La cometa. Cuento de una tarde de primavara.
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La cometa. Cuento de una tarde de primavera.
Escrito por Tomás Moreno.
Estaba siendo una calurosa y soleada primavera .Como todas las tardes a primera hora, los rayos del sol caldeaban entrando a través del cristal de la puerta y poco a poco, un dulce y cálido sopor se apoderaba de todos nosotros, sumiéndonos en una especie de hipnótica duermevela.
Las campanillas de la puerta, repicando festivas, rompieron el hechizo cuando el chico entró ; con su aire aquel, a un tiempo apocado y decidido. La puerta de vaivén, lentamente, desanduvo el camino, haciéndolas sonar apenas en esta ocasión.
El chico, tras dar dos cortos pasos, levantó la vista y miró en derredor. Sus ojos, reflexivos y alegres, parecieron iluminar la tienda y un escalofrío de excitación y nervios nos recorrió a todos. ¡Un comprador!
Andaba pasito a pasito, deleitándose en el mirar, sopesando, dudando, palpando y tocándolo todo. En aquel momento y mirándolo deambular por la tienda, deseé con todas mis fuerzas ser la elegida; pues ya estaba un poco harta de aquellas cuatro paredes. El mundo de afuera, apenas vislumbrado a través del vaivén de la puerta, me atraía poderosamente y sabía, sí, de algún modo extraño e ilógico sabía, que aquel mundo estaría a mi alcance cuando, por fin, alguien me comprase y pudiera salir de la tienda.
¿Y por qué no? pensé. Yo era una hermosa cometa. Sin duda alguna, la más hermosa de la tienda. En cuanto a los demás juguetes, habían pocos que pudieran compararseme. Verdad es, que la muñeca rubia aquella, la que le dabas al botón y hablaba, era muy bonita. Y también estaban los soldaditos de plomo, tan apuestos y marciales... pero me daba en la nariz que aquel chico no buscaba muñecas, ni soldaditos de plomo.
Noté un pellizco de nervios cuando lo ví detenerse ante el balón. De reglamento. Con la firma de no se qué jugador famoso. Incluso llegó a cogerlo y a botarlo un par de veces; luego, muy despacio y como con pena, lo dejó en su sitio. Entonces levantó sus ojos, me miró y un escalofrío de reconocimiento y atracción pareció saltar entre los dos.
Levantándose sobre las puntas de los pies, pues apenas llegaba al estante, me cogió con sus manos y comenzó a observarme. Estuvo mirando y remirando mi esqueleto de cañas y la sonriente cara del payaso que llevaba pintado en el papel que lo recubría; con aquella enorme nariz roja, roja; con aquel sombrero, ridículo de tan gracioso, de un intenso color verde. Pasó sus manos, admirándolos, por los papelillos de colores que alegres adornaban mis bordes y estudió mi espléndida cola, confeccionada con retales anudados.
Apenas podía controlar mis emociones y mis nervios observando la cara del chico. Lo veía indeciso, sin acabar de convencerse. Finalmente, y tras un tenso instante, un chispazo alegre cruzó por sus ojos y sonriente y sin soltarme se acercó al mostrador donde, tras una breve conversación con el viejo que atendía la tienda, sacó unas cuantas monedas y las depositó sobre el mostrador.
El viejo cogió un ovillo de cordel que sacó de un cajón y tras meterlo en una bolsa se lo dio al chico, a continuación contó las monedas y las guardó en la caja. El chico, llevando en una mano la bolsa del cordel y sujetándome con la otra, salió inmediatamente a la calle y comenzó a correr.
Un ramalazo de pánico me sacudió entonces. ¡Por fin me habían comprado! y, aunque eso era lo que yo quería, no pude evitar sentir temor, angustia y miedo ante lo desconocido.
Poco después, el chico, que corría alegre y satisfecho, llegó ante una casa en la cual entró alborotando y voceando: ¡Mamá, mamá, mira mamá! ¡Mira lo que me he comprado! ¡Me he comprado una cometa! ¡Le voy a poner los tirantes y me voy al parque a volarla!
