba tanto tiempo desocupada. Se decía que en ella había muerto una persona y que, por ese motivo, Rosa no la alquilaba. Pero a ellos todos aquellos chismes no les importaban. Por el contrario, en aquella habitación, habían descubierto su refugio, el lugar donde esconderse del mundo. Un lugar donde daban rienda suelta a todos los sentimientos, a todas las emociones que , día tras día, habían ido surgiendo y creciendo entre los dos.

Era una habitación grande y sencilla, sin lujos como todas las de la casa. Lo único que destacaba en ella era la impresionante cama que, en la pared contigua a la puerta, lucía majestuosa.

Solían dejar pasar las horas tumbados en ella. Hablando y hablando. De tonterías y fantasías, de sus sueños e ilusiones. De sus temores.

—Helena, cuando seamos mayores, iremos a la iglesia y nos casaremos. Así nadie nos podrá separar nunca.

—¡Ay Luis! sabes que ese es mi sueño, pero... ¿Cómo lo conseguiremos? Dices que tu padre ya te ha comentado que pronto os marchareis. Y mi madre no hace más que decirme que ya no tengo edad para andar todo el día jugando. Que ya va siendo hora de buscarme un trabajo—. Helena, con gesto serio, preocupado y un tanto coqueto, desgrana una por una sus cuitas; Luis la mira embelesado y calla.

—¿Qué haremos si nos separan? ¿Qué haré yo si no te veo más? El corazón se me romperá en mil trocitos y nunca volveré a querer a nadie— protesta convencida, mientras dos gruesas lágrimas caen amargas por sus lindas mejillas.

—No te pongas triste Helena, yo solo quiero verte reír. ¿Recuerdas el día que nos conocimos, lo asustado y receloso que estaba?— comentó Luis en tono irónico y con una gran sonrisa en su cara.

Helena comenzó a reír. Las lágrimas se mezclaban con las risas. Al poco, se convirtieron en francas carcajadas.

—Sí claro. Cómo lo voy a olvidar. Mirándome con aquella cara que ponías, tan desconfiada y huraña, que en el fondo casi hasta daba risa. ¡Me alegré tanto de tener compañía y de que quisieras ser mi amigo!.

—¿Quién podría negarse con tu encantadora sonrisa? Sabes que, desde el primer momento en que nos vimos, siempre has hecho de mí lo que has querido. Desde ese primer momento mi corazón te pertenece para siempre. Ahora dejemos de preocuparnos y disfrutemos estando juntos.

Luis concluyó la conversación con un dulce beso en los labios de Helena. Ya había besado esos labios en anteriores ocasiones, pero siempre se maravillaba por lo dulces y suaves que eran. Sentía al hacerlo que estaba en el paraíso y una sensación de incomparable plenitud se instalaba en el centro de su corazón. En esos momentos, Luis se prometió que jamás perdería a Helena. Se prometió hacer todo aquello que fuese necesario para que, en el futuro, pudieran casarse y estar juntos.

Mientras Luis besando a Helena se abandonaba y olvidaba, esta, mujer al fin, se preguntaba qué les tendría reservado el futuro. Su mente inquieta cavilaba, elegía y descartaba opciones, intrigaba y urdía con el fin de conseguir lo que los dos anhelaban: estar juntos. Que no los separasen.

Al fin y al cabo, pensaban, no hacían ningún daño a nadie; no eran mas que dos niños enamorados. Mientras tanto atesoraban, con afán de ávaro, cada minuto y cada instante que, hambrientos y encelados, compartían.

Dos días más tarde estaban, como tantas otras veces, tumbados en la gran cama que era, al tiempo, espectadora silenciosa de su amor y el único refugio que tenían. Luis estaba mucho más callado y serio que de costumbre. Una atmósfera espesa y triste los envolvía. Helena, intranquila y presagiando funestas noticias, abrazaba con fuerza a Luis. En su garganta notaba un nudo doloroso y amargo.

—Mañana por la mañana nos vamos de la pensión. Nos vamos a Madrid.

Las palabras de Luis fueron un susurro, pero llegaron a Helena con la fuerza de trompetas; mejor cañones, pues rompieron su corazón en mil pedazos, desmoronándola en un mar de lágrimas. Sabía que, con la marcha de Luis, su mundo se hundía sin remedio. Se venía abajo como un castillo de naipes. Su futuro se conformaría a lo que su madre quería: entrar a servir en cualquier casa de ricos y no esperar nada más de la vida.

—No llores Helena. Espérame algunos años, cuando sea un poco mayor ya podremos casarnos. Tienes que prometerme que me esperaras. Mientras tanto, yo trabajaré y me labraré un futuro para los dos. ¿Qué dices Helena? ¿Me esperaras, verdad?

—Si, pues claro que te esperaré— las lágrimas entrecortaban sus palabras —Te esperaré todo el tiempo que haga falta. Ahora, por favor, besame.

Abrazándola fuertemente, Luis besó con ternura y mimo a Helena. Sus besos fueron, en principio, suaves y delicados. Pero, poco a poco, mudaron en desesperados y exigentes. Sus labios y su lengua oprimían voraces los de Helena. Quería, con posesivo afán, grabar a fuego su olor, su sabor. Quería que aquel momento permaneciera indeleble y eterno en sus memorias. Con una mano y aflojando su abrazo acarició con torpeza los delgados brazos de Helena. Después, con miedo y timidez, se acercó a sus tiernos pechos. Aún no eran totalmente maduros, pero prometían ser generosos. Se los acarició con una mezcla de ingenua rudeza y temerosa ternura. Intentaba asimilar y comprender todo el torrente de desconocidas sensaciones que inundaban su espíritu en aquellos momentos.

Jamás había experimentado la pasión. Estaba enamorado de Helena, se habían besado en otras ocasiones; pero sin sentir la desesperada necesidad de hacerla suya que ahora lo abrumaba. De demostrarle que él era suyo. De fundir sus cuerpos en uno solo, incluso más que sus cuerpos, fundir sus almas y ser solo uno.

Helena era mantequilla entre los brazos de Luis. Siempre le gustó que la besara; pero hoy devolvía los besos con pasión y un punto de ferocidad y cuando él posó su mano en sus pechos supo que era allí donde tenía que estar. No era malo, ni vergonzoso, ni estaba fuera de lugar. Era lo normal; pues tanto ella , como su cuerpo, eran y habían sido siempre de Luis y para Luis.

Estaban tan embebidos el uno en el otro, tan aislados de la realidad que no oyeron los gritos que los llamaban, ni escucharon el chirrido de la puerta abriéndose. Solo repararon en que algo sucedía cuando unos brazos los separaron de golpe.

—¿Me podéis explicar qué está pasando aquí?— la voz de la madre de Helena sonaba escandalizada.

—¡Mamá! ¡No es lo que te crees! Solamente nos estamos besando.

—¿Besando? ¿Y que crees que viene después de eso? Eres una desvergonzada.

Una gran bofetada impactó rotunda en su cara. Helena, desconsolada, veía sus peores presagios cumplidos y su mundo roto en mil pedazos por la irrupción de su madre. En estas, un encolerizado D. Luis, agarró por el brazo a su hijo y, poco menos que a rastras se lo estaba llevando. Sus ojos se encontraron por un instante, tristes y acobardados.

No volvieron a verse. Al día siguiente se enteró que, esa misma noche, Luis y su padre habían abandonado la pensión.

Algunos años más tarde Helena hacía su vida. No había entrado a servir en alguna casa rica, como pretendía su madre. Trabajaba en un pequeño taller de costura que había por la zona de las Torres de Cuart. Su madre y ella misma seguían viviendo en la pensión. Seguir en la posada hacía que, el recuerdo de Luis, permaneciera fresco y poderoso en su memoria. Aunque no supo más de él, no lo olvidaba.

Siempre que tenía ocasión se escabullía hasta aquella habitación y ensimismada y un tanto ida se sentaba en la cama, aquella cama en la cual sentía que estaba su historia grabada. Allí, con obsesiva tristeza, revivía los días pasados, una y otra vez , una y otra vez...

Un día, cuando salía para el trabajo la señora Rosa, con aire misterioso, la llamó en un aparte.

—Helena, cariño, ven que quiero hablar contigo.

—Dígame Doña Rosa... ¿Qué pasa?

—Pues verás— le dijo Rosa, un tanto nerviosa y sacando un sobre del delantal. —Esto ha llegado para ti. Es una carta de Luis.

—¿Luis?— el corazón de Helena latía desbocado en su pecho. Casi no podía respirar y las lágrimas inundaron sus ojos.

—Sí mi niña, es de tu adorado Luis, parece que no te ha olvidado— y con una sonrisa cómplice Rosa le alargó el blanco sobre.

Helena, con manos temblorosas, cogió el sobre que Rosa le ofrecía. Dio media vuelta sin saber muy bien que hacer y con el sobre cerrado en las manos sus pasos, inconscientes, la llevaron hasta la habitación y hasta la cama. "Su cama". Abrió entonces el sobre y, ya un poco más tranquila, comenzó a leer:

Querida Helena, no era mi intención desaparecer de esta forma de tu vida. Tampoco estaba en mi ánimo dejar pasar tanto tiempo sin que tuvieras noticias mías. Pero en este tiempo han ocurrido muchas cosas importantes, cosas que han condicionado mis decisiones.

