LA CAMA
Un relato escrito por: Tomás Moreno y Sara Moreno
Capitulo II. Día 17.
Al morir Ramón Muntaner, próspero comerciante en telas, dejó a su viuda una modesta renta, proveniente del arriendo de unas tierras que, dedicadas al cultivo del arroz, poseía cerca de Sueca, unos pequeños ahorros y un enorme edificio de dos plantas, cercano a la lonja y al mercado central. Rosa, la viuda de Ramón, mujer animosa y emprendedora, resolvió abrir en aquella casa, por demás grande para ella sola, una modesta pensión. Tal que, distrayendo sus días, acrecieran sus caudales. Adquirió pues, en la citada tienda de ocasión, unos cuantos muebles, algunos cuadros, cortinas y diversos enseres, con los cuales amuebló y decoró, con pretendido gusto y evidente tacañería, las habitaciones y alcobas del segundo piso del inmueble.
Tan solo una excepción hizo Rosa en la parca inversión realizada en sus compras. No lo pudo evitar; apenas sus ojos vieron la espléndida cama, desmontada y parcialmente oculta por otros muebles, polvorienta, criando telarañas y esperando en su rincón, supo que debía comprarme. Inicié así mi andadura en la "Pensión Rosa".
Mis recuerdos de los primeros días de mi estancia en la pensión son tristes y confusos, andaba con el ánimo revuelto por pesimistas y encontrados sentimientos. Temerosa, aguardaba expectante los desconocidos acontecimientos que el futuro me reservaba.
Por suerte, el temor y la ansiedad primeros, mudaron más tarde, tras comprender qué era una pensión, en curiosidad y placer. Pues la pensión representaba para mí un gigantesco escaparate, por el cual yo, asomándome a las variopintas vidas de los huéspedes de Rosa, tomaba posesión y conciencia de un mundo sorprendente y fascinante; cuya existencia, hasta entonces, tan solo había intuido y sospechado.
Tras el instantáneo flechazo que Rosa experimentó al descubrirme en la tienda, pensó en reservarme para su uso personal. Pero más tarde llegó a la conclusión de aquello sería, poco menos, que traicionar la memoria del difunto, pues el decoro exigía seguir usando la cama que, hasta su muerte, compartieron.
Decidió entonces reservarme para huéspedes especiales. Para aquellos que merecieran, a su juicio, el detalle y el honor de yacer y dormir en la mejor cama de la pensión.
Como restos de olvidados naufragios empujados por las olas y arrojados a la playa, los huéspedes de Rosa llegaban, se instalaban por un tiempo, en ocasiones muy breve y a continuación marchaban.
Entre estos abundaban los viajantes de comercio. Algunos de ellos, colegas del difunto Ramón, representaban a las grandes fábricas textiles de Tarrasa y Mataró. Solían quedarse tres o cuatro días, el tiempo justo para visitar las tiendas y los sastres de la ciudad. Otros huespedes, en cambio, prolongaban su estancia por semanas, incluso meses; eran empleados desplazados, obreros de la construcción y gente de los pueblos del interior. Llegaban a la ciudad buscando un futuro mejor. También solían alojarse, por temporadas y en ocasiones, alguna que otra prostituta, de las que practicaban su oficio en el cercano barrio chino. Con estas últimas la patrona Rosa, mujer de gran corazón, pero muy corrida y avisada, solía tener un especial cuidado; pues no era extraño que, desapareciendo de improviso, dejaran sin pagar alguna que otra cuenta.
Cuando tal desgracia ocurría, la enfurecida patrona juraba y perjuraba, por la gloria del difunto, que jamás volvería a confiar en nadie, que una pobre viuda como ella no podía hospedar a la gente sin cobrar, que desde ese mismo instante pensaba cobrar a la gente por adelantado. Arremetía indignada contra el mundo en que vivimos, falto, según ella, de toda virtud o principio moral que mitigase la natural y perversa inclinación de las gentes al mal obrar. Las peroratas, encendidas y abundantes los primeros días, menguaban al cabo y desaparecían después; surgiendo con renovada fuerza, cuando algún nuevo agravio venía a turbar el ánimo y a menoscabar la hacienda de la viuda.
Las festivas y muy conocidas notas de "Paquito el Chocolatero", traen de vuelta mi atención a la falla y a todo el festivo bullicio que alegre la acompaña y nos rodea. La comisión fallera al completo, acompañada por la vocinglera banda, se dispone a participar en la ofrenda de flores a la Virgen. Las falleras, portando sus ramos de flores,se alinean siguiendo las órdenes y los gritos del presidente de la comisión.
Finalmente comienzan a desfilar con lentitud, dirigiéndose al punto de concentración que, previamente, les ha sido asignado.
Nerviosas, ilusionadas y contentas, las falleras desfilan con garbo al son de la marchosa música. Algunas incluso, dejando ir sus cuerpos, desfilan bailando a los sones del "Paquito...". La gente, ocupando las aceras, se paran y arremolinan viéndolas desfilar; comentan y critican todo lo que ven. El color de las telas de los trajes, el garbo de algunas al desfilar, el poco arte de otras; si las filas están muy juntas, mal; si están muy separadas, peor. Si la banda esto... si el presidente lo otro.... ¿Has visto el aderezo de esa y el vestido de aquella?.
Es la fiesta de la opinión popular. Las mismas fallas son cuidadosa y apasionadamente analizadas, diseccionadas, alabadas o criticadas. De este modo, el proceso de catarsis social que la fiesta de las fallas escenifica, con sus críticas y burlas, con la sátira que hace de usos y costumbres, de vicios y pecados, ve cerrado su circulo y encuentra su plena justificación, en esta apasionada interacción que, de forma un tanto mágica, se establece entre la falla y el público.
Pues el público, cuando mira la falla se reconoce. Reconoce y festeja como propias, aquellas costumbres que, criticándolas, la falla exhibe. Cuando reconoce en un "ninot" a un político, o a un famoso, lo hace con una sonrisa y con un sentimiento de cómplice camaradería; pues sabe que todos, en mayor o menor medida, somos "ninots" de falla, o podemos serlo.
Así, con su crítica, con su burla, en ocasiones feroz, la falla airea y saca a la luz todo aquello que debe ser mejorado, que debe ser corregido. Que será finalmente quemado en un gigantesco, festivo y simbólico auto de fe; propiciando que de las cenizas, como nuevo ave fenix, resurja un nuevo modo de obrar. Un nuevo hombre, una humanidad renovada, más justa y mejorada.
En esta linea, la fiesta de las fallas entroncaba y emparentaba con numerosas ceremonias, fiestas o sacrificios que la humanidad venía practicando y celebrando desde tiempos inmemoriales: ceremonias de muerte y renacimiento, fiestas sacro-políticas donde el rey-dios entronizado era posteriormente sacrificado, asegurando de este modo la supervivencia del reino. Sacrificios de expiación, donde los pecados de la comunidad, previamente transferidos a la victima propiciatoria, eran lavados por la sangre derramada con su muerte.