Tomó entonces unas tijeras y con ellas cortó tres trozos de cordel del ovillo que le vendió el viejo. Me fijé que los medía con sumo cuidado, procurando hacer los trozos iguales. Luego los ató a las cañas que formaban mi esqueleto. Dos cordeles en los extremos de arriba, el tercero en la intersección del centro. Luego anudó con varios nudos los extremos de los cordeles; a continuación ató allí también el extremo del ovillo de cordel.
Pareció quedar muy satisfecho. Repasó uno por uno todos los nudos y despidiéndose con un grito de su madre salió, de nuevo corriendo, a la calle.
Al poco llegó a un descampado, deduje que aquello debía ser el parque; con tantas idas y venidas y con los preparativos del chico yo me encontraba bastante confusa y asustada. No sabia lo que pretendía hacerme y la verdad, casi prefería no averiguarlo.
Entonces me dejó en tierra. Apoyó en el suelo la parte de la cola y me sujetó derecha manteniendo tirante el cordel que me había atado.
¡De repente lo entendí todo! En la tienda de juguetes había visto algo parecido. Recordé aquel día: un niño pequeño acompañado por su abuelo; compraron el camión aquel, el rojo y amarillo que tenia atado un cordel. El cordel servia para tirar de él. Compraron el camión y el niño se marchó tan satisfecho, tirando del cordel y arrastrando el camión.
¡Aquel diablo de chico pretendía arrastrarme tirando del cordel! pero... yo no era un camión. ¿Cómo podía tratarme así?
En estas, el chico echó a correr con el cordel bien cogido y claro, comenzó a arrastrarme tras él . Yo me sentía indignada viéndome tratada de aquella manera; como a un maldito camión. Ya no sentía miedo sino furia; comencé pues a resistirme. No pensaba dejar que me arrastrase por los suelos y me resistí con todas mis fuerzas tirando hacia atrás, tirando, tirando...
...De pronto ¡oooohh maravilla! ¡Estaba volando! El suelo se alejaba mientras el chico corría soltando hilo del ovillo... ¡Estaba volando!
El chico dejó de correr. Había soltado unos treinta o cuarenta metros de hilo y se le veía muy pequeño allí abajo. Completamente absorta y aturdida, aunque también alegre y satisfecha por aquel inesperado milagro, tardé un rato en ir captando y asimilando en plenitud y profundidad todo lo que estaba ocurriendo. Primero fui sintiendo el viento restallando en mi cara, con los papelitos del borde agitándose y bailando satisfechos y con mi cola, mi esplendida y hermosa cola, colgando y ondeando.
Luego comencé a fijarme en lo que me rodeaba. En aquel parque habían árboles; algunos eran altos, pero yo estaba volando por arriba de ellos. Parecía casi que podía mirar a las nubes cara a cara. Pasó un pájaro muy cerca, casi tocándome. Miraba el suelo, muy abajo y me parecía sucio y marrón, polvoriento.
Miraba el mundo, desde arriba volando, y pensaba que jamás hubiera supuesto lo grande que era y lo hermoso y... de pronto la idea. Fue como un relámpago cegador.
¡El chico lo sabía! ¡Él sabía que yo podía volar! ¡Por eso el cordel! ¡Temía que escapara volando! Me quedé mirando al chico allí abajo, sujetando el cordel. El cordel que me ataba, que me impedía volar a placer por donde yo quisiera y un regusto amargo y rebelde ensombreció mi corazón. Decidí entonces escapar; tenia que romper aquel cordel. No soportaba ni un instante más seguir atada por aquel infame cordel. Tiré pues con todas mis fuerzas; moviéndome con violencia y dando bandazos a derecha e izquierda. Tiré y tiré y tiré y entonces, con un chasquido, el cordel se rompió.
¡Lo había logrado! pensó ¡Ya era libre!
Ahora podía volar donde quisiera.
Comentarios
Precioso relato Tomas,
Gracias
Este cuento para mi tiene una
Vale, pero ya te lo dije,
eso es para ti!jajajajaj para