Cuando llegamos a Madrid, mi padre enfermó de gravedad, por lo que me vi obligado a ponerme a trabajar para mantenernos a los dos. Lejos de recuperarse fue empeorando y a los pocos meses falleció. Por aquel tiempo yo trabajaba para un señor que tenía importantes negocios en Argentina y México. Me ofreció la posibilidad de viajar con él, pues me había ganado su afecto y necesitaba un ayudante. Como ya nada me retenía en Madrid, acepté encantado aquella oportunidad. Poco después embarcamos con rumbo a Buenos Aires y allí, en América, hemos permanecido todos estos años.

Finálmente, hace tan solo dos semanas que regresamos a España, pues tenemos pendientes algunos asuntos de negocios. Quiero que sepas Helena, que jamás te olvidé, que estos años de separación no han hecho más que fortalecer mi amor por ti. Que como te dije y te prometí, estoy en disposición de casarme contigo, que no deseo más que hacerte mi esposa.

En cuanto resolvamos los asuntos pendientes, pediré un par de semanas de permiso y viajaré hasta Valencia para reunirme contigo. Y, si tú estas de acuerdo, pedirle a tu madre su permiso y bendición para casarnos.

Te mando un beso. Eternamente tuyo.

Luis

La felicidad más absoluta se reflejaba en el rostro, sonriente y mojado por las lágrimas de Helena. Luis no la había olvidado. Volvía y quería casarse con ella. Su mirada soñadora recorría las volutas y molduras de la cama y sus pensamientos, erráticos, alegres y confusos giraban y giraban: ¡¡ Pronto estaría con Luis... pronto !!

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Pocas semanas más tarde, tal y como prometió en su carta, Luis llegó a la pensión y al fin pudieron abrazarse y reencontrarse. Luis habló con la madre de Helena y acordaron casarse en cuanto tuvieran los papeles y les hicieran las preceptivas amonestaciones.

Quisieron pasar su noche de bodas en "su cama". En aquella cama donde vieron nacer su amor. En la misma cama donde, más tarde, creyeron morir de angustia y de pena.

Al día siguiente partieron hacia Madrid. Luis debía reincorporarse a su trabajo y, en breve, volvería a viajar con destino a América. Pero ya no iba solo. Helena viajaba con él y, esta vez sí, estarían juntos para siempre.

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Tras aquel final venturoso y más propio de un cuento de hadas que de la vida real, Rosa levantó el "castigo" que sobre mí pesaba y decidió adecentar la habitación y alquilarla. Nuevamente pues, gentes de paso que iban y venían, otros que pasaban temporadas, fueron alquilando la habitación y el caleidoscopio fascinante de sus vidas volvió a desfilar sobre mi.

La cama. Capitulo primero.

LA CAMA

Un relato escrito por: Tomás Moreno y Sara Moreno

Capitulo I. Día 16.

La música sonaba estruendosa. Los petardos estallaban iracundos. El gentío, incesante y numeroso, pasaba, miraba y comentaba. Todo contribuía a crear un clima festivo y caótico. Algunos hacían fotos. Reparé en otros que, fijándose de forma explicita en mí, lamentaban la cruel suerte que me aguardaba. Quemar una cama tan hermosa (decían) les parecía algo trágico y absurdo.

—Parece de nogal— comentan algunos.

—Yo me la llevaría y la restauraría— fue la respuesta de un señor canoso, con aires de entendido.

No faltaban los jóvenes, pero ellos, pendientes tan solo de su fiesta, pasaban olímpicamente de mi y de los demás trastos que, acompañándome, aguardaban junto al resto de la falla, la ordalía final del fuego ardiente y purificador. Para estos jóvenes, la fiesta de las fallas no era mas que la excusa perfecta para salir cuatro noches, emborracharse, tener algún escarceo sexual y poco más.

También estaban los "guiris". Cámara en ristre asistían atónitos al (para ellos) tremendo despilfarro que supone, estar un año construyendo un monumento, para más tarde quemarlo.

Ellos no entienden. Aunque sus cámaras cliquean frenéticas y registran milimétricas, con precisión de robot, todos los detalles de la fiesta, se les escapa lo importante. Cosas que se resisten a ser atrapadas en una fotografía.

No entienden que todos los aspectos importantes de la vida necesitan, periódicamente, pasar por liberadoras experiencias de muerte y renacimiento para seguir vivas y no quedar estancadas. Eso se les escapa. A los "guiris" y a sus cámaras. Pero dejemos de hablar de esto. Estamos de fiesta, son las fallas y aquí estoy yo, una cama de nogal labrado y tallado, construida hace casi doscientos años, formando parte, junto con otros muebles viejos, diversos enseres y un par de muñecos, de una falla. Aguardando con nervios y expectación la gran noche de la consumación. La "Nit de la cremá".

Curiosamente, toda aquella algarabía, todo aquel frenesí, lejos de aturdirme, estaban provocando un efecto de distanciamiento y concentración. mis pensamientos surgían, claros como la luz, entre el humo de los petardos.

La melodía del recuerdo brotaba, incontenible, a través del cacofónico estruendo que surgía, discordante, de los altavoces del cercano casal.

Recuerdos, imágenes, sensaciones, recuerdos... mi mente contemplaba, complaciéndose, extensos momentos de mi larga vida. Desfilaban ante mi como nubes barridas por el viento. Algunos acontecimientos, apenas formada su imagen, escapaban a mi visión; otros, apretándose y empujando ocupaban su lugar, reclamando insistentes mi atención. Entre estos últimos, uno fue haciéndose poco a poco carne y sangre. Y dejé que la vieja sensación me arrebatase y transportase.

El aire a mi alrededor ya no apestaba a humo y pólvora. La música que escuchaba, era el canto de los pájaros que moraban en mis ramas. El suelo, a mis pies, donde yo enterraba gozoso mis fuertes raíces, verdeaba por el pasto, mostrando aquí y allá floridas manchas rojas, blancas y azules.

A lo lejos, un caballo y un hombre, aran la barbechera sin pausas ni prisas. Los surcos, acomodándose a las grandes piedras sin arrancar que jalonan el campo, forman curvas caprichosas, dejando a las piedras formar islotes en un mar de lineas ignotas, que dibujan mensajes arcanos e indescifrables.

Yo sentía el sol calentando mis hojas; estiraba mis brazos y mis dedos y bebía su luz y calor. Hundía mis raíces profundamente en el suelo y buscaba el agua de vida, que luego más tarde, transformada en dulce savia corría por mi tronco y por mis ramas. El tiempo era mi fiel aliado. Con tiempo, agua y sol yo crecía y prosperaba. Mis nueces eran alimento para hombres y bestias, mi sombra, cobijaba del ardor del verano. Mi vida transcurría plena e inmutable.

Pero un día llegaron unos leñadores con hachas. Cortaron mi tronco y mis ramas y arrastrado por fuertes caballos fui conducido al aserradero, donde en muy poco tiempo, me convirtieron en tablones de madera puestos a secar. Más tarde, un ebanista compró varios de aquellos tablones y construyó una cama. Me construyó. Al poco tiempo fui vendida y no supe más de los restantes tablones.

Allí terminaron mis días de sentir el sol y el viento, de notar la refrescante y maravillosa lluvia lavar con sus fríos dedos el polvo de mis hojas. Ya no escucharé el canto del jilguero posado en mis ramas; ni buscaré mi sustento, hundiendo mis fuertes raíces en la cálida y húmeda tierra. Mis días de árbol acabados están. Bienvenidos sean los de cama. Pues pronto pude comprobar, que ser una cama es una ocupación absolutamente fascinante. Las camas tenemos una relación especial con los hombres. En este sentido somos, con diferencia, el más importante de los muebles que el hombre construye. A nosotras las camas, nos confía el nacimiento de sus hijos, la muerte de sus ancianos, el descanso de sus fatigas, el refugio de sus temores...

No hay mueble en quien los hombres confíen de un modo tan exhaustivo tantas y tan importantes funciones, tantas y tan diversas experiencias. Desde las íntimas y conmovedoras, como el abrazo de los amantes, hasta las atroces vivencias de enfermedad, dolor y muerte, que a todo ser humano aguardan.

De repente, una tremenda explosión, sacudió el montón de trastos que yo coronaba. Cortado así el hilo del recuerdo, mi atención regresó a la caótica y festiva noche valenciana. Un grupo, no demasiado numeroso, de chavales, estaban lanzando "masclets" a pocos metros de la falla.

Habían chicos y chicas. Ellos con disfraces de residentes en Harlem: enormes sudaderas, pantalones vaqueros caídos y desgarrados enseñando los calvin klein, calzando las inevitables y carísimas nike, algunos aros y pircings. Ellas más arregladas. Con negras faldas, cortas y muy ajustadas. Camisetas o jerséis ceñidos, realzando sus núbiles tetas. Pintadas, maquilladas y mostrando el ombligo desnudo. Se veían bonitas, jóvenes y muy alegres; dispuestas a pasarlo bien. Ellos fanfarroneaban con los petardos; los encendían y tiraban con displicencia chulesca. Llevaban dos grandes bolsas con botellas. Ron y ginebra, martinis y coca-cola. Algunos estaban ya bastante bebidos. Otros, pronto lo estarían. Las chicas, exhibiéndose, bebían tanto como ellos. Poco después, se cansaron de tirar petardos y con grandes gritos y aspavientos se fueron yendo en dirección al siguiente monumento.

Al ver aquellos chicos y chicas alejarse, confundiéndose entre la multitud hasta desaparecer, una sensación de abandono y melancolía se fue instalando en mi espíritu. Con la tristeza, los recuerdos volvieron de nuevo. Por mi mente desfilaban caóticas, las imágenes recordadas de otros muchachos, confundiéndose con las de aquellos que, apenas hacia un instante estaban junto a mi. Mas aquella confusión duró poco, pues cada vez con mayor claridad veía, si veía, a un muchacho. Un muchacho que, hacia mucho tiempo formó parte de mi vida. De un forma muy especial Pedro, pues así se llamaba el muchacho, formó parte de mi vida.