En estos aspectos de forma evidente y en otros de un modo sutil, la fiesta de las fallas, conectando con la esencia de los misterios órficos y dionisíacos que aún alientan en el alma antigua e inconsciente de la humanidad, canalizaba, de un modo lúdico y pacífico, oscuras pulsiones de muerte y destrucción, las cuales, lejos de haber muerto o desaparecido y tras quedar soterradas por los altos muros erigidos por la iglesia primero y por el estado científico-laico después, aguardaban impacientes el orgiástico momento de poder manifestarse.
Las falleras, con sus flores, con su banda y su comisión, se alejaban. Eran las primeras horas de la tarde y la fiesta andaba todavía como desperezándose. Todo el cortejo de tenderetes, puestos de buñuelos, de bebidas , de bocadillos y artículos de recuerdo cercanos, flanqueaban, escoltaban la falla, como centinelas tranquilos y silenciosos. Tan solo la música del cercano casal, con el volumen excesivamente alto como siempre, atronaba. La sagrada hora de la siesta reclamaba sus derechos; la gente transeúnte, escasa, iba y venia. Al pasar, con ojos distraídos y como al acaso, miraban la falla.
Ensimismada retorné gustosa a los recuerdos de la pensión. Desde hacia un buen rato un nombre, insistente, rondaba mi pensamiento.
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MIKE HANSEN
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En realidad se llamaba Miguel Reinal y vivió una larga temporada, algo más de seis años, en la habitación que yo amueblaba. Un armario ropero, que Miguel usaba en parte como librero, una mesa y un sillón, más un palanganero completo, con jofaina, jarra y toalla, completaban la decoración.
Miguel había sido maestro. Maestro de escuela; y ademas enamorado de su profesión. Tras la guerra civil, Miguel, que era hombre de izquierdas, vio como el nuevo gobierno, junto a inmensas multitudes en su misma situación, lo encarceló largo tiempo en distintos campos de concentración. Después vino el servicio militar. Obligatorio y tres años. Y tras la licencia, el paro y la miseria. Sus antecedentes políticos: sindicalista y de izquierdas, lo inhabilitaron, a juicio de los vencedores, para ejercer su amada profesión de docente. Se vio pues obligado, so pena de morir de hambre, al desempeño de los más variados y humildes oficios.
Trabajó en cualquier cosa que encontró. Fue peón caminero, y supo de las duras jornadas de sol a sol reparando carreteras y caminos. En una pequeña fundición, que suministraba ferralla para la construcción, encontró después acomodo. El trabajo era duro y peligroso. Las quemaduras, a causa de protecciones insuficientes e inadecuadas, solían ser pequeñas pero frecuentes. Fue por aquella época cuando apareció por la pensión. Favorablemente impresionada por su trato afable y su exquisita corrección, y advirtiendo en Miguel esa clase de calidad humana que solemos esperar de los grandes hombres, Rosa, la patrona, lo instaló en su mejor habitación.
Era un hombre, Miguel, de unos cuarenta y pocos años, moreno, delgado y no muy alto, su pelo raleaba y mostraba grandes entradas. Su expresión era seria y reconcentrada. En una maleta vieja y desvencijada llevaba todo su equipaje que, apenas entró en la habitación y con maniática pulcritud, fue ordenando y acomodando en el viejo armario. Un par de mudas, algunas camisas y pantalones, unos zapatos, no demasiado viejos y cuidadosamente envueltos en papel de periódico, además de unos cuantos libros escogidos que Miguel apreciaba casi tanto como a su vida: Crimen y Castigo, Los Hermanos Karamazov, Los Miserables y un Quijote, todos encuadernados en tela y tapa dura; y algunos libros baratos de la Colección Austral: Niebla y la Tía Tula de Unamuno, El rayo que no cesa, de Miguel Hernandez y algún otro de Antonio Machado.
Solía terminar las jornadas en la fundición con el cuerpo agotado y el espíritu embrutecido. Pues cada día más, la ausencia de sus libros de texto, de sus clases, de sus alumnos, lo hería en el más profundo centro de su ser. Maestro por vocación, Miguel sentía que aquel destierro de la docencia apagaba y sumía su espíritu y su intelecto en la más negra y terrible de las miserias.
Mitigaba su frustración y necesidad espiritual llevando un diario. En él anotaba, de vez en cuando, pensamientos y reflexiones que los hechos cotidianos le sugerían. Tomando un sesgo más literario, su escritura en ocasiones producía cuentos, relatos y alguna que otra poesía.
Un domingo, paseaba por la plaza Redonda rebuscando en los puestos de libros viejos. Como siempre, embebido en los títulos y calculando como invertir más provechosamente las pocas pesetas de que disponía, apenas reparaba en la gente que atestaba la plaza. Al poco, no obstante, se fijó en alguien que, muy cerca de él, ocupado hasta entonces en la búsqueda de títulos y con un par de libros en las manos, le miraba sorprendido exclamando:
—¡Hombre, Miguel! ¡Que alegría, cuanto tiempo sin vernos!
—¡Paco Gomez! ¡Vaya... menuda sorpresa!— exclamó también Miguel reconociendo a su interlocutor.
Paco y Miguel se conocieron, tras la guerra, en uno de los campos de concentración por los cuales pasaron. Los dos habían sido maestros y a los dos se les prohibió ejercer su profesión una vez finalizada la contienda, so pretexto de sus ideas republicanas y progresistas.
De esto último se enteró Miguel mientras apuraban un par de cañas y unas aceitunas en el cercano bar. —Así que a tí también te pusieron la cruz— comenta Miguel con evidente amargura. No obstante, decía a continuación, tienes muy buen aspecto. Parece que te van bien las cosas.
La conversación se desarrolla en una mesita de un rincón. El tono de voz tranquilo, sin gritos ni cuchicheos que puedan llamar la atención.
—Pues claro que me va bien— contesta Paco. —Trabajo escribiendo novelitas para una editorial. Hay que escribir a destajo, pero no pagan mal. ¿Y tu qué haces, a qué te dedicas?— pregunta a continuación.
Miguel le cuenta lo de la fundición, la dureza del trabajo. Tiene las manos encallecidas y llenas de pequeñas cicatrices de quemaduras. Paco pide dos cañas más y las paga; bebe en silencio mientras escucha a su amigo. Después los dos beben; no hablan de los tiempos, duros y difíciles, compartidos en el campo de concentración. Aquello es como la base, como el substrato donde ambos hunden sus raíces profundamente, pero es algo que se da tan por supuesto, algo tan evidente y sabido, tan obvio, que ni se nombra; tan subterráneo y escondido que, casi, casi, ni se piensa.
Entonces Paco le hace la propuesta. La increíble y asombrosa propuesta: —¿Por qué no escribes un par de de novelitas y las llevamos a la editorial?
En un principio Miguel reacciona con susto —No se si seré capaz— después con dudas —¿Tu crees que yo podría?— y finalmente con esperanza —¿Y dices que seguro que las publican y que pagan bastante bien?
Paco insiste. Le explica que la editorial está vendiendo mucho. Son novelitas de a duro. De vaqueros, de ciencia-ficción, de hazañas bélicas, incluso románticas. El mismo Miguel guarda en su casa, en el armario de la pensión donde vive, alguna de aquellas novelas. Casi todas de un género: la ciencia-ficción y de un autor: George H. White, que encuentra especialmente agradables e interesantes.
Su amigo le explica que todos aquellos nombres anglosajones no son más que seudónimos; que él mismo publica con el seudónimo de Peter Horn. Miguel reconoce el nombre, incluso cree haber leído alguna de sus novelas. Paco sigue argumentando, le asegura que un hombre con la cultura y la experiencia humana que él posee, no debe tener mayor problema en escribir aquellas novelitas de aventuras, tiros y fantasía.
Miguel se va dejando convencer; las dudas y temores iniciales desaparecen. Comienza entonces a interesarse por los aspectos técnicos: que cuantas páginas suelen tener, que cual es el estilo de lenguaje más apropiado, que si la censura... que si la editorial... Paco, contestando a sus preguntas con optimista seguridad, fortalecía la confianza que Miguel sentía crecer en su interior. Finalmente y tras contar Miguel que en la pensión, entre los papeles de su diario, tenia escritos algunos cuentos que, estirándolos un poco podrían convertirse en novelitas de ciencia-ficción, acordaron verse en aquel mismo bar dos semanas más tarde. En aquel tiempo, pensaba Miguel podría, robando algunas horas de sueño, escribir al menos una de las novelas.
Cuando transcurridas las dos semanas se encontraron como habían acordado en el bar, Miguel llevaba bajo el brazo un montón de cuartillas. Escritas a mano, pues ni máquina de escribir tenía, llenas de tachaduras, correcciones y algún que otro goterón de tinta. Con un sentimiento mezcla de orgullo y timidez se las mostró a Paco diciéndole —Bueno... pues aquí está; echale un vistazo y ya me dirás— Paco no contestó; pidió dos cervezas y, tras sentarse en la misma mesa que ocuparon la vez anterior, comenzó a leer. Miguel, intranquilo y nervioso, espiaba los gestos de Paco y fumaba, incansable, un cigarrillo tras otro mientras su amigo leía. Este, en ocasiones y dudando ante la enrevesada caligrafía preguntaba —¿Qué pone aquí?— Cuando hubo leído la última cuartilla se levantó y acercándose a la barra pidió otras dos cervezas. Las llevó él mismo a la mesa. Luego se acomodó en la silla, bebió un largo trago y se quedó mirando a Miguel en silencio. Este, nervioso preguntaba, exigía.
—Venga, dime algo ya, no me tengas en ascuas. ¿Crees que puede valer?, dame tu opinión.
Paco entonces, jugueteando con el botellín de cerveza se lo dijo —Sí, creo que sí les interesará a los de la editorial. Tiene defectos de novato, pero no está nada mal y seguro que la publican—. Miguel miraba, sonriente y como un poco ido, mientras Paco desgranaba, metódico y machacón, los pasos a seguir: Llevar el original corregido a la editorial, él lo acompañaría y presentaría. Despedirse de la fundición. Esto a Miguel le daba un poco de miedo. Pero él insistía. No puedes, le argumentaba Paco, trabajar por el día en la fundición, con agotadoras jornadas de diez horas y luego por la noche, en vez de dormir, escribir. Hay que quemar las naves, repetía. Comprar una máquina de escribir; esto es fundamental, machacaba; ya nadie escribe a mano. Y a ponerse a escribir.
Miguel, venciendo sus dudas, le hizo caso. Despidióse de la fundición, compró una destartalada y vieja máquina de escribir que encontró en una tienda de ocasión y, tras firmar un contrato con la editorial, un tanto leonino, pero que a él le pareció el mejor de los contratos, se dedicó a tiempo completo al oficio de escritor. Adoptó el seudónimo de Mike Hansen y se convirtió en novelista.
Siguiendo los consejos de Paco, adquirió la costumbre de escribir en horarios regulares. "Cógelo como si estuvieses todavía en la fundición" decía. Y así lo hacia. Se levantaba a las ocho y, una vez desayunado, escribía de corrido un par de horas, tras las cuales, bajaba a la calle y acercándose al cercano mercado central, solía almorzar los suculentos bocadillos que preparaban en el bar del mercado. Unos días tortilla de patata, con el pan bien untado con el sustancioso ajo-aceite, otras especialidades de la casa eran los calamares rebozados, o un "blanco y negro" con guarnición de pimientos fritos, todo bien regado con cerveza en verano o con un vaso de vino tinto en invierno. A las once, volvía a la pensión y escribía otras dos horas. La hora de la comida, que solía hacer desde que no trabajaba en la fundición, en el comedor que Rosa atendía en la planta baja de la pensión, interrumpía momentáneamente su labor.
Tras la comida, solía dar largos paseos, pues pensaba que tantas horas sentado, sin más trabajo que darle a las teclas no debía ser muy sano. A las cuatro de la tarde estaba ya en su habitación escribiendo durante otras tres o cuatro horas. Así, con alguna dificultad primero y con mayor facilidad después, las novelas iban saliendo. Y como Paco le asegurara, las publicaban todas y no pagaban mal.
Su vida inició así una época de evidente prosperidad, tanto económica, como física y espiritual. No obstante y a pesar de la evidente mejoría que el cambio de actividad supuso, Miguel seguía sintiendo una extraña sensación de vacío. Su antigua profesión de maestro dejaba un hueco en su alma imposible de llenar.
Incluso ahora, con más tiempo para pensar y recordar, sentía, de un modo lúcido y despegado, que su vida estaba siendo desperdiciada. Que sus mejores talentos no serian jamás usados. Esta certeza y el sentimiento de frustración y rabia que su exclusión de la docencia le provocaban, fueron creando poso. Dejaron huella. Su carácter, que siempre había sido animoso y entregado a sus ideales, fue agriándose y transformándose en pequeños egoísmos y mezquindades, por completo impropios de su habitual forma de ser.
Soñaba, en ocasiones despierto, que algún fantástico acontecimiento, surgiendo inexplicable y misterioso, con la inevitable fatalidad del destino, aguardaba escondido en los intrincados meandros del futuro, para de algún modo, vindicar y restituir todo aquello que, tras la guerra, le había sido arrebatado. Algún día, pensaba, algún día esto tiene que cambiar.
Pero un buen día, Miguel repara incrédulo en lo que está haciendo. Se dice a si mismo que en sus manos tiene un poderoso instrumento de cambio : sus escritos, sus novelas.
Hasta ese momento han sido escritas con la única intención y finalidad de obtener unos ingresos. Pero piensa que esto tiene que cambiar. Decide especializarse en novelas de ciencia-ficción. Encuentra que este género, con la posibilidad de situar fantásticas civilizaciones en remotos futuros, se adapta de un modo especial al proyecto que planea. Así, comienza a escribir y publicar, bajo el ropaje y el disfraz de una extraordinaria saga de aventuras interplanetarias, todas aquellas creencias, todos aquellos ideales que, bajo la opresión de la dictadura debían acallarse y permanecer ocultos.