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PEDRO

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Un par de rayos de sol se filtran por la ventana entreabierta, a su paso, iluminan y descubren minúsculos granos de polvo que surgen por un breve instante y al punto desaparecen.

Mirándolos, imagino pequeños y perezosos mundos, formando ingrávidos diminutos universos, quizás poblados por desconocidos seres, que a su vez, tumbados en la cama, observan granos de polvo iluminados por rayos de sol.

Mi hermano Juan, sentado en una silla junto a la cama, fuma constantemente. Ha venido a visitarme. A ver como voy, como me encuentro. Su charla incesante me llega como envuelta en bruma, apenas presto atención y contesto con monosílabos. El humo del cigarrillo forma arabescos y dibuja extrañas formas al ser iluminado por los rayos del sol. Parecen las letras curvas de algún remoto alfabeto. Mis manos, pálidas y enflaquecidas, reposan inertes sobre las blancas sábanas.

Llevo ya muchas horas en la misma posición, estoy incómodo y cansado, le pido a Juan que me ponga de medio lado y me arregle la almohada.

—Claro Pedro— contesta.

Luego, se queda un rato en silencio, fumando. Yo lo miro y nos veo de nuevo cuando niños, cuando compartíamos aquella cama. Las risas y las bromas antes del sueño, en ocasiones la bronca o el puntapié. En esas ocasiones nuestra madre zanjaba con rapidez la cuestión : dos azotes con la zapatilla y a dormir. Y dormíamos.

Juan se levanta y pregunta: —¿Necesitas algo más?

—Nada Juan, gracias ¿Te marchas?

—Si, paso un rato por la tasca, saludo a los amigos y luego a casa con la familia.

—Venga pues— respondo. Cuando sale, un sentimiento de amargura e impotencia se apodera de mi. Tengo veintitrés años y hace cuatro que estoy en cama sin poder moverme. Desde que tuve aquel maldito accidente. Quería ganar más dinero. El sueldo del taller de muebles era muy corto. Un amigo me propuso ir a la obra, se pagaban buenos jornales. Luego vino la caída del andamio, las vertebras rotas, el cuerpo roto, la vida rota.

Suspiré y me quedé mirando el cabezal de la cama, las molduras, las volutas de talla, las delicadas vetas del nogal. Siempre me gustó aquella cama. Recordaba haberla visto en casa de la abuela ; ya entonces me gustaba. Cuando ella murió, su cama llegó un día a la casa y Juan y yo pasamos a dormir en la cama de la abuela.

Apenas llevaba un año trabajando en el taller, cuando concebí el proyecto de restaurarla. Pertrechado con una botella de disolvente, otra de goma-laca, un poco de masilla hecha con harina de almortas y cola negra, algo de lija, un montón de trapos y un considerable entusiasmo, me puse manos a la obra. Madre en principio protestó y dudó : que si mira a ver si la vas a estropear, que vaya pestazo que deja el disolvente, que tendréis que dormir con el colchón en el suelo mientras la arreglas. Pero luego, a medida que el disolvente limpia y retira ingentes cantidades de mugre y cuando ve surgir las vetas del nogal, cada vez más claras y brillantes, va callando. Después, tras limpiarla a conciencia y reparar algunos pequeños desperfectos, fui aplicando, con una muñequilla de algodón, capa tras capa de goma-laca. La vieja cama entonces comenzó a brillar y a coger luz. Resplandecía. Entonces madre, me besó con ojos orgullosos y alegres. Hasta padre, poco amigo de lisonjas o alabanzas, me dijo que había quedado muy bien, que parecía casi nueva.

Desde entonces, al menos en mi corazón, aquella cama dejó de ser "la cama de la abuela". De un modo íntimo y especial se convirtió en mi cama.

Algún tiempo después Juan, seis años mayor que yo, casó con su novia y marcharon a un pequeño piso que alquilaron en el vecino pueblo. Conocí entonces el placer de disfrutar en exclusiva de mi cama; volteaba despreocupado a derecha e izquierda, me estiraba o encogía al único dictado de mi gusto y capricho.

Después vino Carmen. Carmen y yo eramos novios. Era bonita y alegre como un cascabel, morena y bajita; tenia unos ojos negros y brillantes, profundos como bocas de pozo; si asomándote mirabas, veías brillar, allá a lo lejos, oscuras humedades y recónditas promesas. Solíamos aprovechar las dominicales ausencias de mis padres, de visita en casa de alguna tía o cosa parecida para, de forma apresurada y furtiva, hacer el amor en mi cama. Estrechábamos nuestros cuerpos, tan solo parcialmente desnudos, con furia y pasión apenas velada con ternuras. Ella, arrimando su boca en mi oído suspiraba bajito: —¿Me quieres Pedro?—. Yo me hundía en su centro, entreviendo apenas sus muslos blancos y prietos y decía: —pues claro.

Acariciaba sus pechos y chupaba sus pezones, saboreando al hacerlo un placer secreto y culpable. Ella, abiertos los ojos y abrazándome con fuerza, seguía mi ritmo, que al poco, crecía frenético. Salía de ella y derramándome en su vientre, mascullaba sandeces y sentía una especie de vértigo y me agarraba a su culo, pues temía caer en el pozo sin fondo de sus ojos.

Nos levantábamos con prisa, temiendo la importuna entrada de mis padres, nos vestíamos y salíamos a la calle cogidos de la mano,oliendo a sexo, pecado y felicidad.

Entonces ocurrió lo del accidente. Carmen vino a visitarme al hospital. Lloraba y murmuraba asustadas promesas de amor. Los médicos dijeron que ya no podían hacer nada más por mi y me mandaron a casa, ella siguió viniendo. Por un tiempo siguió viniendo. Pero yo, en realidad, ya estaba muerto; yo no era el Pedro que ella amaba, tan solo su sombra desvaneciéndose.

Las visitas fueron espaciándose hasta cesar. Mi madre me contó, poco después, con su aquel tono de voz especial para expresar virtuosa indignación, que andaba saliendo con otro. Que no la esperase más.

Me quedé pues solo. En mi cama. Viviendo mi muerte día tras día. Mis padres me atienden lo mejor que pueden. Pero yo se que ya estoy muerto. Lo que yace en mi cama: este cuerpo roto y paralitico ya está muerto.

Tan solo un rescoldo de espíritu, que inexorable oscurece apagándose, aun perdura y espera.

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Tras la muerte de Pedro pasaron largos años, durante los cuales, tan solo ocasionalmente era utilizada. Periódicamente, sobre todo en verano, los hijos de Juan pasaban temporadas en casa de sus abuelos y entonces dormían conmigo.

No lamenté aquella soledad; pues al morir Pedro, una parte de mí, inextricablemente enlazada con él, también murió. Tuve tiempo sobrado de pensar por qué, pues todo lo que tenia era tiempo y más tiempo. Llegué a varias conclusiones. En una de ellas suponía la existencia de una especie de aura, carga psíquica o espiritual que, en determinadas condiciones y circunstancias, unía de forma inexplicable algunos objetos con sus propietarios. En otra, más prosaica, pero más realista tal vez, simplemente suponía que las camas sin usar pierden su razón de ser.

Sea como fuere, yo sentía que había perdido algo especial. Encerrada en aquel sentimiento de pérdida, no sentía el menor deseo de que nadie durmiera sobre mí. Cuando alguno de los hijos de Juan, pasaban la noche con los abuelos y dormían conmigo, procuraba mostrar el disgusto que aquello me causaba con frecuentes chirridos, gemidos y algún que otro golpeteo. Prefería la soledad, pues me permitía pensar, recordar y, sobre todo, soñar.

Especialmente me gustaba soñar. Era como si re-soñara los sueños que sobre mí se habían soñado. Había sido espectadora privilegiada de los sueños de aquellos que durmieron conmigo y algunos de ellos habían impregnado, con su fuerza, mi espíritu y mi esencia.

Con especial frecuencia y agrado solía adentrarme en un sueño que, de forma recurrente y periódica, ocupaba las noches de Pedro.

En el sueño soy Pedro. Me veo volando sobre una ciudad llena de altas torres y puntiagudos minaretes. Planeo lentamente y sin esfuerzo; ante mis ojos se va desplegando el mapa de una arquitectura fascinante e imposible. No obstante, no encuentro nada extraño en ello. La ciudad, aunque es enorme, no es más que un tobogán, un juguete, cuya única finalidad es servir de escenario a mi práctica de vuelo. Salgo entonces de la ciudad y el escenario cambia, ahora estoy volando por el campo. Mi vuelo es mucho más rápido y ágil; trazo curvas y espirales esquivando árboles y cerros. Luego subo y subo, cada vez más alto, más alto. Entonces me dejo caer efectuando arriesgados picados, de los cuales salgo con insólita gracia y atrevida soltura.

Hastiado de volar me dejo caer en el suelo. Está cubierto de césped, como un estadio de fútbol o de atletismo. Pero no hay gradas, solo una interminable y monótona sucesión de verde césped. Voy caminando, paseando más bien y entonces encuentro un foso para practicar salto de longitud.

Tomo carrera y salto; cuando voy por el aire, empujo y elevo mi cuerpo para llegar más lejos. Ha sido un buen salto: más de ocho metros. Vuelvo a intentarlo. Corro rápidamente y salto; mi cuerpo es una pluma, liviano y sin peso. Planeo lentamente para caer aun más lejos: unos nueve metros.