Explicaba como unos alienígenas invasores habían derrotado y esclavizado a la humanidad por la fuerza de sus superiores armas. Relataba la huida de un pequeño grupo de exiliados, los cuales, tras refugiarse en un lejano mundo, aguardaban impacientes el momento de retornar y, derrotando a sus enemigos, tomar posesión de nuevo de su tierra. Describía, con fervoroso entusiasmo, la utópica sociedad que dichos exiliados construían mientras aguardaban el regreso: abolían la propiedad privada de los medios de producción industrial, tan solo aquellos enseres de uso personal se consideraban susceptibles de caer bajo el arbitrio de la propiedad privada. El dinero no existía, la gente trabajaba por convencimiento personal y para contribuir al bien común. Cuando alguien necesitaba algo, simplemente iba al establecimiento adecuado y lo tomaba. La enseñanza, asistida por novísimos métodos y fantásticas tecnologías era el crisol que forjaba los nuevos ciudadanos que aquella sociedad demandaba.
Pues en sus novelas Miguel estaba construyendo la sociedad comunista perfecta. La tecnología más avanzada, utilizada de modo que la riqueza generada revirtiera en el conjunto de la sociedad y no solo en el enriquecimiento de unos pocos, liberaba de la esclavitud del trabajo: unas pocas horas semanales bastaban y sobraban. El tiempo dedicado al ocio, comenzó a ser significativamente mayor que el dedicado al trabajo. Con lo cual las actividades lúdicas, deportivas, culturales y recreativas de todo tipo hacían que el viejo sueño de la humanidad de regresar al paraíso, fuera al fin, posible.
De este modo fue, que Miguel encontró su triunfo, su revancha, la justificación y el sentido de su vida. Todas las injusticias soportadas tras el final de la contienda, toda la amargura, la humillación y la rabia acumuladas durante los años de encierro y exclusión social, reflejándose en sus escritos, dotaban a estos de un sentido de veracidad y pasión que los hacía especialmente atractivos. Sus novelas se vendían. Numerosos lectores esperaban impacientes la aparición de sus próximas entregas, pues el universo en ellas descrito, utópico y desmesurado, conectaba de un modo épico y grandilocuente con aquellos ideales que, reprimidos por el régimen, aguardaban escondidos esperando su momento. Incubando su eclosión.
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Los recuerdos de aquella época, cuando Mike Hansen transformó en triunfo la derrota de Miguel Reinal, me llegan fragmentados y un tanto confusos. Las ordenadas costumbres y los rígidos horarios que Miguel llevaba años manteniendo fueron diluyéndose y aun desapareciendo. Su seudónimo, Mike Hansen, pronto fue conocido y altamente valorado en los círculos de aficionados a la ciencia-ficción y sus novelas, al igual que ocurrió con otros fenómenos literarios, como Marcial Lafuente Estefania o Corín Tellado, leídas por millones de lectores. Miguel, al socaire de su triunfo, amplió exponencialmente su, hasta entonces, reducido número de amistades.
Comenzó a salir y a pasar noches, y aun días, sin dormir en la pensión. Sus novelas, que ya andaban reeditándose, apenas ocupaban su tiempo. Escribía, en cambio, muchas poesías que, arrugadas con impaciente nervio, solían acabar en la rebosante papelera. Otras en cambio, quizás mejor acabadas o más conseguidas y mereciendo su aprobación ocupaban su hueco en la gran carpeta que Miguel guardaba en el armario.
Miguel estaba enamorado. Había conocido a una mujer con la cual andaba saliendo. Y aunque ya era hombre maduro (o quizás por serlo) se mostraba en un continuo estado de nerviosa excitación y juvenil entusiasmo.
Los ecos de aquellas poesías, que Miguel, con voz profunda y sentida recitaba y declamaba, aun resuenan imborrables entre los muros de la pensión.
El reino del silencio
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Hoy ha muerto la palabra,
es el triunfo de la noche, de la nada.
Alzaré mis manos, vacías manos de hombre
rebosantes de silencios y andaré,
palmo a palmo, los vacíos caminos del desierto.
Y lloraré, con mis torpes lágrimas lloraré
la muerte del ensueño.
El fracaso de la vida,
el triunfo del deseo, del ciego, oscuro y necesario
deseo.
Alzaré mis manos, torpes y frías manos de hombre
rebosantes de lujuria y amasaré,
curva a curva, el barro de tu cuerpo.
Será como beber, sediento,
las aguas de tu alma.
Como andar juntos el sendero
del amor y la esperanza.
El triunfo.
El trofeo.
El fin de la palabra.
El reino del silencio.
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Finálmente, todo aquel nerviosismo, todo aquel sin vivir, terminó, como suele ocurrir en los cuentos, en boda.
Miguel y Angela se conocieron una noche en Mocambo, una sala de fiestas que, en un rincón cercano al ayuntamiento, abría sus puertas. El local, una especie de híbrido entre cabaret, dancing y barra americana, era uno de los puntos fuertes de la noche golfa valenciana.
Nuestro escritor, que como ya os mencioné anteriormente, con el ánimo y la cartera notablemente fortalecidas por el éxito, había emprendido una especie de "tour de force" tendente a recuperar el tiempo perdido, solía todos los sábados presentarse con un nutrido grupo de amigos. Aplicaba en sus correrías nocturnas la misma disciplina y seriedad que siempre caracterizaron su vida. Pedía siempre el mismo coñac, le gustaba sentarse en el mismo rincón y, con los amigos, solía conversar de los mismos temas: política y mujeres, mujeres y política.
Angela llegó procedente de Madrid. Era la protagonista de un número de baile que finalizaba, desnudo integral incluido, en algo que recordaba la famosa danza de los siete velos. Como todas las chicas que trabajaban la noche, utilizaba un exótico seudónimo que Miguel jamás recordaba.
Ya en la primera noche y apenas mirarla, Miguel sintió en la boca del estómago algo extraño y desconocido. Cuando Angela bailó y tras el apoteosis final de carne desnuda, entrevista apenas por el deslumbrante estallido de las luces de colores, Miguel se apresuró a invitarla a tomar champan, invitación que, cómo no, fue aceptada por Angela.
Allí y en aquel momento comenzaron su relación. Y aunque al principio parecía desequilibrada y sin futuro, por las diferencias de edad y de carácter, no tardó en consolidarse.
El contraste entre Miguel, con casi cincuenta años pero sin experiencia en temas de amor y Angela, veinte años más joven, pero muy experta en la vida, no hizo más que acentuar aquellas características que, desde un principio, arrojaron a uno en los brazos del otro.
Angela sentía que jamás hombre alguno la trató con el respeto, deferencia y amoroso mimo con el que Miguel la trataba. Estaba acostumbrada a levantar pasiones y encender deseos, pero no al caballeroso y educado respeto de Miguel. Este por su parte, influido por sus ideas progresistas y por su escasa experiencia en el trato con mujeres, miraba a Angela y no veía una cabaretera de dudosa moralidad, sino una mujer joven y bella que, libre y rebelde y sin aceptar las convenciones morales al uso, vivía su vida como mejor le apetecía.
Una corriente de mutua estima y aun admiración, pronto surgió entre los dos y las noches, compartidas tras el cierre del local, fueron pronto cotidianas.
Algún tiempo después y a pesar del escándalo de algunos amigos de Miguel, decidieron casarse. Ante la imposibilidad, por la prohibición del régimen, de contraer tan solo matrimonio civil, que era lo que mejor cuadraba con las ideas de ambos, consintieron en casarse por la iglesia.
Compraron una casa con jardín en un pueblo de los alrededores de Valencia y Miguel dejó la pensión, saliendo así de mi vida.
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La tarde había caído y ya era noche cerrada. Con la noche, el pulso de la fiesta retornaba, y el volumen de gente que atestaba las calles y los chiringuitos de alrededor de la falla aumentaba por momentos. Todo bullía en una frenética, caótica y ruidosa actividad. El aire olía a pólvora y al aceite requemado de los churros y buñuelos.
La comisión fallera, cumplida ya la tradición de la ofrenda, reponía fuerzas, en el cercano casal, comiendo y bebiendo con pantagruélica fruición las tradicionales fritangas.
Un grupito de falleras muy jóvenes, niñas en realidad, bailaban y saltaban muy cerquita del casal. Exprimían incansables, con la intensidad y plenitud que solo dan los pocos años cada momento de fiesta, cada nota de música, cada instante que vivían. Transformaban en gozo y felicidad todo aquello que tocaban, todo aquello que miraban, todo aquello que sentían, por banal, cotidiano e intrascendente que pareciese.
Mirándolas, recordé con pena y nostalgia otras fallas y a una niña, un poco mayor que ellas, que conocí en mis primeros días en la pensión. Se llamaba Laura y apenas tenía catorce años.
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LAURA
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El dolor que atravesó su diminuto cuerpo, como si fuese una descarga eléctrica, pareció coincidir en tiempo e intensidad con la mascletá que disparaban en la cercana falla del mercado central. Iniciándose en la parte baja del abultado abdomen y alcanzándola hasta casi la punta de los pies.
!Día de San José y pariendo¡ Además, Laura jamás imaginó que aquello fuese así; claro, en ocasiones había escuchado a las mujeres hablar del momento del alumbramiento y de los dolores que permitían ensanchar para dar paso al bebé. Pero ni en sus peores pesadillas hubiera imaginado aquello; aquel dolor era, sencillamente insoportable. Era como si la estuviesen matando desde dentro. Menos mal que los dolores eran espaciados y, de momento, le iban dando algún respiro.
Parecía que esta contracción ya pasaba y el dolor, diluyéndose, se hacía soportable. Llevaba horas aguantando y por miedo a molestar, en silencio. Hasta que, hacía poco más de una hora, una contracción especialmente dolorosa la forzó a lanzar un angustioso gemido. Cómo no, al poco se había presentado su casera la señora Rosa.
Rosa era la dueña de la pensión. De la primera pensión que había encontrado cuando marchó de casa. Desde el primer instante, surgió entre ellas dos una especial complicidad y un clima de confianza que Laura jamás con nadie había conocido. Ello hizo que pudiera contarle como había sido engañada y utilizada por Ignácio. El chico era el hijo mayor de la señora de la casa, donde sus padres hacía ya algún tiempo, la enviaron a servir.
Cuando la señora se enteró de lo que había, la echó con cajas destempladas, acusándola de querer engatusar a su precioso Ignácio. Pero él juraba que me quería y prometió que nos casaríamos, pensó, mientras un nuevo latigazo de dolor atravesaba su cuerpo. Lo peor de aquello no fue descubrir el engaño de Ignácio, no. Lo peor fue comprobar como sus padres, en aquella hora amarga y cuando más los necesitaba, no la apoyaban en absoluto. Todo lo contrario. La trataron como a una mujer de mala vida. No quisieron escuchar como Ignácio la engañó y la echaron de su propia casa.
No apreciaba mucho a sus padres, pues desde siempre la trataron con dureza y desprecios. Pero aquella casa era el único hogar que conocía; no sabía como podría salir adelante. Conocer a Rosa fue un verdadero milagro.
Llevaba viviendo allí unos seis meses y Rosa la trataba como a una hija. La cobijó en su casa y le dio una de sus mejores habitaciones. Recordaba perfectamente aquel día y lo que sintió cuando Rosa le mostró la que dijo: esta será tu habitación.
Era una habitación preciosa, grande y muy luminosa; con un vistazo abarcó el mobiliario: una cómoda situada bajo el gran ventanal, un armario de tres puertas y... un tanto impresionada se quedó callada contemplando la cama. Era una cama magnífica, con un cabezal completamente labrado y repleto de molduras. Desde aquel primer vistazo se enamoró por completo de aquella cama. Solía seguir con los dedos sus dibujos, encontrando al hacerlo una especie de hipnótica y relajante sensación que apaciguaba sus temores. En ocasiones, cuando se acostaba en ella, acurrucada entre las sábanas lloraba, dejando pasar la noche. Pero... !Cosa extraña¡ sus lágrimas, lejos de tener el sabor de la amargura, eran bálsamo para su alma. Una sensación de bienestar la embargaba. Sentía como si aquella cama la abrazara con amor. Allí estaba en paz consigo misma. Jamás se había sentido mejor ni más protegida que cuando yacía en aquella cama. Encontraba extraño que la mejor habitación de la pensión estuviera desocupada (pues la pensión estaba al completo y cada día acudía gente preguntando por habitaciones) pero, si preguntaba a Rosa, la miraba sonriendo y con aire misterioso respondía que no quería que cualquiera la usara, que aquella habitación y aquella cama estaban reservadas para gente especial.
Pero ya parecía que, otra vez, el dolor se acercaba. Como siempre, comenzaba en la parte baja del vientre. Fue subiendo en intensidad, cada vez sintiendo más y más dolor. Un angustiado gemido escapó de sus resecos labios.
—Tranquila muchacha, la comadrona ya tiene que estar al caer, no creo que pueda tardar mucho. Tu tranquilizate e intenta no empujar— aconsejaba Rosa.
—!Oh¡ Cuanto, cuanto agradezco todo lo que está haciendo usted por mi, pero el dolor es insoportable— le contestaba Laura entre gemido y gemido.
Pues ya no podía reprimir las ganas de empujar. Por mucho que se retorciera no había manera de aliviar el dolor. Las sábanas le estaban irritando la sudorosa piel y no encontraba la postura en la cual sentirse algo cómoda. Llevaba allí tumbada más de diez horas. Desde el momento que comenzaron los dolores. Estaba ya completamente agotada. El hecho de no poder levantarse la estaba matando.
Otro dolor le atravesó el cuerpo. ¡Joder! los dolores eran más y más seguidos; y cada vez, si aquello podía ser cierto, más y más dolorosos. Esta vez, el grito que salió de su garganta fue su único alivio. Rosa levantó las sábanas y miró por si el bebé ya salía.
—Me parece que ya está aquí— anunció con voz temerosa. —Tendré que ayudarte yo a traer a esta criatura al mundo, puede que la comadrona, después de todo, no llegue a tiempo.
—Está bien— contestó Laura, con un suspiro resignado.