De repente hay gente. No parecen haber salido de ningún sitio, quizá siempre estuvieron allí. Aplauden, gritan y jalean mis saltos. Yo lo vuelvo a intentar y es asombrosamente fácil; tras coger impulso y saltar, planeo de forma lenta y suave hasta más allá de los nueve metros. Estoy feliz y satisfecho; la sensación de fuerza, poder y plenitud que experimento, es algo maravilloso y difícil de explicar.

Cambia la escena y estoy en una fiesta, es una especie de verbena. Con casetas de atracciones, baile y mucha gente que va y que viene. Entonces me doy cuenta de que voy sin pantalones ni calzoncillos. Literalmente, con el culo al aire y no solo el culo.

La gente, aparentemente no nota nada. O no les importa; aunque ellos están correctamente vestidos. Yo intento comportarme con naturalidad, aunque estoy tremendamente avergonzado. Pasa por mi mente la idea de salir corriendo. Seguir allí se me hace insoportable; rodeado de gente, exhibiéndome y aparentando ignorar lo que ocurre. A pesar de ello me quedo. De alguna extraña manera estoy convencido de que debo quedarme. Hay un grupo de chicas mirándome; una de ellas es Carmen, reconozco algunas otras. Yo soporto sus miradas, aunque siento morir de vergüenza. Cuchichean entre ellas y comprendo que hablan de mi desnudez.

Entonces me veo solo. De nuevo volando y planeando sin esfuerzo. Ya no hay vergüenza. Me siento como al aprobar un examen, o superar una prueba. Aunque desconozco cual pueda ser esa prueba.

Entonces suelo despertar, y permanezco largo tiempo sumida en un extraño embotamiento, bordeando la frontera que separa la oscuridad de la luz, lo falso de lo verdadero; sin tener conciencia cierta de quien soy. Esperando una especie de revelación que nunca llega.

Cuando los padres de Pedro fallecieron, Juan reunió los pocos muebles y enseres que aun conservaban algún valor y, por una cantidad irrisoria, los vendió en una tienda de compraventa de ocasión. Incluida en el lote y arrumbada en un rincón, permanecí una buena temporada en aquella tienda esperando. Hasta que, un buen día apareció Rosa.

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Continuará...

Un día muy largo

Cuento de un día de verano.

Escrito por Tomás Moreno

Cuando, como cada noche, su madre los mandó a la cama a dormir, el chico, que siempre solía protestar y refunfuñar por lo temprano de la hora, aceptó acostarse sin decir siquiera media palabra en aquella ocasión. Luego más tarde y ya en su cama, aovillándose en ella y deshilando la madeja del recuerdo, repasó con moroso detenimiento los extraños acontecimientos de aquel largo día.

Pues en verdad había sido un día muy largo: "Todo comenzó a torcerse por la mañana" —pensó recordando— con la inoportuna visita de Manuela, la madre de Antoñito. No soportaba a la tal Manuela. Su hijo Antoñito se le murió, hacía ya algún tiempo, de no se qué. Teníamos la misma edad y, cuando vivía, éramos amigos. La verdad es, que hacia ya bastante tiempo que Antoñito falleció: más de un año; pero su madre seguía comportándose conmigo como el primer día. Cuando me veía y tras abrazarme, me daba besos y se echaba a llorar. Venga a llorar sin parar y a contarme cosas de Antoñito; claro, yo cada día la soportaba menos.

¡Pero si yo apenas recordaba ya a Antoñito! ¡Tan solo cuando la veía a ella! Entonces sí, recordaba cosas. Recordaba, por ejemplo, cuando estaba enfermo y venia a casa, con su madre, a ponerse las inyecciones.

Recuerdo que insistía en cogerme la mano y ya entonces se dejaba pinchar. Le daban miedo las inyecciones. Bueno, la verdad es que a mi también me daban miedo. A veces incluso, cuando enfermaba y mi madre me tenía que pinchar en el culo, lloraba, pataleaba y suplicaba, muerto de miedo y pretendiendo esquivar la inyección.

Bueno... pues eso. Yo en realidad, ni recordaba, ni quería ya recordar a Antoñito. ¿Quien quiere recordar a un amigo que se ha muerto? Yo no, por supuesto. Y cada vez que veía a su madre y comenzaba a llorar me lo recordaba y entonces a mi me entraba una congoja y como un peso muy grande en el pecho y, de pronto, también yo tenía ganas de llorar, aún sin saber muy bien por qué.

O quizá si lo sabía. Cuando Antoñito murió, yo también sentí lo irreparable de la pérdida. La terrible nada y la enorme vaciedad que supone la muerte. Ni siquiera quería pensar en ella y Manuela y su inextinguible dolor por el hijo muerto me la recordaban constantemente.

Finalmente y tras un buen rato besuqueándome y llorando, Manuela se marchó y yo pude respirar tranquilo y dedicarme de lleno a otros menesteres. Todavía estábamos en vacaciones, aunque ya finalizando Agosto. Pronto tendríamos que volver al colegio, pues el curso comenzaba en Septiembre. Así las cosas, convenía apurar y aprovechar al máximo aquellos últimos días de verano. Además, hoy no tendría que ir a por hierba para los conejos.

Con un "M´en vaig a les garroferes!" salí corriendo por la puerta en dirección a nuestro lugar de juego favorito: el descampado situado tras mi casa, arbolado con catorce o quince grandes algarrobos que, ademas del nombre, le infundían al lugar una especial y característica personalidad.

Nosotros, siempre que podíamos estábamos allí; excepto porque íbamos a casa a comer y a dormir, el resto del tiempo estábamos allí. En realidad, nuestra autentica casa era el descampado de "les garroferes". Allí jugábamos a todo: por supuesto al fútbol, pero también a mil cosas más. Al escondite cuando anochecía, al pañuelo, a churro, media manga y mangotero, al balón-tiro, a la trompa, a construir cabañas con los troncos de las plantas del tabaco, cuando lo cosechaban en los campos de enfrente, a este castillo es mio... jugábamos sin parar y, cosa curiosa, en cada estación del año parecían estar de moda unos juegos en detrimento de otros.

Cuando se marchó Manuela y pude salir de casa y acercarme a "les garroferes", ya estaban allí Andrés y su hermano con alguno más. Montamos inmediatamente el interminable partidillo, prólogo y continuación del eterno partido que, siempre igual pero siempre distinto, jugábamos incansables día tras día y hora tras hora. Unas piedras en el suelo marcando las porterías y a jugar al fútbol. Apenas llevábamos media hora jugando cuando aparecieron las chicas (la hermana de Andrés y mi hermana). Venían diciendo que los del Montillano andaban rondando por el extremo del descampado que quedaba hacia la parte del pueblo.

Sin perder un instante, escondimos el balón en el tronco hueco de un algarrobo y nos fuimos corriendo para allá.

En efecto, por allí andaban. Cuatro o cinco, con el Montillano a la cabeza y acercándose a nuestra parte del descampado. En cuanto los vimos y nos vieron dejamos todos de avanzar y nos quedamos mirándonos con recelo y desconfianza. Una especie de linea imaginaria, pero no por ello menos real, nos separaba en una anchura de unos veinte metros. Pronto comenzaron a gritar, provocando e insultándonos.

Naturalmente aquello no podía ser ignorado. Cogimos piedras, llenándonos los bolsillos y los proyectiles comenzaron a volar.

Entonces ocurrió aquello. Apenas la piedra salió de mi mano cuando vi, de un modo cierto e indudable, lo que estaba por ocurrir. Los acontecimientos futuros, tan estáticos e inmutables como si fuesen recuerdos, desvelaron su rostro y lo mostraron ante mi.

Silente y veloz, la piedra trazó un arco certero y perfecto, homicida e hiriente, que unió mi mano y su boca. El tiempo, pareciendo arrastrarse torpe y lento, prolongó por un eterno instante aquel fatídico momento. El impacto chascó brutal, rompiendo labios y dientes, esparciendo babeantes chorros de roja sangre y unos confusos y tremulantes alaridos de miedo y dolor.

Aquello fue la señal para la desbandada. En cuestión de segundos allí no quedaba nadie. El mismo Alberto, llorando a moco tendido y con la mano sobre la boca intentando contener la hemorragia, trotaba con paso incierto buscando el refugio y la seguridad de su casa y el consuelo de su madre.

¡Señorito de mierda! —andaba pensando sin dejar de correr desalentado—. Le está bien empleado por meterse en estas cosas. ¡Joder, nosotros estamos atentos a las piedras! No hay más que fijarse cuando vuelan; si no pierdes la serenidad y las vas mirando las puedes esquivar. Te da tiempo de sobra. Pero él no; claro, él es un señorito de Valencia. De esos que pasan el verano en el pueblo y no tiene ni idea de nada. Como no quiere estar solo, va y se le ocurre juntarse con los del Montillano. Y en la primera ocasión, en el primer encuentro serio que tenemos, le reviento la boca de una pedrada.

"¡Joder, vaya mierda de suerte la mía! Seguro que, en un rato, su madre se presenta en mi casa a pedirle explicaciones a la mía. Mejor no aparezco por casa hasta mediodía."

Sin dejar de correr, ni de lamentarse en su fuero interno, el chico y su cuadrilla llegan pronto a "les garroferes". En cuanto llegan allí dejan de correr. Están en su territorio y lo saben, aquí se sienten seguros. Saben que los del Montillano no vendrán hasta aquí. Del mismo modo, ellos no cruzan la carretera, pues entrarían en el territorio de sus rivales. Las pedreas rituales que, de tanto en tanto, los enfrentan, tienen lugar siempre en terreno neutral.