La siguiente hora fue la peor que había pasado en toda su vida. Un dolor insoportable se había instalado en su vientre, apenas podía escuchar lo que Rosa le decía. Tan solo que, en cada contracción, tenía que empujar; pero, al fin, las fuerzas la abandonaron y se desvaneció.
Algo más tarde y recobrando la lucidez comprendió que ya no estaba a solas con Rosa. Una mujer mucho mayor la acompañaba. Tenía el pelo casi completamente gris y la cara llena de arrugas, sus ojos, repletos de sabiduría, observaban atentos a Laura. Una gran sonrisa iluminó su cara al comprender que estaba despierta y la miraba.
—Ánimo chiquilla, que ya estoy aquí. Este bebé caprichoso ha decidido venir al mundo en mala postura, por lo que necesito que, cuando yo te lo diga, empujes con todas tus fuerzas para que pueda salir.
Laura no tenía fuerzas para contestarle, por lo que, sin ganas apenas, le dedicó una sonrisa trémula.
—Venga, ánimo, que esto ya está acabando. Mira súbete ahora aquí y en un momento tendrás a tu hijo en brazos.
No se había dado cuenta de ello, pero al lado de la cama y apoyada en la pared, se encontraba una tabla de planchar. Entre Rosa y la partera, la cruzaron en la cama y ayudaron a Laura a sentarse sobre ella; sobre la cama colocaron una silla bajita, con las patas hacia arriba y el respaldo vuelto hacia Laura, de modo que pudiera apoyar la espalda. También pasaron una frazada entre los barrotes de las patas de la silla, que Laura aferró, con manos crispadas, intentando hacer fuerza. La verdad es, que Laura se encontraba completamente agotada. El dolor, que seguía torturando su cuerpo, no dejaba que se hiciera cargo de la situación. En lo único que podía pensar en aquellos instantes era en que, de una vez, acabara todo; que le sacaran el bebé que le estaba haciendo pasar aquel calvario y que la dejaran dormir, tranquila en su cama.
—¡Ahora Laura! Cuando yo te lo diga tienes que empujar con todas tus fuerzas...
—¡Ahora Laura! ¡Empuja ahora! ¡Fuerte, empujaaaa...!
Laura, estimulada por los gritos de la partera y reuniendo sus ya escasas fuerzas, hizo lo que le pedían. Pero el dolor iba más allá de lo imaginable. Era como si el bebé la estuviera partiendo en dos. Con un fuerte grito, dio el último empujón. Aquel que le hizo sentir un gran alivio, notar como el dolor, poco a poco, se iba y la hundía en una creciente oscuridad.
Tres horas más tarde, Laura abría nuevamente los ojos. Estaba muy confundida, pues no recordaba los últimos momentos del parto. Instintivamente su mano se posó sobre su vientre. Aun estaba ligeramente abultado, pero sabía que ninguna vida alentaba ya en su interior. No volvería a sentir las insistentes patadas que su bebé le daba todas las noches, ni la sensación de satisfacción que la embargaba al pensar en el milagro de llevar un hijo en su interior.
Incorporándose ligeramente miró a su alrededor. Nada indicaba que en aquella habitación se hubiera producido el milagro de la vida. Todo seguía exactamente como esa misma mañana. Intentó sentarse en la cama, pero un terrible pinchazo en el bajo vientre hizo que volviera a caer de espaldas. ¿Por qué estaba tan débil? se preguntó asustada. Sabía de mujeres que, a las pocas horas de traer al mundo a sus hijos, ya estaban levantadas y ocupándose de sus cosas y de la casa.
¿Qué le pasaba a ella? ¿Y donde estaba su hijo?
Allí, tumbada en la cama y con un gran nudo en la garganta, se dedicó a seguir con la mirada los dibujos del cabezal. De aquella que sentía su cama. Esta tarea siempre le aportaba paz y su mente se relajaba. Era como rezar una oración, como cantar una letanía muy intima y personal, que tan solo ella escuchaba.
En esta ocasión, el practicar su ejercicio favorito, la ayudó a recordar parte de la última conversación que mantuvieron Rosa y la comadrona.
—La criatura no ha podido superar el parto. Venia completamente de nalgas y tanto rato sufriendo es más de lo que cualquier bebé puede soportar. Aunque si hubiera llegado antes, no se...
Rosa, moviendo su cabeza con gesto serio y compungido, asentía.
—Lo entiendo. Se que en estas condiciones pocos bebés nacen vivos. Es una pena. ¿Y Laura? ¿Cómo se encuentra?
—La chiquilla ha perdido mucha sangre. Y la hemorragia todavía no ha cesado. No creo que sobreviva.
—Pobre Laura, con apenas catorce años ha pasado por lo que ninguna mujer debería pasar. ¿Sufrirá?
—No lo creo. De todas formas, añádele en el agua unas gotas de láudano. Eso la ayudara a dormir y le quitará el dolor. Yo no puedo hacer más por ella. Es joven, quizás se recupere... quien sabe.
Las lágrimas que, surcando la cara de Laura anegaban sus ojos, ya no dejaban que se concentrara en los hermosos dibujos del cabezal y, por consiguiente, no podía recordar el resto de la conversación. Pero ya le daba igual.
Tan solo podía pensar en una cosa: en su pobre bebé y en que ni siquiera lo había estrechado entre sus brazos. Las lágrimas dieron paso a los sollozos. Unos sollozos que, saliendo de lo más profundo de su alma, la desgarraban. Acabó rindiéndose al cansancio de su cuerpo y aun derramando lágrimas, dejó que la oscuridad la llevara a ese pozo sin retorno. A ese mundo donde ya no sentiría nada y se reencontraría con su adorado bebé.
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Después de aquello, Rosa ordenó trasladar la cama a una de las habitaciones interiores. La cama y la habitación quedaron vacías por largo tiempo. Fue algo así como expiar un pecado. Como esconder algo indigno, feo , o quizás monstruoso.
A pesar del ostracismo a que me vi condenada, o quizá gracias a ello, tuve algún tiempo después la oportunidad de conocer a dos personas que, a pesar de no estar alojadas en la habitación donde Rosa me arrumbó, me conocieron, apreciaron y llegaron a entablar una relación conmigo y entre ellos. Se llamaban Elena y Luis y cuando yo los conocí eran poco más que dos niños.
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HELENA Y LUIS
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Sus risas inundaban hasta el más recóndito lugar de aquella hermosa posada. A todos los huéspedes del hostal les encantaba contemplarlos. No se explicaban cómo aquel par de niños de apenas doce o trece años podían, tan solo con estar juntos, contagiar con su alegría a todo aquel que los mirara. El caso es que lo hacían.
Allá donde estuvieran no había nadie que, al mirarlos, no compartiera cómplice la alegría y felicidad que en su inocencia desprendían.
Rosa aun recordaba el momento exacto en que ellos dos se conocieron, hacía ya poco más de un año. Helena llevaba allí unos seis meses y aquel día se encontraba sola y aburrida. Se hospedaba en la pensión con su madre que era viuda. Ello la obligaba a trabajar demasiadas horas y Helena pasaba gran parte de aquel tiempo aburrida y sola.
Fue una mañana de domingo cuando el señor Rodriguez apareció en la posada junto a su hijo. Se quedarían una temporada, dijeron; dependía de como resolvieran algunos asuntos de trabajo. Rosa asentía mientras anotaba diligente en el registro de huéspedes los nombres de los nuevos inquilinos: D. Luis Rodriguez y Luis Rodriguez, hijo. Era este un joven alto, delgado y bastante guapo. Tenía un curioso aspecto de tristeza y desamparo y lo miraba todo con aquellos ojos azules, tan profundos y tan desconfiados. Ese día no reparó en la joven que, desde un rincón de la sala, observaba sin perder detalle. Pero Rosa se percató de todo. Sobre todo del brillo de ilusión que surgió en los ojos de Helena. Esa misma tarde se produjo el encuentro.
—Hola. ¿Cómo te llamas?— preguntaba confiada Helena.
—¿Yo?— contestaba huraño Luis. —¿Quien eres tu? ¿Y por qué quieres saberlo?
—Me llamo Helena y solamente quería saber si te apetece jugar conmigo— contestó Helena un tanto intimidada por el tono brusco y poco amistoso de Luis.
—Mi madre está trabajando y como ahora no hay escuela, pues me paso todo el día sola y me aburro mucho y...
—Luis, me llamo Luis— la interrumpió el chico, un tanto avergonzado y desarmado por la sencilla franqueza de Helena. Tras un instante de duda y sintiendo, él también, la necesidad de compañía, concedió cauteloso: bueno...y ¿A qué quieres jugar?
Desde esa misma tarde Helena y Luis se convirtieron en inseparables. Cuando querías saber donde andaba uno, no tenías más que buscar al otro. Como si se hubiesen criado juntos. Disfrutaban de esa clase de confianza y complicidad que suelen caracterizar a las almas gemelas. Habían nacido para encontrarse.
Les encantaba jugar al escondite por la pensión. Uno se escondía y el otro lo buscaba. Claro, enseguida se encontraban, pues ya conocían todos los rincones de la casa. Uno de sus escondites favoritos era aquella habitación. La que llevaba tanto tiempo desocupada. Se decía que en ella había muerto una persona y que, por ese motivo, Rosa no la alquilaba. Pero a ellos todos aquellos chismes no les importaban. Por el contrario, en aquella habitación, habían descubierto su refugio, el lugar donde esconderse del mundo. Un lugar donde daban rienda suelta a todos los sentimientos, a todas las emociones que , día tras día, habían ido surgiendo y creciendo entre los dos.
Era una habitación grande y sencilla, sin lujos como todas las de la casa. Lo único que destacaba en ella era la impresionante cama que, en la pared contigua a la puerta, lucía majestuosa.
Solían dejar pasar las horas tumbados en ella. Hablando y hablando. De tonterías y fantasías, de sus sueños e ilusiones. De sus temores.
—Helena, cuando seamos mayores, iremos a la iglesia y nos casaremos. Así nadie nos podrá separar nunca.
—¡Ay Luis! sabes que ese es mi sueño, pero... ¿Cómo lo conseguiremos? Dices que tu padre ya te ha comentado que pronto os marchareis. Y mi madre no hace más que decirme que ya no tengo edad para andar todo el día jugando. Que ya va siendo hora de buscarme un trabajo—. Helena, con gesto serio, preocupado y un tanto coqueto, desgrana una por una sus cuitas; Luis la mira embelesado y calla.
—¿Qué haremos si nos separan? ¿Qué haré yo si no te veo más? El corazón se me romperá en mil trocitos y nunca volveré a querer a nadie— protesta convencida, mientras dos gruesas lágrimas caen amargas por sus lindas mejillas.
—No te pongas triste Helena, yo solo quiero verte reír. ¿Recuerdas el día que nos conocimos, lo asustado y receloso que estaba?— comentó Luis en tono irónico y con una gran sonrisa en su cara.
Helena comenzó a reír. Las lágrimas se mezclaban con las risas. Al poco, se convirtieron en francas carcajadas.
—Sí claro. Cómo lo voy a olvidar. Mirándome con aquella cara que ponías, tan desconfiada y huraña, que en el fondo casi hasta daba risa. ¡Me alegré tanto de tener compañía y de que quisieras ser mi amigo!.
—¿Quién podría negarse con tu encantadora sonrisa? Sabes que, desde el primer momento en que nos vimos, siempre has hecho de mí lo que has querido. Desde ese primer momento mi corazón te pertenece para siempre. Ahora dejemos de preocuparnos y disfrutemos estando juntos.
Luis concluyó la conversación con un dulce beso en los labios de Helena. Ya había besado esos labios en anteriores ocasiones, pero siempre se maravillaba por lo dulces y suaves que eran. Sentía al hacerlo que estaba en el paraíso y una sensación de incomparable plenitud se instalaba en el centro de su corazón. En esos momentos, Luis se prometió que jamás perdería a Helena. Se prometió hacer todo aquello que fuese necesario para que, en el futuro, pudieran casarse y estar juntos.
Mientras Luis besando a Helena se abandonaba y olvidaba, esta, mujer al fin, se preguntaba qué les tendría reservado el futuro. Su mente inquieta cavilaba, elegía y descartaba opciones, intrigaba y urdía con el fin de conseguir lo que los dos anhelaban: estar juntos. Que no los separasen.
Al fin y al cabo, pensaban, no hacían ningún daño a nadie; no eran mas que dos niños enamorados. Mientras tanto atesoraban, con afán de ávaro, cada minuto y cada instante que, hambrientos y encelados, compartían.
Dos días más tarde estaban, como tantas otras veces, tumbados en la gran cama que era, al tiempo, espectadora silenciosa de su amor y el único refugio que tenían. Luis estaba mucho más callado y serio que de costumbre. Una atmósfera espesa y triste los envolvía. Helena, intranquila y presagiando funestas noticias, abrazaba con fuerza a Luis. En su garganta notaba un nudo doloroso y amargo.
—Mañana por la mañana nos vamos de la pensión. Nos vamos a Madrid.
Las palabras de Luis fueron un susurro, pero llegaron a Helena con la fuerza de trompetas; mejor cañones, pues rompieron su corazón en mil pedazos, desmoronándola en un mar de lágrimas. Sabía que, con la marcha de Luis, su mundo se hundía sin remedio. Se venía abajo como un castillo de naipes. Su futuro se conformaría a lo que su madre quería: entrar a servir en cualquier casa de ricos y no esperar nada más de la vida.
—No llores Helena. Espérame algunos años, cuando sea un poco mayor ya podremos casarnos. Tienes que prometerme que me esperaras. Mientras tanto, yo trabajaré y me labraré un futuro para los dos. ¿Qué dices Helena? ¿Me esperaras, verdad?
—Si, pues claro que te esperaré— las lágrimas entrecortaban sus palabras —Te esperaré todo el tiempo que haga falta. Ahora, por favor, besame.