El susto tampoco dura demasiado. Pronto aparece la pelota y el inevitable partidillo disipa al instante toda preocupación. Juegan felices e inconscientes y cantan los goles con delirante entusiasmo.

El sol, justo arriba en el cielo y calentando, provocándoles sudorosa quemazón, les recuerda que ya va siendo hora de ir a comer. El chico y su hermano se marchan hacia su casa, con el ánimo turbado por una cierta aprensión, pues la imagen de la maldita pedrada al Alberto ha vuelto, de nuevo, a ocupar su mente.

Sus temores parecen infundados. Cuando llegan a casa su madre los recibe con la cantinela de costumbre: "¿Estas son horas de venir a comer? ¿Qué no teníais hambre...?". Les hace lavarse las manos y los sienta a la mesa como si nada. El chico, aliviado, come con evidente apetito y en silencio. Muy pronto, el arroz y la sandia que su madre les sirvió para comer, desaparecen y entonces llega la cruz de cada día: la siesta.

Su madre, con obstinada cerrazón, que ni el razonamiento ni la súplica ablandan, se empeña todos los días en hacerles dormir la siesta. Evidentemente ellos no quieren siesta. ¿Quién necesita dormir siestas en vacaciones? Ellos lo que realmente quieren es salir pitando a jugar. Nada de dormir la siesta. Los chicos protestan y lloriquean; la madre, inflexible, amenaza con quitarse la zapatilla. Les explica lo de siempre: que hace mucho sol, que les va a dar una insolación, que luego más tarde... En estas llaman a la puerta. El corazón del chico late enfebrecido cuando escucha, en la entrada de la casa, la voz de la madre de Alberto: "¡Carmen...!".

Se acuesta entonces sin rechistar y se queda en silencio, escuchando y pensando: "Lo sabía, sabía que el chivato de Alberto se lo contaría todo a mi madre. Lo sabía y claro, ella tenía que venir a quejarse de que le han partido los morros a su precioso hijito. ¡Que se lo quede con ella! ¡Que se lo meta en sus faldas y entonces seguro que no le pasa nada! Espera... mi madre le está diciendo que son cosas de críos, que también me podía haber pegado la pedrada él a mi. ¡Bien por mi madre! Además es cierto, él también estaba tirando piedras ¿Quién le manda meterse? que se aguante. La próxima vez aprenderá."

El chico escucha entonces el tranquilizador chasquido de la puerta de la calle al cerrarse y, poco después, los amortiguados sonidos de su madre trajinando en la cocina y comprende que, por esta vez, saldrá bien librado. Su hermano pequeño, en la otra cama, hace rato que está durmiendo ya y piensa que, en vez de dormir, leerá un rato. Se levanta sigiloso, procurando no hacer ruido y coge unos tebeos del Jabato que tiene por allí. Ya los ha leído muchas veces, pero se entretiene hojeándolos de nuevo. Todos los viernes, su padre le compra un tebeo del Jabato y otro del Capitán Trueno. En cuanto se los dan, él los lee en un visto y no visto, y hasta el próximo viernes no hay más tebeos. Por eso los lee y relee una y otra vez; pues si algo hay, que casi le gusta más que jugar, es leer. Se cansa pronto de los tebeos y entonces coge un libro.

Ya tiene unos cuantos, se los suelen regalar por Reyes y él los atesora como su bien más preciado. También los ha leído todos en varias ocasiones, pero coge entre sus manos "Veinte mil leguas de viaje submarino" y piensa que nunca se cansará de leerlo. Se identifica con el Capitán Nemo y con su oscura y terrible necesidad de libertad, justicia y venganza. Una vez más, abriendo el libro y embarcando en el "Nautilus", se dispone a revivir, junto al Capitán Nemo y su formidable oponente Ned Land, la eterna singladura de la inmortal novela de Julio Verne.

Como todo llega en la vida, finalmente, la hora de la siesta concluye también y la madre, ya un poco harta de ellos, los deja marchar. No sin antes advertir al chico que no piensa pasar por alto una nueva pedrada. "¿Acaso no sabéis jugar de otra forma?" pregunta irritada. El chico cabecea inseguro, sin saber muy bien qué decir y en cuanto puede se escabulle corriendo hacia "les garroferes".

Apenas llega y se juntan unos cuantos, se ponen a jugar a "este castillo es mio". Aprovechan para ello un enorme montón de grava que, con motivo de unas obras, unos camiones descargaron allí. El juego consiste en coronar el montón de grava y proclamar, a voz en grito, la propiedad del mismo. Todos los demás chicos, por supuesto, intentan desalojar al que, en ese momento, corone la cima del "castillo".

Los revolcones y empujones se suceden. El chico, que es de los mayores del grupo, consigue mantenerse un buen rato como "rey del castillo". Los otros, cuando ven que no pueden desalojarlo, se cansan y aburren y quieren jugar a otras cosas. El chico, a quién el ejercicio le ha despertado el apetito, se acerca en una carrera hasta su casa y reclama su merienda.

Su madre le prepara un bocadillo con rodajas de tomate crudo, aceite y sal. El chico sale, como siempre, a la carrera y asestando tremendos mordiscos al bocadillo. Le gustan las meriendas que le prepara su madre: con el tomate bien maduro cortado en rodajas finas y metido entre el pan, con el aceite de oliva regándolo todo y con una pizca generosa de sal. Su hermano acude también a recoger su merienda. No así su hermana, que siempre anda diciendo que no tiene hambre. Y su madre la tiene que ir embutiendo, como si fuese un pajarillo de esos de nido. La madre se acerca a la esquina y la llama a gritos, urgiendola a merendar.

La chiquilla, que anda por allí con sus amigas, protesta, pero al fin, acude hasta la madre que le ofrece un plátano. El chico, a quién apenas le queda ya merienda, piensa que las chicas son muy raras: "¿Cómo puede ser que mi hermana nunca tenga hambre? Porque yo siempre tengo ganas de comer. Excepto la sémola y el hervido que no me gustan nada, de todo lo demás siempre tengo ganas y mi hermano lo mismo. En ocasiones mi madre, sobre todo los domingos cuando mi padre nos hace esas paellas tan buenas, nos tiene que decir que paremos ya, que vamos a reventar."

Porque siempre, siempre, repetimos. Nos comemos por lo menos dos platos de paella y bien llenos, llenos hasta arriba. Con montaña que decimos nosotros. Y claro, mi madre nos tiene que decir que ya está bien, que nos va a salir el arroz por las orejas y que vamos a enfermar de un empacho.

Lo cierto es, que yo no tengo hartazgo. Seguiría comiendo hasta reventar, como bien dice mi madre. Mi hermana, en cambio, siempre se lleva la bronca, pues nunca se termina el arroz. ¿Cómo puede ser que no le guste la paella? ¡Pero si es la mejor comida del mundo! Bueno... y los bocadillos de atún en aceite con olivas rellenas también.

Nos ponemos a jugar al pañuelo, chicos y chicas juntos. Cosa que habitualmente no hacemos, pues solemos jugar aparte, cada uno por su lado y a sus cosas. A las chicas no les gusta jugar a casi nada. Ellas siempre andan jugando con sus muñecas y a las tiendecitas y a cosas de esas, cosas de chicas vaya. Pero al pañuelo si que juegan. Una de las chicas sujeta el pañuelo y va cantando números :¡El tres!...¡El uno!...¡El dos!. Uno tras otro, los jugadores van cayendo eliminados. Finalmente tan solo quedamos dos : una chica llamada Petra y yo. Cuando mi hermana (pues ella es quién sujeta el pañuelo) canta el número, salgo corriendo. Llego hasta el pañuelo enseguida, mucho antes que ella; hubiera podido cogerlo y volver rápido a mi linea y así ganar el juego, pero prefiero esperar.

Se a ciencia cierta que soy más rápido que ella y prefiero esperar y juguetear un poco; como un gato con su ratón. Tras algunas fintas, que yo aguanto sin ceder ni coger el pañuelo, se decide. Coge el pañuelo y corre buscando la linea y la victoria.

Entonces yo, que he medido el movimiento con precisión, arranco tras ella y en apenas tres zancadas ya la tengo: mi mano golpea, sin violencia pero con rotundidad, su prieto y tentador trasero.

Apenas termina el juego comenzamos otro. Sorteamos de nuevo los jugadores y, en esta ocasión, Petra y yo coincidimos en el mismo equipo. Petra es una chica mayor que nosotros, debe tener por lo menos trece o catorce años. Vive allí mismo, en una de las casitas que hay enfrente de "les garroferes". Cuando, como ahora, nos ve jugar al pañuelo, o saltando a la comba, o jugando al escondite, suele acercarse y jugar con nosotros. Es una chica alta y grandota, o al menos a mi me lo parece y, aunque no suelo fijarme apenas en las chicas, algo extraño me ocurre hoy, pues no dejo de mirarla y mirarla y me doy cuenta de que, en realidad, por más que esté cansado de verla, es como si hoy la viera por primera vez.

Seguimos jugando al pañuelo, aunque mi atención ya no está centrada en el juego, sino en observar a Petra. La miro cuando corre, con aquel revolar de faldas que descubren sus muslos morenos y con sus tetas, redondas y rotundas asomando entre la blusa. ¡Como le han crecido! pienso y recuerdo, con un extraño pellizco en el estómago, la sensación de hace apenas un momento, cuando le di la palmada en el culo. No es la primera vez que palmeo a una chica en el culo... pero. Debe ser que no todos los culos, ni todas las chicas, son iguales. Porque lo que siento ahora, no lo había sentido jamás.

Está comenzando a oscurecer y, normalmente y en esta época del año, en cuanto anochece comenzamos a jugar al escondite. Me toca esconderme, igual que a Petra. Mientras el que pierde cuenta hasta cincuenta, los demás corremos a escondernos. Aunque intento disimular, no dejo de observar a Petra. La veo esconderse tras el ribazo de una de las huertas que quedan hacia la parte por donde discurre la acequia. A hurtadillas y aprovechando que ya es casi de noche me acerco hasta allí. Cuando llego no dice nada, me mira y sonríe.

Nos deslizamos hacia el interior del huerto y tras escabullirnos entre enormes plantas de maíz, de casi dos metros de altura y que nos ocultan completamente, llegamos en pocos instantes a los cañaverales que crecen junto a la acequia.

Allí nos sentamos en el suelo, el uno frente al otro, muy juntos y sin hablar. El fúlgido palor de sus blancas bragas, presentidas más que vistas y asomando apenas por sus muslos entreabiertos atrapaba mis ojos, pajarillos indefensos. Entonces cogió mi mano guiándola con suavidad y apartando un poco las bragas, la acercó adentro. Estaba caliente —pensé— y mojada, muy mojada. Mis dedos resbalaban con untuosa suavidad entrando y saliendo; su mano, sobre la mía, acompañaba acompasando y presionaba exigiendo.

Seguí acariciándola, durante un buen rato seguí tocándola con mis dedos. Yo había oído hablar de sexo, por supuesto que sí. Los amigos, en ocasiones, hablábamos de sexo y también, cuando tenía ganas, ganas, me hacía mis cosas. Pero una cosa era hablar con los amigos, o imaginar cómo sería aquello del sexo y otra cosa era hacerlo. Era mil veces mejor hacerlo.

Yo estaba eufórico y tremendamente excitado. Entonces ella acercando su mano y tras desabrochar un par de botones del pantalón comenzó a tocarme a mi. Sus piernas, ya completamente abiertas, ofrecían sin traba ni recato a mi vista aquellas bragas blancas y mis dedos, cada vez más audaces, se hundían frenéticos allí adentro, cada vez más adentro.

De pronto, la voz de mi madre llamándonos desde la esquina, como cada noche, fue como un estrépito de campanas y cristales rotos rompiendo el momento. El glorioso, inolvidable y magnífico momento. Con prisas y a la carrera salimos cada uno en una dirección distinta y poco después, desde puntos distintos del maizal nos incorporábamos a la desbandada de chiquillos que corrían hacia sus casas.

Doy media vuelta en la cama y pienso que hoy no me voy a dormir nunca. Ya hace un buen rato que estoy acostado y no hago más que recordar y repasar una y otra vez los acontecimientos de hoy. Tengo la esquiva y molesta sensación de que, por más que los repase una y otra vez, algo fundamental, algo muy importante se me escapa.

Finalmente, cansado, soñoliento y tras masturbarme pensando en Petra, doy media vuelta y, ahora sí, creo que me voy a dormir.

La cometa. Cuento de una tarde de primavara.

La cometa. Cuento de una tarde de primavera.

Escrito por Tomás Moreno.

Estaba siendo una calurosa y soleada primavera .Como todas las tardes a primera hora, los rayos del sol caldeaban entrando a través del cristal de la puerta y poco a poco, un dulce y cálido sopor se apoderaba de todos nosotros, sumiéndonos en una especie de hipnótica duermevela.

Las campanillas de la puerta, repicando festivas, rompieron el hechizo cuando el chico entró ; con su aire aquel, a un tiempo apocado y decidido. La puerta de vaivén, lentamente, desanduvo el camino, haciéndolas sonar apenas en esta ocasión.

El chico, tras dar dos cortos pasos, levantó la vista y miró en derredor. Sus ojos, reflexivos y alegres, parecieron iluminar la tienda y un escalofrío de excitación y nervios nos recorrió a todos. ¡Un comprador!

Andaba pasito a pasito, deleitándose en el mirar, sopesando, dudando, palpando y tocándolo todo. En aquel momento y mirándolo deambular por la tienda, deseé con todas mis fuerzas ser la elegida; pues ya estaba un poco harta de aquellas cuatro paredes. El mundo de afuera, apenas vislumbrado a través del vaivén de la puerta, me atraía poderosamente y sabía, sí, de algún modo extraño e ilógico sabía, que aquel mundo estaría a mi alcance cuando, por fin, alguien me comprase y pudiera salir de la tienda.

¿Y por qué no? pensé. Yo era una hermosa cometa. Sin duda alguna, la más hermosa de la tienda. En cuanto a los demás juguetes, habían pocos que pudieran compararseme. Verdad es, que la muñeca rubia aquella, la que le dabas al botón y hablaba, era muy bonita. Y también estaban los soldaditos de plomo, tan apuestos y marciales... pero me daba en la nariz que aquel chico no buscaba muñecas, ni soldaditos de plomo.

Noté un pellizco de nervios cuando lo ví detenerse ante el balón. De reglamento. Con la firma de no se qué jugador famoso. Incluso llegó a cogerlo y a botarlo un par de veces; luego, muy despacio y como con pena, lo dejó en su sitio. Entonces levantó sus ojos, me miró y un escalofrío de reconocimiento y atracción pareció saltar entre los dos.

Levantándose sobre las puntas de los pies, pues apenas llegaba al estante, me cogió con sus manos y comenzó a observarme. Estuvo mirando y remirando mi esqueleto de cañas y la sonriente cara del payaso que llevaba pintado en el papel que lo recubría; con aquella enorme nariz roja, roja; con aquel sombrero, ridículo de tan gracioso, de un intenso color verde. Pasó sus manos, admirándolos, por los papelillos de colores que alegres adornaban mis bordes y estudió mi espléndida cola, confeccionada con retales anudados.

Apenas podía controlar mis emociones y mis nervios observando la cara del chico. Lo veía indeciso, sin acabar de convencerse. Finalmente, y tras un tenso instante, un chispazo alegre cruzó por sus ojos y sonriente y sin soltarme se acercó al mostrador donde, tras una breve conversación con el viejo que atendía la tienda, sacó unas cuantas monedas y las depositó sobre el mostrador.

El viejo cogió un ovillo de cordel que sacó de un cajón y tras meterlo en una bolsa se lo dio al chico, a continuación contó las monedas y las guardó en la caja. El chico, llevando en una mano la bolsa del cordel y sujetándome con la otra, salió inmediatamente a la calle y comenzó a correr.

Un ramalazo de pánico me sacudió entonces. ¡Por fin me habían comprado! y, aunque eso era lo que yo quería, no pude evitar sentir temor, angustia y miedo ante lo desconocido.

Poco después, el chico, que corría alegre y satisfecho, llegó ante una casa en la cual entró alborotando y voceando: ¡Mamá, mamá, mira mamá! ¡Mira lo que me he comprado! ¡Me he comprado una cometa! ¡Le voy a poner los tirantes y me voy al parque a volarla!

Tomó entonces unas tijeras y con ellas cortó tres trozos de cordel del ovillo que le vendió el viejo. Me fijé que los medía con sumo cuidado, procurando hacer los trozos iguales. Luego los ató a las cañas que formaban mi esqueleto. Dos cordeles en los extremos de arriba, el tercero en la intersección del centro. Luego anudó con varios nudos los extremos de los cordeles; a continuación ató allí también el extremo del ovillo de cordel.

Pareció quedar muy satisfecho. Repasó uno por uno todos los nudos y despidiéndose con un grito de su madre salió, de nuevo corriendo, a la calle.

Al poco llegó a un descampado, deduje que aquello debía ser el parque; con tantas idas y venidas y con los preparativos del chico yo me encontraba bastante confusa y asustada. No sabia lo que pretendía hacerme y la verdad, casi prefería no averiguarlo.

Entonces me dejó en tierra. Apoyó en el suelo la parte de la cola y me sujetó derecha manteniendo tirante el cordel que me había atado.

¡De repente lo entendí todo! En la tienda de juguetes había visto algo parecido. Recordé aquel día: un niño pequeño acompañado por su abuelo; compraron el camión aquel, el rojo y amarillo que tenia atado un cordel. El cordel servia para tirar de él. Compraron el camión y el niño se marchó tan satisfecho, tirando del cordel y arrastrando el camión.

¡Aquel diablo de chico pretendía arrastrarme tirando del cordel! pero... yo no era un camión. ¿Cómo podía tratarme así?

En estas, el chico echó a correr con el cordel bien cogido y claro, comenzó a arrastrarme tras él . Yo me sentía indignada viéndome tratada de aquella manera; como a un maldito camión. Ya no sentía miedo sino furia; comencé pues a resistirme. No pensaba dejar que me arrastrase por los suelos y me resistí con todas mis fuerzas tirando hacia atrás, tirando, tirando...

...De pronto ¡oooohh maravilla! ¡Estaba volando! El suelo se alejaba mientras el chico corría soltando hilo del ovillo... ¡Estaba volando!

El chico dejó de correr. Había soltado unos treinta o cuarenta metros de hilo y se le veía muy pequeño allí abajo. Completamente absorta y aturdida, aunque también alegre y satisfecha por aquel inesperado milagro, tardé un rato en ir captando y asimilando en plenitud y profundidad todo lo que estaba ocurriendo. Primero fui sintiendo el viento restallando en mi cara, con los papelitos del borde agitándose y bailando satisfechos y con mi cola, mi esplendida y hermosa cola, colgando y ondeando.