Abrazándola fuertemente, Luis besó con ternura y mimo a Helena. Sus besos fueron, en principio, suaves y delicados. Pero, poco a poco, mudaron en desesperados y exigentes. Sus labios y su lengua oprimían voraces los de Helena. Quería, con posesivo afán, grabar a fuego su olor, su sabor. Quería que aquel momento permaneciera indeleble y eterno en sus memorias. Con una mano y aflojando su abrazo acarició con torpeza los delgados brazos de Helena. Después, con miedo y timidez, se acercó a sus tiernos pechos. Aún no eran totalmente maduros, pero prometían ser generosos. Se los acarició con una mezcla de ingenua rudeza y temerosa ternura. Intentaba asimilar y comprender todo el torrente de desconocidas sensaciones que inundaban su espíritu en aquellos momentos.
Jamás había experimentado la pasión. Estaba enamorado de Helena, se habían besado en otras ocasiones; pero sin sentir la desesperada necesidad de hacerla suya que ahora lo abrumaba. De demostrarle que él era suyo. De fundir sus cuerpos en uno solo, incluso más que sus cuerpos, fundir sus almas y ser solo uno.
Helena era mantequilla entre los brazos de Luis. Siempre le gustó que la besara; pero hoy devolvía los besos con pasión y un punto de ferocidad y cuando él posó su mano en sus pechos supo que era allí donde tenía que estar. No era malo, ni vergonzoso, ni estaba fuera de lugar. Era lo normal; pues tanto ella , como su cuerpo, eran y habían sido siempre de Luis y para Luis.
Estaban tan embebidos el uno en el otro, tan aislados de la realidad que no oyeron los gritos que los llamaban, ni escucharon el chirrido de la puerta abriéndose. Solo repararon en que algo sucedía cuando unos brazos los separaron de golpe.
—¿Me podéis explicar qué está pasando aquí?— la voz de la madre de Helena sonaba escandalizada.
—¡Mamá! ¡No es lo que te crees! Solamente nos estamos besando.
—¿Besando? ¿Y que crees que viene después de eso? Eres una desvergonzada.
Una gran bofetada impactó rotunda en su cara. Helena, desconsolada, veía sus peores presagios cumplidos y su mundo roto en mil pedazos por la irrupción de su madre. En estas, un encolerizado D. Luis, agarró por el brazo a su hijo y, poco menos que a rastras se lo estaba llevando. Sus ojos se encontraron por un instante, tristes y acobardados.
No volvieron a verse. Al día siguiente se enteró que, esa misma noche, Luis y su padre habían abandonado la pensión.
Algunos años más tarde Helena hacía su vida. No había entrado a servir en alguna casa rica, como pretendía su madre. Trabajaba en un pequeño taller de costura que había por la zona de las Torres de Cuart. Su madre y ella misma seguían viviendo en la pensión. Seguir en la posada hacía que, el recuerdo de Luis, permaneciera fresco y poderoso en su memoria. Aunque no supo más de él, no lo olvidaba.
Siempre que tenía ocasión se escabullía hasta aquella habitación y ensimismada y un tanto ida se sentaba en la cama, aquella cama en la cual sentía que estaba su historia grabada. Allí, con obsesiva tristeza, revivía los días pasados, una y otra vez , una y otra vez...
Un día, cuando salía para el trabajo la señora Rosa, con aire misterioso, la llamó en un aparte.
—Helena, cariño, ven que quiero hablar contigo.
—Dígame Doña Rosa... ¿Qué pasa?
—Pues verás— le dijo Rosa, un tanto nerviosa y sacando un sobre del delantal. —Esto ha llegado para ti. Es una carta de Luis.
—¿Luis?— el corazón de Helena latía desbocado en su pecho. Casi no podía respirar y las lágrimas inundaron sus ojos.
—Sí mi niña, es de tu adorado Luis, parece que no te ha olvidado— y con una sonrisa cómplice Rosa le alargó el blanco sobre.
Helena, con manos temblorosas, cogió el sobre que Rosa le ofrecía. Dio media vuelta sin saber muy bien que hacer y con el sobre cerrado en las manos sus pasos, inconscientes, la llevaron hasta la habitación y hasta la cama. "Su cama". Abrió entonces el sobre y, ya un poco más tranquila, comenzó a leer:
Querida Helena, no era mi intención desaparecer de esta forma de tu vida. Tampoco estaba en mi ánimo dejar pasar tanto tiempo sin que tuvieras noticias mías. Pero en este tiempo han ocurrido muchas cosas importantes, cosas que han condicionado mis decisiones.
Cuando llegamos a Madrid, mi padre enfermó de gravedad, por lo que me vi obligado a ponerme a trabajar para mantenernos a los dos. Lejos de recuperarse fue empeorando y a los pocos meses falleció. Por aquel tiempo yo trabajaba para un señor que tenía importantes negocios en Argentina y México. Me ofreció la posibilidad de viajar con él, pues me había ganado su afecto y necesitaba un ayudante. Como ya nada me retenía en Madrid, acepté encantado aquella oportunidad. Poco después embarcamos con rumbo a Buenos Aires y allí, en América, hemos permanecido todos estos años.
Finálmente, hace tan solo dos semanas que regresamos a España, pues tenemos pendientes algunos asuntos de negocios. Quiero que sepas Helena, que jamás te olvidé, que estos años de separación no han hecho más que fortalecer mi amor por ti. Que como te dije y te prometí, estoy en disposición de casarme contigo, que no deseo más que hacerte mi esposa.
En cuanto resolvamos los asuntos pendientes, pediré un par de semanas de permiso y viajaré hasta Valencia para reunirme contigo. Y, si tú estas de acuerdo, pedirle a tu madre su permiso y bendición para casarnos.
Te mando un beso. Eternamente tuyo.
Luis
La felicidad más absoluta se reflejaba en el rostro, sonriente y mojado por las lágrimas de Helena. Luis no la había olvidado. Volvía y quería casarse con ella. Su mirada soñadora recorría las volutas y molduras de la cama y sus pensamientos, erráticos, alegres y confusos giraban y giraban: ¡¡ Pronto estaría con Luis... pronto !!
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Pocas semanas más tarde, tal y como prometió en su carta, Luis llegó a la pensión y al fin pudieron abrazarse y reencontrarse. Luis habló con la madre de Helena y acordaron casarse en cuanto tuvieran los papeles y les hicieran las preceptivas amonestaciones.
Quisieron pasar su noche de bodas en "su cama". En aquella cama donde vieron nacer su amor. En la misma cama donde, más tarde, creyeron morir de angustia y de pena.
Al día siguiente partieron hacia Madrid. Luis debía reincorporarse a su trabajo y, en breve, volvería a viajar con destino a América. Pero ya no iba solo. Helena viajaba con él y, esta vez sí, estarían juntos para siempre.
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Tras aquel final venturoso y más propio de un cuento de hadas que de la vida real, Rosa levantó el "castigo" que sobre mí pesaba y decidió adecentar la habitación y alquilarla. Nuevamente pues, gentes de paso que iban y venían, otros que pasaban temporadas, fueron alquilando la habitación y el caleidoscopio fascinante de sus vidas volvió a desfilar sobre mi.