Luego comencé a fijarme en lo que me rodeaba. En aquel parque habían árboles; algunos eran altos, pero yo estaba volando por arriba de ellos. Parecía casi que podía mirar a las nubes cara a cara. Pasó un pájaro muy cerca, casi tocándome. Miraba el suelo, muy abajo y me parecía sucio y marrón, polvoriento.

Miraba el mundo, desde arriba volando, y pensaba que jamás hubiera supuesto lo grande que era y lo hermoso y... de pronto la idea. Fue como un relámpago cegador.

¡El chico lo sabía! ¡Él sabía que yo podía volar! ¡Por eso el cordel! ¡Temía que escapara volando! Me quedé mirando al chico allí abajo, sujetando el cordel. El cordel que me ataba, que me impedía volar a placer por donde yo quisiera y un regusto amargo y rebelde ensombreció mi corazón. Decidí entonces escapar; tenia que romper aquel cordel. No soportaba ni un instante más seguir atada por aquel infame cordel. Tiré pues con todas mis fuerzas; moviéndome con violencia y dando bandazos a derecha e izquierda. Tiré y tiré y tiré y entonces, con un chasquido, el cordel se rompió.

¡Lo había logrado! pensó ¡Ya era libre!

Ahora podía volar donde quisiera.

¡Malditos conejos! Cuento de una tarde de verano

¡Malditos conejos! Cuento de una tarde de verano.

Escrito por Tomás Moreno.


Con suerte quizás acabe pronto y aun pueda ir un rato a jugar, piensa. Mientras aprieta el paso con gesto rápido y decidido por el polvoriento camino.

Apenas ha comenzado el verano, tan solo estamos en junio; pero ya lleva un par de meses sin llover y las brozas de las cunetas amarillean agostadas. Bajo el brazo lleva un saco de arpillera enrollado y dentro del saco una pequeña hoz. Cuando vuelva a casa, el saco ahora vacío, deberá estar lleno. Lleno de hierba para los conejos.

¡Malditos conejos! No le gustan los conejos. Bueno…, comérselos si le gusta. En realidad es, prácticamente, la única carne que comen. Su madre los fríe con ajitos, o los mete en la paella, o hace un guiso con patatas. Claro que, también comen patos. Una vez al año su madre compra en Moncada, en el mercado, quince o veinte patitos y luego los van engordando y cuando ya están bien gordos: ¡A la cazuela! También a veces compra algún pollo, o en ocasiones muy especiales, por Navidad o así, algo de cordero en la carnicería. Pero claro, el conejo no hay que comprarlo. En casa siempre tenemos conejos y rara es la semana que no matamos alguno.

Pero... ¡Cómo comen¡ Cada dos o tres días hay que ir con el saco y llenarlo. Luego hay que extender la hierba para que seque un poco, pues recién cogida, en ocasiones, les produce diarrea. Y ya, cuando ha secado unos días, se la comen.

Por eso no le gustan los conejos. El querría estar jugando con sus amigos al fútbol, o tirando piedras, o haciendo cabañas. Pero no. Hay que ir a por hierba para los malditos conejos. Además. Los conejos no son esos animalitos simpáticos que algunos creen, no. El ha visto como una coneja que no quería estar con un macho lo castraba a mordiscos. Algunas conejas matan a sus crías. O las sacan de la cama que se hacen con pelos y hierba seca y las dejan morir de hambre y frío. Y los machos viejos, los que su padre pone con las conejas cuando quiere que se queden preñadas, esos no pueden estar con los jóvenes. Les muerden y si pueden los matan.

Odia a los conejos. Para lo único que sirven es para comérselos. Y para cambiar sus pieles. Cuando matan un conejo y tras desollarlo, la piel se pone a secar. Luego, de vez en cuando, pasa por la calle un buhonero con su carro y cambia las pieles de conejo, que a nosotros no nos sirven para nada, por platos y vasos, agujas de coser para su madre y cosas de esas de la casa.

Los patos son mejores, ellos no comen hierba. Menos hierba, los patos se lo comen todo: las sobras de la casa se las comen ellos; hasta las pieles de melón o de sandia, su madre las corta en pequeños trocitos y ellos las engullen. En verano, por los campos de alcachofas secas, cogemos a puñados caracoles de esos chiquirriticos, que no sirven para nada, y llenamos un cubo o dos. Luego, ya en casa, los chafamos con una piedra y los patos, literalmente, los devoran enloquecidos.

Con estos pensamientos, el niño está llegando ya a su destino. Es mala época para salir a buscar hierba: como apenas llueve, la hierba escasea. Pero el otro día, pasó por un huerto de naranjos donde no la habían escardado y estuvo observando que había mucha.

El huerto está rodeado por un seto de cipreses ya muy crecidos. Las ramas de los árboles, entrelazadas, forman una valla inextricable; pero aquí y allá, hay un par de pequeños huecos. En realidad muy pequeños; casi tan pequeños como el niño que, con la habilidad y destreza de un conejo, se escurre por uno de ellos y: ya está. Está dentro y como le pareció entrever mirando a través del seto, está lleno de hierba. Por entre las hileras de naranjos los ve. Los más jugosos “llicsons” están esperando a que los cojan. Es el paraíso. El niño piensa que allí, en un rato, llenará el saco. Además, el huerto está relativamente cerca de casa, cosa muy importante, pues luego, una vez lleno el saco pesa.

Y hay mucha hierba, para muchos días, pues el huerto es bien grande. Contento deja el saco en el suelo, junto al tronco de un naranjo y cogiendo la hoz comienza a buscar las cerrajas más tiernas. Los famosos “llicsons”, la hierba favorita de sus conejos. ¡Malditos conejos!

La punta de la hoz, que está muy afilada, se hunde con facilidad en la tierra suelta cortando las plantas de raíz. Cuando lleva en la mano unas cuantas plantas, las deja en el suelo formando pequeños montones y sigue adelante, hasta que, otra vez las manos llenas, hace otro pequeño montón. Hace calor, el sudor empapa su frente y, mirando atrás, comprueba el fruto de su esfuerzo: pequeños montones de hierba señalan el paso, un tanto errático, de su hoz. Piensa satisfecho que su madre estará contenta cuando llegue a casa. Llenará el saco hasta arriba, y además, la hierba es muy buena, muy tierna y jugosa.

Ya lleva un buen rato enfrascado en la tarea y cree que ya tendrá bastante. De todos modos, aunque el saco no quede lleno hasta arriba no importa. Cuando se acabe la hierba, mejor dicho, cuando los malditos conejos se coman la hierba, simplemente vendrá a por más.

Así pues, da media vuelta y, desandando el camino, va recogiendo los montones de hierba. Pronto, los montones, que no parecían muy grandes, apenas le caben en los brazos. Los tira al suelo y observa que todavía quedan varios montones sin recoger. Ahora tiene un montón grande y varios pequeños. Decide llevar los pequeños hasta el grande y luego ya la meterá toda en el saco. El niño de pronto se queda parado , con un brazado de hierba en la mano y a medio camino del montón.

El saco... ¿Donde está el saco? Tira la hierba que lleva en la mano sobre el montón, deja la hoz cuidadosamente a un lado y volviendo sobre sus pasos se pone a buscar el saco.

A ver, piensa, cuando entré en el huerto, el saco lo dejé junto al tronco de un naranjo que estaba allí mismo. Buscaré el agujero por donde entré y allí al lado tiene que estar el puto saco. Se pone pues a buscar el agujero. Va andando junto al seto, despacito y mirando; cuando ya lleva un buen trecho y no encuentra ningún agujero comienza a ponerse nervioso. Retrocede buscando el montón grande de hierba y, cuando lo encuentra, intenta situarse. Pero el huerto es como un laberinto, las hileras de naranjos, todas iguales, no le ofrecen ninguna referencia; tan solo sabe que el saco está en la dirección contraria a la que llevaba cuando cogía hierba. Entonces tenia el seto a su derecha, así pues, para encontrar el saco y el agujero por donde entró en el huerto, tiene que andar con el seto a su izquierda. Se pone en marcha lentamente, dejando el seto a su izquierda. Va mirando el seto, buscando el agujero, también busca al lado de los troncos de los naranjos, donde recuerda que dejó el saco. Como anda despacito y fijándose en todo, va encontrando pequeños montones de hierba, todavía sin recoger. Decide recogerlos y llevarlos al montón grande, que es ahora mismo su única referencia. Observa consternado, que cuando cogía hierba, no llevó un linea recta que digamos. Por el contrario, la posición de los montones, señala que fue saltando hileras y zigzagueando. Eso hace, que ya no esté en absoluto seguro de por donde entró y, aun menos, donde dejó el saco.

El nerviosismo del niño va en aumento. Los últimos montoncitos de hierba se reúnen con el grande, que ahora, alcanza ya un tamaño considerable. Pero tiene que estar por aquí, tiene que estar, piensa ya un poco asustado. Está dando vueltas por la zona donde ha recogido los últimos montones. Tiene que estar por aquí, se repite obsesivamente. Pero busca y busca y el saco no aparece por ningún lado.

Por primera vez , considera la posibilidad de que el saco no aparezca. Apenas la idea pasa por su mente y ya francamente asustado se pone a llorar. El niño es muy pequeño, no tendrá más que nueve o diez años. Le da que pensar lo que dirá su madre si aparece por casa sin el saco. Sabe que le espera una buena. Porque ¿cómo explica que no sabe donde dejó el saco? Le van decir que está tonto, y un par de guantazos no se los quita nadie. Cuando piensa esto, el chiquillo, llorando y sorbiendo los mocos, se pone de nuevo a buscar el saco. Ademas, se está haciendo muy tarde, mayor motivo para los guantazos; pensará su madre que se ha entretenido jugando y ha perdido el saco, o que alguien se lo ha quitado. Pero busca y busca para nada: el saco no está.

Sabe que es imposible, el saco tiene que estar allí, pero no lo encuentra. No está. Ni siquiera ha encontrado el agujero por el cual entró en el huerto. Aunque eso no le preocupa, pues cuando quiera salir y teniendo la hoz, en cualquier lugar donde las ramas del seto raleen un poco, agranda en seguida un agujero y fuera.

Llorando y todavía mirando se dirige hacia el montón. Coge la hoz y un puñado grande de hierba y se dispone a salir. Sabe que se ha hecho tarde, tiene que volver a casa, pues cuanto más tarde, más enfadada estará su madre.

Pero no. Es algo superior a sus fuerzas, no puede marcharse sin encontrar el saco; vuelve a dejar el puñado de hierba y la hoz en el montón y volviendo sobre sus pasos se dice a si mismo que hará un último intento.

Es ya una cuestión de principios, o de finales. Piensa que, llegar a casa sin el el saco, será como fracasar en algo muy importante. Es una sensación extraña, que no sabría ni siquiera explicar; pero está muy claro, sin el saco no vuelve a casa. Sigue buscando, sabe que el saco tiene que estar cerca. Entonces se pone a rezar. Apenas va algún domingo a misa, pues sus padres no van nunca, pero se acuerda del catecismo de cuando tomó la primera comunión. Ademas, en el colegio también rezan. Sabe que, cuando necesitas algo, hay que rezarle a Dios y él te lo da. Está cansado y asustado y ya no sabe que más hacer para encontrar el saco. Piensa pues que le rezará a Dios y él le mostrará donde está el puto saco. Intenta rezar el padrenuestro, pero está ya tan asustado que apenas ni se acuerda. Su rezo se convierte en un gemido y un entrecortado: por favor señor, por favor señor, por favor…

Entonces da la vuelta y mira y allí está: al lado del tronco del naranjo, donde él lo dejó. Confusamente se da cuenta de que está un par de hileras alejado del seto, de todos modos se dirige hacia el seto y, en efecto, allí está el agujero.

Medio llorando todavía, vuelve con el saco hasta el montón de hierba y la va remetiendo a grandes puñados. Si que había mucha, se llena hasta arriba. Clava la hoz en la hierba y se dispone a volver a casa. Con el saco. Lleno hasta arriba. Vuelve pegadito al seto y buscando el agujero; cuando lo encuentra, se mete por él como un topo y arrastrando el saco sale a la otra parte.

Carga con el saco que, vaya que si, pesa bastante y andando para casa. El llanto y el temor han pasado ya y una confusa mezcla de sentimientos se amontonan en su corazón. Por un lado, ingenuo agradecimiento; pues al fin le devolvió el saco. Por otro, un punto de infantil rencor, pues sabe que, el saco, siempre estuvo allí. Pero Dios no permitió que lo viera hasta que no lo suplicó.

Cuando llega a casa, su madre, más aliviada que enfadada, le da dos voces y le dice que buenas horas son, que cómo ha tardado tanto, que no hacia falta que llenase tanto el saco. El niño se justifica, le dice que no se dio cuenta de lo tarde que era y, aliviado, se marcha un rato a jugar. No sin acordarse antes de vaciar el saco y extender la hierba. ¡Malditos conejos!

De todos modos y por si acaso, no piensa volver al maldito huerto.

Imitando modelos

Imaginaos la convocatoria de un casting solicitando concursantes para un reality que buscase héroes. O quizás, podríamos buscar santos

Imaginaos un reality-concurso donde los participantes, se vieran expulsados por la “casa” por cobardes y pecadores, como decía Chiquito de la calzada.

Imaginaos a Jorge Javier Vázquez, haciendo el recuento semanal de las ancianitas ayudadas por Alessandro Lecquio a cruzar un semáforo. O a Belén Esteban embarcada en una cruzada para restaurar campanario.....s de iglesias en ruinas.

Imaginaos un casting, que buscase personas generosas, altruistas, con espíritu de sacrificio y sentido del deber; con dotes personales que incluyeran la amabilidad, la simpatía, una gran capacidad empática y un profundo amor por la vida.

Ridículo ¿verdad? ¿Qué interés tendría ver un programa con semejantes concursantes?

Más importante aun: ¿encontraríamos concursantes?

Lo bien cierto es, que la sola enumeración de las virtudes anteriores citadas ya empalagué y hastié. Aburre.

Me planteo todas estas cosas cuando faltan dos días para La Semana Santa. Ya sabéis: vacaciones, playa o quizás montaña, procesiones espectaculares en, prácticamente, cualquier ciudad de la geografía española.

Fiesta, mucha fiesta. Turismo, negocio, hoteles a rebosar, mucho dinero. La Semana Santa vende sola.

Per La Semana Santa, también es otra cosa, es algo más. En La Semana Santa, los creyentes conmemoran y celebran La Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo. La historia es bien conocida. Nos cuenta el fracaso y la derrota del hombre honesto e inocente a manos de sus crueles enemigos, y la posterior victoria, obtenida cuando ya toda esperanza quedaba aplastada por el peso inamovible de la muerte.

Nos cuenta como un hombre, que muere ajusticiado como un malhechor, resucita como Hijo de Dios.

Como decía, la historia es cosa sabida. La pregunta es ¿Por qué esta fantástica historia despierta hoy día tan poca expectación? ¿Quizá sea que en el fondo no nos la creemos?

Las sociedades humanas buscan constantemente modelos, referencias que guíen nuestras expectativas de vida.

Hoy, los modelos, los referentes que suelen ejercer una especie de fascinación hipnótica en la gente son grandes deportistas, los actores o cantantes de éxito, algunos grandes empresarios con fortunas difícilmente concebibles. En todos ellos la conjunción de factores como: éxito, dinero, fama, atractivo social y sexual que suele acompañarles, convierte a esas personas en irresistibles modelos de comportamiento que influyen de forma importante en todos nosotros. Esto es algo muy humano. Es la base de toda capacidad de aprendizaje. Cuando observamos conductas que tiene éxito procuramos imitarlas.

No hay nada extraño en ello; es cosa vieja y sabida. No obstante la cuestión de fondo queda pendiente: ¿Por qué el hombre que alcanzo el triunfo jamás soñado esta dejando de ser modelo y referencia? ¿Por qué la imitación de Cristo esta pasada de moda?

Jesucristo, con el ejemplo de su vida, nos enseña el camino del éxito. Nos lo dice explícitamente: Yo soy el camino, la verdad y la vida, quien crea en mí vivirá eternamente. Fijaos donde pone Jesucristo el acento. No dice quien crea en mi mensaje. El mensaje es Él.

Quizás dos mil años de historia, de errores y fracasos eclesiales han desgastado la credibilidad de la figura y el evangelio de Jesucristo.

A pesar de esto yo, que también he visto mi fe golpeada y zarandeada por los embates de la vida, sigo queriendo buscar mi referencia, mi modelo en Jesucristo.

En Jesucristo en la Cruz. Como recordamos en Semana Santa, en la tremenda contradicción de la cruz. Símbolo de fracaso, dolor y muerte. Y signo de la exaltación, triunfo y victoria. La esencia misma de la humanidad se muestra en esta contradicción. ¿Cómo alguien que es Hijo de Dios elige morir en la cruz? ¿No hay otra forma de mostrarnos el triunfo del hombre? ¿Es la cruz el único camino que lleva a Dios?

La aspiración a la felicidad del ser humano, alcanza en nuestros días rango de derecho universal. El conciliar esta aspiración a la felicidad, con la exigencia de tomar nuestra cruz y seguirle, es, en mi opinión, la gran tarea pastoral de la iglesia hoy.

Pues la imitación de Cristo, esa que nos hace decir con San Pablo: “Ya no soy yo quien vivo, es Cristo quien vive en mi, necesariamente nos lleva a la Cruz de la renuncia, a la cruz de la muerte de nuestros egoísmos, de nuestros miedos, de nuestras equivocadas escalas de valores. Hasta aquí todo correcto, todo muy viejo, muy sabido y trillado.

Pero la gente necesita ser feliz aquí y ahora. Cuando yo leo el evangelio, veo aun hombre feliz. Jesucristo me parece un hombre que transmite esperanza, alegría, ganas de vivir y de amar.

No en balde, su predica él la llama: Buena nueva. Jesucristo nos trae buenas noticias. Nos dice que Dios nos ama, que podemos ser felices aquí y ahora, y que, como Hijos de Dios y poseedores de un alma inmortal, nuestro destino es la vida inmortal.

Volviendo a lo de los castings y aquello de buscar modelos y referencias de conductas, siempre encontré a faltar, en la proclamación de Cristo que la iglesia hace, un mayor peso de los aspectos positivos que la imitación de Cristo aporta al hombre. Por el contrario abundan los aspectos negativos, sensacionadores y represivos del mensaje cristiano.

El cristianismo hoy en día, debe encontrar su razón de ser, en la posibilidad de que cristo nos brinda de vivir una vida más plena, mas humana, más feliz en suma. Para ello deberíamos actuar como Él; o mejor aun: dejar que Él actúe por nosotros y en nosotros.

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